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La era negra del Parque Forestal: el relato de quienes viven entre “jaurías” y la debacle de seguridad en el icónico barrio de Santiago

Durante décadas, el Parque Forestal fue un refugio de calma y vida barrial en pleno centro de Santiago. Hoy, sus vecinos lidian con asaltos grupales, comercio informal, tráfico de drogas y una violencia que no descansa ni de noche. Según datos oficiales, en sus inmediaciones se registran siete robos al día. Arturo Ortiz, presidente de la junta vecinal, resume el sentir de muchos: “Yo al Parque Forestal lo amo, pero ahora lo considero una zona de sacrificio”.

Por 12 de Julio de 2025
Fotos: The Clinic
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Arturo Ortiz (60) es presidente de la junta de vecinos y ha vivido prácticamente toda su vida en el Parque Forestal. Se crió ahí, a pasos del Museo de Bellas Artes, y desde niño aprendió a mirar con naturalidad las estatuas, las piletas, las copas altas de los plátanos orientales, la fila de edificios antiguos con balcones amplios y terrazas abiertas que se asoman entre las ramas. Recuerda su infancia en los años setenta con una nostalgia sobria.

—Éramos un lote como de treinta cabros chicos y el Parque Forestal era el patio de todos. Jugábamos a la pelota, a la escondida. Nos quedábamos hasta tarde haciendo todas esas cosas que hacen los cabros chicos —dice.

Con el tiempo, él y sus vecinos aprendieron a sentirse parte de algo. no solo por el parque o los museos, tampoco solo por la arquitectura. Era, también, por el tipo de gente que vivía ahí: médicos, arquitectos, artistas, políticos. Un barrio con más residentes que comercio, con más conversaciones que gritos. Un barrio donde sucedían cosas estimulantes.

—Cuando uno decía que vivía en el Parque Forestal la gente te miraba distinto, para bien. Había una parte de la élite que vivía acá. Escritores, médicos, artistas. Había vida de barrio. Poca bulla. Casi nada de delitos —recuerda.

Pero con los años esa noción del barrio fue resquebrajándose. A comienzos de los 2000, Arturo empezó a ver los primeros asaltos. Robos al paso y a la vieja usanza: por sorpresa, o con una advertencia antes de un ataque.

Dos décadas después, dice, el escenario cambió abruptamente. El golpe, la puñalada o la bala —afirma— ahora vienen antes que el robo. Como presidente de la junta de vecinos, asegura que el miedo es habitual, que se escuchan gritos por las noches, que ha visto las consecuencias de la jauría: esos ataques en masa donde las víctimas quedan rodeadas por una asimetría brutal.

En el Parque Forestal, dice, los niños ya no juegan hasta tarde. De noche, ya no se puede estar. De esos amigos con los que hicieron del Forestal su patio, ya casi no queda ninguno.

La realidad en el Parque Forestal: un robo cada tres horas

Según los registros de la plataforma STOP de Carabineros, el Parque Forestal pertenece al cuadrante número uno de la comuna de Santiago. Es un sector amplio: limita al norte con la Avenida Santa María, al sur con la calle Curicó; al oriente lo bordean Pío Nono y Vicuña Mackenna, y al poniente, San Isidro y Miraflores. Dentro de esos márgenes —en calles como Irene Morales— los robos se han vuelto una constante. Solo en lo que va del año, hasta el 22 de junio, se han registrado 1.232 casos. Un promedio de 7,1 robos al día. Uno cada tres horas.

En la última semana disponible en la plataforma STOP —entre el 30 de junio y el 7 de julio— se reportó un homicidio, 42 robos y tres casos de lesiones solo en ese cuadrante.

Fue precisamente en ese mismo período cuando las autoridades lograron un avance importante en su ofensiva contra la delincuencia en la zona. El pasado 6 de julio, Carabineros y la PDI informaron la detención de 20 personas acusadas de cometer diversos delitos en Bellavista y el Parque Forestal.

De los aprehendidos, 19 eran chilenos y uno boliviano. La mayoría de ellos ya fue formalizado. Parte de los detenidos, informaron las autoridades, pertenecían a un movimiento similar al de “La Jauría”, un grupo que desde 2023 comenzó a hacerse conocido por una modalidad de robo tan brutal como visible: los ataques grupales.

The Clinic se contactó con el municipio de Santiago, pero no tuvo respuesta hasta el cierre de este artículo.

La detención se dio a días del último caso de ataque tipo “Jauría” en el sector. En la madrugada del 2 de julio, según reportó la Fiscalía, un grupo de unas veinte personas emboscó a dos jóvenes, de 17 y 28 años, en la intersección de Alameda con Ramón Corvalán, a pasos de Plaza Baquedano. Uno de ellos recibió puñaladas en la espalda y una pierna, cortes que lo llevaron de urgencia a la ex Posta Central, donde fue diagnosticado con heridas graves.

Más tarde, la familia de la víctima contó que los agresores los interceptaron mientras esperaban un transporte nocturno. Uno de los atacantes, según su relato, sacó un arma blanca y se abalanzó contra el joven que se resistió, provocando que el grupo reaccionara con una fiereza desproporcionada: lo apuñalaron y asfixiaron a uno de sus amigos para arrebatarle las pertenencias.

El origen de la Jauría en el Parque Forestal

En enero de 2024 comenzaron a registrarse las primeras detenciones por un tipo de delito poco habitual en el Parque Forestal. No se trataba de robos al paso ni de asaltos en solitario, sino de verdaderas estampidas: grupos numerosos que se abalanzaban sobre un transeúnte para arrebatarle una billetera, un celular, una parka o unas zapatillas de marca. Los ataques solían venir acompañados de una violencia desproporcionada: patadas, golpes de puño, puñaladas y, en algunos casos, tocaciones indebidas.

Por esos días, tanto Carabineros como la PDI empezaron a trazar un patrón. Los delitos se repetían en un radio acotado —el Parque Forestal y otros sectores céntricos de Santiago— y las denuncias comenzaron a acumularse. Las víctimas hablaban de una turba. De un grupo que atacaba con rapidez y desaparecía igual de rápido.

Fue entonces que algunos funcionarios, al ver el modo en que operaban, comenzaron a referirse a ellos de forma informal como “la Jauría”. Según la Real Academia Española, una jauría es un conjunto de perros guiados por un mismo perrero. Pero también, en su segunda acepción, es un grupo que persigue con saña a una persona o a un colectivo.

Algunas de las declaraciones judiciales dan cuenta de la crudeza de los ataques. En ciertas jornadas, el grupo llegó a asaltar a más de diez personas en una sola noche. El 20 de agosto, por ejemplo, una mujer y dos hombres —de entre 20 y 24 años— fueron abordados en las cercanías del parque por al menos nueve sujetos. La mujer relató que les suplicó que la dejaran, que no tenía nada de valor, pero fue igualmente manoseada. “Me metieron la mano en el vestido. Tocaron mis pechos buscando pertenencias”, declaró en el proceso.

Al no encontrar nada, la turba se volcó contra sus acompañantes: a uno lo derribaron y le robaron el celular; al otro, el teléfono y dinero en efectivo. A ambos les exigieron las claves de sus aparatos bajo amenaza de cuchillos. Minutos más tarde, a solo unas cuadras de ahí, otro grupo de tres personas que salía de una discoteca en Pío Nono fue emboscado con el mismo método.

Ya entrada la noche, el mismo grupo efectuó nuevos ataques se reportaron en las inmediaciones. Un joven, su pareja de entonces y un amigo de ambos fueron interceptados por una turba de al menos doce sujetos. Los tiraron al suelo, los golpearon y les robaron los celulares. Cuando lograron reincorporarse, escucharon gritos que se repetían en otros paraderos. La escena era idéntica: personas golpeadas, mochilas arrancadas, teléfonos sustraídos. Era un verdadero huracán humano de asaltos.

Corrieron por la Alameda hasta llegar al cerro Santa Lucía, donde dieron con una patrulla. Alertaron a los carabineros, señalaron que los asaltantes eran extranjeros. Los funcionarios los escoltaron un tramo breve, luego se alejaron. La única forma que tuvieron de seguirles el rastro fue a través de la aplicación “Encontrar” del iPhone: uno de los teléfonos robados seguía activo. En la pantalla, el punto avanzaba hacia el poniente.

Esa jornada marcó un quiebre. La violencia desatada, los ataques en cuestión de minutos y la organización del grupo —compuesto en su por totalidad por extranjeros en su mayoría ecuatorianos, hombres y mujeres— dejó instalada una nueva forma de delinquir. Lo que parecía un fenómeno puntual, una cuadrilla que operaba con lógica animal, se transformó en método. Nuevos grupos, esta vez integrados por chilenos, comenzaron a replicar el patrón: actuar en masa, generar intimidación por número, desaparecer entre la multitud. Desde entonces, el Parque Forestal no volvió a ser el mismo.

El germen de la Jauría

La forma en que operaba quedó registrada en uno de los procesos judiciales abiertos contra sus integrantes. Según estableció el tribunal, el grupo estaba compuesto por cerca de veinte personas que actuaban de forma coordinada y deliberada. Aprovechaban su superioridad numérica para sembrar el miedo y dejar a las víctimas sin posibilidad de reacción.

El patrón era claro. Mientras avanzaban, observaban a los transeúntes y definían —casi sin hablar— quién sería el siguiente objetivo. A ciertos miembros se les asignaba la ejecución directa del asalto: intimidaban, golpeaban, acuchillaban si era necesario y sustraían las pertenencias. El resto se mantenía en los márgenes, formando un cerco que impedía la huida o la intervención de terceros.

Una vez concretado el ataque, el grupo se disolvía. Volvían a caminar como si nada. Se mezclaban entre la multitud. Nadie corría. Nadie gritaba. A los ojos de un testigo casual, parecían un grupo cualquiera. Para entonces, la víctima ya estaba en el suelo siendo sometido.

En algunos casos, las agresiones se dividían: mientras dos o tres atacaban de forma directa, otros bloqueaban cualquier intento de auxilio. Era una coreografía de violencia.

El caso de uno de los primeros ataques de la jauría terminó en tribunales. El 17 de abril de 2025, el Cuarto Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago condenó a tres de sus integrantes: Dave Osvaldo Gines Reyes y Ginger Yarlene Gavilanez Pinagorte recibieron penas de 10 años y un día de presidio por su participación como coautores en cinco delitos de robo con violencia e intimidación, cometidos en la madrugada del 20 de agosto de 2023.

A Yandri Alexander Mina Esterilla se le impuso una pena aún mayor: 15 años y un día de presidio por los mismos delitos.

Pese a las altas condenas, el patrón criminal que inauguraron no se extinguió con su captura. La violencia en manada —la idea misma de atacar como jauría— se replicó en nuevos grupos que, sin ser exactamente los mismos, repitieron la forma.

Otras experiencias vecinales en el Parque Forestal

Rodrigo vive frente al Parque Forestal desde hace 14 años. Ha visto el cambio que ha experimentado el barrio desde entonces, donde -para él- la inseguridad ha ido en aumento. Pero nota que el contraste con hace un año se ha hecho evidente: “El invierno pasado tú veías a gente en la noche paseando a sus perros o trotando, con frío y todo, a parejas. Hoy, a las ocho de la noche, no camina nadie por el parque. No hay personas con mascotas, ni gente caminando ni menos trotando. Llega la noche y el parque queda completamente vacío”, señala, refiriéndose al sector del Forestal comprendido entre Pío Nono hasta el museo de Bellas Artes.

Por las noches de viernes y sábado, agrega el vecino del barrio, que suele escuchar gritos o incluso disparos: “Muchas veces me despierto en la madrugada por balazos que se escuchan desde el parque, también hasta gritos de auxilio, pidiendo ayuda. Tú no sabes qué está pasando. A veces en Sosafe (la app) está repleta de denuncias de asaltos o alertando sobre personas sospechosas”.

Para él, que no tiene auto, “la única manera de llegar a mi departamento es en Uber en la noche y pidiéndole al conductor que espere a que entre a la reja del edificio. Después que me asaltaron en la esquina de Lastarria con Merced, uno queda con la sensación de alerta constante. Era primera vez que me asaltaban”.

Los sábados y domingos, durante el día, el parque recibe a cientos de personas que caminan por el pasto o los senderos. Por la noche, hay patrullas de seguridad que entran hasta el parque y piden a personas que se retiren -grupos que se ponen a tomar cervezas o alcohol- por su propia seguridad. Las rondas son habituales entre las 21 y 00 horas los fines de semana. Más de madrugada, difícilmente hay personas que caminen por el parque.

Algo similar sucede en calle Lastarria, la más transitada del sector. Durante la mañana y tarde no hay comercio informal y especialmente en la última semana -tras reportajes sobre Lastarria en medios de comunicación- ha aumentado la dotación policial con tolerancia cero a ambulantes. El panorama cambia cuando llegan las 20 horas: decenas de ambulantes esperan sentados encimas de bolsos hasta esa hora para desplegar sus paños con ropa usada, el momento en que los guardias se retiran y la calle queda en tierra de nadie.

Los ambulantes suelen vender entre 3-4 personas, tomando cervezas y, denuncian vecinos, varios de ellos trafican drogas, algo que ha sido sostenido también por comerciantes del sector y las organizaciones sociales.

“Yo creo que uno de los principales problemas que tenemos en el Parque Forestal viene del comercio ambulante en el barrio Lastarria. Tu pasas por ahí y ves sobre las mantas un pantalón, un short o una polera y debajo de eso está la droga y también hay armas. El barrio está muy muy peligroso”, dice Arturo Ortiz, presidente de la junta de vecinos quien asumió en el cargo el pasado 24 de mayo, para intentar recuperar el barrio de toda su vida.

“Yo al Parque Forestal lo amo, pero ahora lo considero una zona de sacrificio. Aquí pasa de todo. Las marchas, las protestas, las fiestas los asaltos: todo. Todo pasa por acá”.

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