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La operación Pet Shop Boys en Viña: dos años de negociaciones y el futurista show que obligará a modificar por primera vez el escenario de la Quinta exclusivamente para una banda

Dos años de negociaciones, reuniones técnicas de más de dos horas, una pantalla “mesh” de seis metros que obligará a intervenir por primera vez la escenografía oficial de la Quinta y servidores traídos desde Londres para adaptar el Dreamworld Tour al lenguaje televisivo chileno. La operación para traer a Pet Shop Boys expone el delicado equilibrio que el Festival de Viña mantiene cada verano entre el esperado espectáculo anglo y la tradición local. En ese marco —y no como una alusión al dúo británico, cuya disposición destaca— el director Daniel Merino fija una línea institucional de cara al futuro de los números anglos: “Son los artistas quienes se tienen que adaptar al Festival de Viña. Quien no desee recibir un premio tan valorado por los chilenos como la gaviota se tiene que quedar en su casa y no venir”, señala.

Por Felipe Betancour y Sebastián Palma 21 de Febrero de 2026
Pet Shop Boys
Pet Shop Boys
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No es la primera vez que el Festival de Viña intenta traer a Pet Shop Boys. Hubo conversaciones en la administración anterior y también el año pasado, pero siempre chocaban con el mismo muro: el Dreamworld Tour no es un show que se adapte con facilidad a un formato televisivo. Es un espectáculo diseñado para arenas, con una puesta visual milimetrada.

Esta vez, dice el director del certamen, Daniel Merino, la diferencia fue la persistencia: años de conversaciones para lograr que el montaje pudiera convivir con la lógica de la Quinta.

El punto más complejo fue la pantalla utilizada en el show. No una pantalla cualquiera, sino una “mesh” —transparente— que forma parte estructural del espectáculo. En algunos pasajes baja y deja al dúo tocando detrás de ella; en otros, se apaga, se ilumina o se transforma en un velo que multiplica capas visuales. En el universo electrónico del grupo, ese elemento no es decorativo: es narrativo. Y en Viña, por primera vez en 65 años, obligará a intervenir la escenografía oficial del festival exclusivamente para una banda.

Pero el esfuerzo técnico está a la altura del currículum de la historia del dúo británico y de esta gira. Su presencia en Viña del Mar se equipara a visitas ilustres como The Police, Elton John, Morrissey y Rod Stewart. El Dreamworld Tour comenzó su recorrido en 2020 y ya ha pasado por Europa, Norteamérica, Asia y Latinoamérica. Además, ha recalado en otros grandes festivales internacionales como Glastonbury, credenciales que aumentan la expectación por una gira que recorre sus mayores éxitos.

La dimensión del desafío no es menor. Se trata de una estructura de aproximadamente seis por seis metros que debe montarse para el show y desmontarse en apenas ocho minutos, en plena transmisión en vivo. No habrá ensayo general del desmontaje. 

El día anterior se presenta otro número de gran escala y los tiempos en la Quinta son quirúrgicos: entre ensayos, pruebas de sonido y shows, el recinto prácticamente no se detiene. La única ventana real de pausa técnica es de madrugada, cuando se realiza mantenimiento.

Parte del acuerdo alcanzado tras esas largas negociaciones fue respetar la mayor cantidad posible de aspectos del rider técnico original. 

No porque el festival no tenga capacidad —Merino insiste en que la infraestructura de Viña está a la altura de cualquier requerimiento internacional— sino por una decisión estética: permitir que el Dreamworld se vea y se sienta como tal, pero traducido al lenguaje televisivo chileno. Hacer convivir el show en vivo con la realización para millones de personas frente al televisor ha sido, hasta ahora, el mayor foco de trabajo.

La pantalla se consiguió en Chile. La tecnología lleva poco más de un año disponible en el país y permite cumplir con la exigencia de transparencia y definición que pide el dúo. Sin embargo, no todo pudo resolverse localmente. Desde Londres se enviarán servidores de video especiales, capaces de procesar y expandir las señales visuales del espectáculo para que llenen la totalidad de las pantallas laterales y centrales de la Quinta, algo que en sus conciertos habituales no siempre es necesario.

La coordinación técnica ha sido exhaustiva. A pocos días del show, la producción sostuvo reuniones de más de dos horas revisando punto por punto iluminación, tiempos de montaje, entradas y salidas de señal. Incluso existe un plan de contingencia: bloques comerciales preparados en caso de que el desmontaje no se logre dentro del margen previsto. De hecho, aún no se cierran los acuerdos de la tanda comercial de ese espacio. 

La productora Bizarro –a cargo de Viña 2026 junto a Mega–, que ya conoce a Pet Shop Boys por sus montajes en el Movistar Arena de Santiago, fue clave en la articulación de esos detalles técnicos, dada su experiencia previa con la gira y la adaptación de espectáculos de gran escala al mercado chileno.

“Yo tuve la oportunidad de compartir con ellos cuando estuvieron en el Movistar y son dos personas que tienen una historia inmensa en la música. Han recorrido muchos países y han hecho mucho escenario. Eso obviamente hace que tengan una impronta distinta frente a escenarios como éste. Por la personalidad de ellos y por lo que se han mostrado, yo creo que va a ser un momento que va a fluir, porque están muy comprometidos. Han investigado sobre el festival, han visto videos por su cuenta, más allá de lo que yo les compartí. Y son personas muy respetuosas”, cuenta Merino.

El futuro de los shows anglos en Viña

Hace años, parte central de las negociaciones de la producción del Festival de Viña del Mar con los artistas anglos, tiene que ver con enviarles videos a los artistas que pisarán la quinta. No son clips promocionales: son momentos específicos. La entrega de la gaviota a artistas que no la esperaban, el público rugiendo, animadores interrumpiendo el show, el clímax que se arma cuando el “monstruo” empieza a pedir premio. Es parte del briefing que se les envía a los artistas anglos. Una especie de manual audiovisual para explicar algo que, admite Daniel Merino, es muy difícil de traducir en palabras.

“Desde el principio se les comparten videos donde aparecen las entregas de premios en versiones anteriores, desde artistas gigantes como Elton John hasta Marc Anthony”, cuenta el director. La idea es que entiendan la dinámica antes de pisar el escenario. Que comprendan que el Festival no es solo un concierto más en la gira, sino un ritual televisado, con reglas propias, con tiempos que no siempre dialogan con la lógica de un show cerrado y continuo.

La experiencia demuestra que no siempre es fácil. Morrissey, por ejemplo, solicitó que no se le entregaran premios en un show que estuvo respeto de otras exigencias marcadas por su estilo de vida vegano. El año pasado además, la banda The Cult recibió la Gaviota de Plata de manera inusual: su cantante no quiso recibir el premio y salió del escenario. Fue el guitarrista Billy Duffy quien tuvo que salir a recibir el galardón evidentemente desganado. 

Merino es directo. Dice que en los últimos años, el número anglo se ha transformado en uno de los mayores desafíos logísticos del certamen. No solo por exigencias técnicas, sino por el choque cultural. Para muchos artistas resulta extraño que existan dos animadores que interactúan con el público antes del show, que puedan interrumpir la presentación para entregar un premio, que el espectáculo se pause en vivo mientras la transmisión adapta pantallas y gráficas.

“Yo siendo súper claro en esto, y sin desmerecer en ningún caso lo que el show anglo le aporta al festival, comúnmente y todos los años el show anglo se termina transformando en un problema para el Festival de Viña, tanto para el equipo técnico como para el equipo logístico. El artista anglo muy pocas veces ha entendido el concepto de las gaviotas, el concepto del monstruo o el concepto de la audiencia que está en la Quinta Vergara y los rituales que tiene esto”, indica Merino.

El contraste más reciente fue el de Incubus en la edición pasada del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Allí la comprensión del rito de la gaviota no ocurrió en las oficinas ni en los videos enviados con anticipación, sino arriba del escenario. “Lo entendieron estando acá. Cuando el artista está en el escenario y siente la vibra, siente la euforia, siente los gritos, y después le entregan la gaviota y se forma ese clímax en la Quinta, ahí entienden”, comenta Merino.

Ese momento quedó graficado cuando uno de sus integrantes se arrodilló con la gaviota en la mano, en medio de la ovación. Para la producción fue una señal de que el código había sido descifrado. “Para poder explicarlo tienes que vivirlo tú, porque eres artista y tu conexión con el público y lo que va a pasar en ese momento es único”, agrega el director.

Con Pet Shop Boys, dice, el proceso ha sido distinto. Merino cuenta que el dúo ha investigado por su cuenta, han visto registros históricos y llegan informados de lo que significa el rito. 

“Son los artistas quienes se tienen que adaptar al Festival de Viña: por los 65 años que tiene. Quien no desee recibir un premio tan valorado por los chilenos como la gaviota se tiene que quedar en su casa y no venir al Festival”, indica Merino al respecto. 

Sobre la continuidad de los espectáculos anglo, los que sí tienen un componente reputacional, pero que en los últimos años no han marcado los peak de sintonía, el director del Festival añade: 

“Yo te diría que los artistas anglos que vengan en el futuro tienen que tener muy claro que vienen a un festival que respeta la historia del artista y respeta la trayectoria del artista, pero que también a este festival le gusta que le respeten su trayectoria de 65 años y en la medida que ese respeto mutuo exista van a seguir”.

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