
Los autos que hicieron historia en los libros no son simples vehículos: son personajes literarios con identidad propia. Desde el Rolls-Royce de Gatsby hasta el Plymouth poseído de Stephen King, los automóviles condujeron la narrativa del Siglo XX. Y hoy, con motivo del Día Internacional del Libro, vale la pena recorrer los caminos en los que autos y obras literarias han recorrido juntos.
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Hay autos que hicieron historia en los libros antes de rodar por ninguna carretera real. Un vehículo color crema de “monstruosa longitud”, cubierto por un laberinto de parabrisas que reflejaban una docena de soles: así describió F. Scott Fitzgerald el automóvil de Jay Gatsby en 1925, sin saber que ese vehículo devendría en uno de los objetos literarios más analizados de la historia. No era solo un auto: era el sueño americano con llantas. Cien años después, en cada 23 de abril que la UNESCO celebra como Día Internacional del Libro, vale la pena detenerse en esa extraña y poderosa alianza entre la literatura y el automóvil —dos inventos del siglo XX que cambiaron el mundo con la misma ferocidad.
La fecha del Día Internacional del Libro no es casual: el 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, tres pilares de la literatura universal. Pero el libro también guarda otra deuda pendiente: la que tiene con el automóvil, la máquina que reformuló el paisaje, la libertad y la narrativa del mundo moderno. Ya en 1925, el escritor soviético Ilya Ehrenburg publicó Historia del automóvil, una crónica que capturó el miedo y la excitación del nuevo medio de transporte, con personajes como Henry Ford, J.P. Morgan y André Citroën desfilando por sus páginas junto a las primeras víctimas de los accidentes automovilísticos y las primeras huelgas en las fábricas de autos.
Los autos de la literatura que cambiaron la narrativa: Gatsby
Publicada en 1925, El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald sigue a un grupo de personajes en la ficticia ciudad de West Egg en la próspera Long Island durante el verano de 1922, y muchos críticos literarios la consideran una de las mejores novelas jamás escritas. En ese universo de fiestas y champán, el automóvil no es un accesorio: es el destino. Pocos vehículos en la historia de los libros han cargado tanto significado en tan pocas páginas.
El vehículo de Gatsby es descrito como “de una longitud monstruosa, con triunfantes cajas para sombreros y cenas y cajas de herramientas, y adosado con un laberinto de parabrisas que reflejaba una docena de soles”. El auto es denominado “vagón de circo” y “auto de la muerte” debido a su chillón color amarillo y su enorme tamaño. El amarillo chillón de Gatsby representa el new money, la riqueza reciente y ostentosa, sin el respaldo de un apellido ni una educación “adecuada”: Gatsby intenta copiar el lenguaje del poder, pero su brillo resulta siempre un poco excesivo, demasiado evidente.
Un volante, tres muertes y ningún culpable
El desenlace del automóvil es también el desenlace de Gatsby. Daisy conduce el Rolls-Royce y atropella a Myrtle Wilson; Gatsby planea cubrirla. George Wilson cree que el propietario del vehículo mató intencionalmente a su esposa, y termina disparándole a Gatsby antes de suicidarse. Las muertes de Gatsby, George y Myrtle son todas consecuencia de la confusión de identidad del conductor del auto amarillo, mientras que Tom y Daisy salen ilesos, subrayando la impunidad de los ricos en la sociedad estadounidense de los años 20.
La controversia sobre qué modelo exacto conducía Gatsby llegó incluso a los cineastas. Aunque en el texto Fitzgerald menciona “el Rolls-Royce de Gatsby” solo una vez —como autobús de fin de semana—, el vehículo amarillo protagonista no es identificado en ningún otro pasaje como tal marca. La adaptación de 1974 con Robert Redford usó un Rolls-Royce Phantom I; la de 2013 con Leonardo DiCaprio optó por un Duesenberg Model J de 1929.
Autos icónicos en libros: Kerouac y la carretera como destino
El automóvil dio lugar a un género literario en Estados Unidos: las road novels, cuyo máximo exponente es On The Road, de Jack Kerouac, publicada en 1957. En ella, Kerouac narra sus viajes junto a sus amigos a través de Estados Unidos y México entre 1947 y 1950, y contribuyó a la mitificación de la célebre Ruta 66. Hoy está considerada un clásico del siglo XX y la obra definitiva de la generación beat.
Kerouac narra los viajes de Dean Moriarty y Sal Paradise recorriendo el continente norteamericano con diferentes autos en lo que se considera uno de los primeros relatos del género “road trip”: un retrato crudo de la América de los 50 con trabajos precarios, amores entre fronteras, adicciones, desolación y una búsqueda por la libertad. El automóvil, en manos de Kerouac, no es un símbolo de riqueza sino de fuga: la máquina que permite escapar de la clase, de la ciudad, de uno mismo.
Nabokov y la carretera como jaula
La controvertida Lolita, de Nabokov, desarrolla también buena parte de su trama a bordo de un auto con el que el profesor Humbert Humbert y Lolita recorren las carreteras de Estados Unidos. El vehículo como espacio cerrado, como prisión móvil, como escenario de la obsesión. Donde Kerouac veía en el horizonte una promesa, Nabokov veía una trampa con cuatro ruedas y el motor en marcha: el mismo país, la misma carretera, dos visiones que no podían ser más opuestas. Ambos casos demuestran por qué los automóviles en la ficción son siempre algo más que medios de transporte.
Sally: el auto de Asimov que anticipó el futuro en los libros
En 1953, mientras Kerouac terminaba de teclear el rollo manuscrito de En el camino, Isaac Asimov publicaba en la revista Fantastic un cuento llamado Sally que iba en dirección exactamente opuesta: no hacia el pasado de la carretera libre y el gasoil barato, sino hacia un futuro donde los automóviles ya no necesitaban conductor. Entre los vehículos literarios que hicieron historia, Sally ocupa un lugar singular: es el primer auto autónomo de la ficción.
La historia se sitúa en un futuro indeterminado donde los automóviles autónomos con cerebros positrónicos han reemplazado a los vehículos de conducción manual. Al final de su vida útil, estos autos son acogidos en una granja cuidada por Jake, un hombre que admira y valora sus habilidades únicas. Su favorita es Sally, un elegante convertible con un comportamiento casi humano.
En el mundo del relato, ambientado en 2057, los únicos vehículos permitidos en carretera son los que contienen cerebros positrónicos. Sally es una vanidosa descapotable, posiblemente una Corvette, y uno de los sedanes, Giuseppe, procede de las fábricas de Milán, donde Alfa Romeo tenía su sede. El más antiguo de la granja es de 2015 —un Mat-o-Mot llamado Matthew— que Jake había conducido en el pasado.
La profecía del automóvil autónomo
Lo que hace de Sally un texto extraordinario no es solo su trama, sino su precisión profética. Asimov anticipó, con una exactitud perturbadora, los beneficios de los vehículos autónomos: una drástica reducción de las muertes en carretera gracias a reacciones más rápidas ante obstáculos, el análisis continuo de la vía, la capacidad de memorizar rutas de viaje. También anticipó que la conducción manual sería eventualmente prohibida cuando la tecnología autónoma se volviera masiva. El primer “automatóbil” de la historia del relato se fabricó en 2015; ese mismo año, en el mundo real, los gigantes tecnológicos comenzaron a tomarse en serio los vehículos sin conductor.
Pero Asimov no escribía utopías. Al final del cuento, Jake se da cuenta de que, aunque los humanos crearon los autos, han trascendido su programación inicial y han desarrollado una forma de conciencia colectiva. Esta revelación lo lleva a cuestionar la verdadera naturaleza de esas máquinas y a reflexionar sobre las implicaciones éticas y morales de su existencia. El relato termina con una nota oscuramente contemplativa: mientras Sally lleva a Jake a casa con suavidad, él queda invadido por una profunda inquietud, consciente de que los autos actuaron con una inteligencia colectiva y vengativa. La última línea del cuento —”Últimamente, me doy cuenta de que empiezo incluso a rehuir a Sally”— condensa en una sola frase setenta años de debate sobre la inteligencia artificial.
El relato fue luego incluido en The Complete Robot (1982), la antología definitiva de los cuentos de robots de Asimov. Los editores lo clasificaron como una historia “semi-robot”: en Sally los vehículos positrónicos pueden dañar a personas y desobedecer sin que se mencionen las Tres Leyes de la Robótica, lo que lo sitúa en un universo más ambiguo y más inquietante que el resto de la saga.
El auto de Bond: un vehículo literario que se volvió mito
Hay otro automóvil que no condujo por ninguna carretera real pero cuya silueta es reconocible en todo el planeta: el Aston Martin DB5 de James Bond. Entre los autos que hicieron historia en los libros de espionaje, ninguno ha tenido una vida cultural más larga. Al servicio secreto de su majestad fue creado por el escritor Ian Fleming en su novela Casino Royale en 1953. El DB5 apareció por primera vez en la novela Goldfinger de Ian Fleming en 1959, antes de debutar en el cine en 1964.
Aston Martin siempre fue sinónimo de auto lujoso inglés, pero la relación entre el 007 y el Aston Martin DB5 proyectó la notoriedad de la marca al mismo tiempo que poner a James Bond detrás del volante mitificó al DB5. La simbiosis literaria entre el espía y el vehículo no solo vendió novelas: redefinió el perfil de un automóvil que, producido entre 1963 y 1965 en apenas algo más de 1.000 unidades, se convirtió en objeto de deseo universal.
Christine: el auto más aterrador de la historia de los libros
Si Gatsby usó el automóvil como arma social y Kerouac como herramienta de libertad, y Asimov lo convirtió en una entidad consciente cargada de ambigüedad ética, Stephen King fue más directo: lo convirtió en el villano. El prolífico autor estadounidense escribió una novela llamada Christine (1983) cuyo protagonista es un automóvil Chrysler Plymouth Fury del 58 que cobra vida de forma maligna, obsesionándose con su nuevo dueño y atacando con voluntad propia a todos sus enemigos. El mismo año en que se publicó la novela también apareció una película con el mismo título dirigida por John Carpenter.
King hasta tres veces ha convertido los autos en protagonistas de sus novelas: Christine, donde el villano es un Plymouth de 1958; Mr. Mercedes, donde aparece un Mercedes-Benz SL500; y Buick 8: un auto perverso, donde nos enfrentamos a un Buick Roadmaster de 1954. Entre el convertible casi humano de Asimov y el Plymouth demoníaco de King hay apenas treinta años y una pregunta compartida: ¿qué ocurre cuando una máquina deja de obedecernos?
El Nobel que reparaba motores y otros encuentros inesperados
La relación entre la literatura y el automóvil no es solo metafórica. El Premio Nobel de Literatura José Saramago, a los 19 años, trabajaba en un taller mecánico de reparación de automóviles. Un paralelismo parecido podría encontrarse en los escritores Luis Landero y Mario Benedetti, quienes también trabajaron en su juventud en un taller mecánico. Hay algo poético en eso: algunos de los grandes narradores del siglo XX aprendieron a escuchar motores antes de escuchar palabras.
Un acontecimiento de especial luto para la cultura y el pensamiento relacionado con el automóvil ocurrió con el premio Nobel de Literatura de 1957, el argelino-francés Albert Camus. Murió en 1960 mientras viajaba de copiloto en un auto deportivo exclusivo Facel Vega FV3B. El conductor, Michel Gallimard, sobrino del editor de sus libros, a una velocidad de 180 kilómetros por hora, se salió de la carretera estrellándose contra un árbol. En el lugar del accidente se encontraron manuscritos de su nueva obra inconclusa: El primer hombre. En el bolsillo del Nobel se hallaron boletos no utilizados de tren a París. Camus había elegido el automóvil. El automóvil eligió el final.
El motor que mueve las páginas
La UNESCO recuerda cada 23 de abril que los libros son “una ventana a otro mundo” y que cada nueva página nos presenta nuevas personas, nuevas culturas y nuevas ideas. Los autos que hicieron historia en los libros son, también, una ventana: al deseo, al miedo, a la velocidad con la que una sociedad se transforma. Del crema ostentoso de Gatsby al Plymouth demoníaco de King, pasando por los autos robados de Kerouac o el convertible consciente que Asimov imaginó en 1953, el motor de la ficción no ha parado desde que el mundo aprendió a conducir.
La pregunta que dejó pendiente Sally sigue sin respuesta: si le damos inteligencia a nuestras máquinas, si les damos nombre y les tomamos cariño, ¿qué les debemos cuando deciden pensar por sí mismas?