Carta a la directora: Pantallas vacías, la deuda silenciosa con la educación de niños y adolescentes
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En un ecosistema mediático cada vez más saturado de estímulos, los medios audiovisuales de alcance amplio —ese espacio que durante décadas fue punto de encuentro familiar en torno a la televisión abierta y que hoy se extiende también a las plataformas de streaming— parecen haber renunciado, en gran medida, a su rol formativo. La oferta actual privilegia el entretenimiento inmediato, muchas veces sin profundidad, dejando en segundo plano una dimensión clave: la educación de niños y adolescentes desde lo audiovisual. Salvo excepciones como NTV Chile, la pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿por qué hay tan pocas alternativas educativas en estos espacios?
Ahora bien, el problema no es solo de oferta. Es más profundo: revela un desajuste entre el modo en que hoy se produce y circula el conocimiento y la forma en que todavía entendemos la educación. La escuela moderna fue diseñada bajo la lógica de la era industrial: contenidos estandarizados, transmisión vertical del saber y tiempos homogéneos de aprendizaje. Ese modelo respondía a un mundo de escasez informativa. Hoy, en cambio, vivimos en un entorno de sobreabundancia: múltiples fuentes, formatos diversos, acceso inmediato y capacidad de elección.
Sin embargo, mientras el visionado de contenidos crece exponencialmente, el sistema educativo sigue operando —en gran medida— como si el conocimiento fuera escaso, secuencial y centralmente administrado. El resultado es una brecha cada vez más evidente entre lo que los niños experimentan fuera del aula y lo que encuentran dentro de ella.
No se trata de idealizar el pasado ni de desconocer el avance de las plataformas digitales. Más bien, el problema es estructural. Los medios audiovisuales de gran alcance, incluyendo la televisión abierta, tienen una alta penetración en los hogares y su ausencia en el ámbito educativo no es neutra: es una oportunidad perdida. Mientras el consumo de contenidos crece, la propuesta formativa queda relegada a nichos o a iniciativas que, aunque valiosas, aún no logran instalarse como parte del consumo habitual.
La evidencia muestra que los niños y adolescentes no solo aprenden en la sala de clases. También lo hacen —y cada vez más— a través de lo que ven, escuchan e interpretan en su entorno cotidiano. En ese contexto, estos espacios podrían ser un aliado estratégico del sistema educativo. Pero, para ello, se requiere una decisión editorial: entender que educar no es aburrir y que formar no es competir con el entretenimiento, sino integrarlo de manera inteligente.
En este punto, el contenido educativo cobra relevancia no solo por su existencia, sino por su calidad y pertinencia. Cuando las producciones audiovisuales se alinean con el currículum escolar chileno —abordando materias como historia, ciencias, formación ciudadana, convivencia y habilidades socioemocionales— dejan de ser un complemento y pasan a ser una extensión del proceso formativo. No reemplazan a la escuela, pero sí la acompañan, la refuerzan y, en muchos casos, la hacen más cercana.
Con todo, la relevancia apunta a combinar narrativa, tecnología y aprendizaje en formatos breves, dinámicos y de alta calidad, donde el conocimiento no solo se transmite, sino que se procesa, se explora y se elige. En un entorno donde los jóvenes pueden acceder a múltiples contenidos en paralelo, la clave no es restringir ni homogeneizar, sino ofrecer alternativas que compitan en atractivo y profundidad. Asimismo, que sean compatibles con una generación que no aprende de forma lineal ni pasiva, sino a través de la selección activa y el procesamiento rápido de información. Es, en definitiva, una respuesta al desajuste: una propuesta educativa construida para el mundo que ya existe, no para el que la escuela industrial imaginó.
A ello se suma otro elemento clave: la articulación con las comunidades educativas. La generación de contenidos no puede ser un ejercicio aislado. Requiere diálogo con colegios, centros de padres y actores del mundo educativo. Estas redes permiten que el material no solo se consuma, sino que se utilice activamente en talleres, jornadas escolares y espacios de reflexión; es decir, que tenga vida más allá de la pantalla.
Sin embargo, el desafío no recae únicamente en quienes producen contenido educativo. También interpela a los canales de televisión, a las plataformas de streaming que hoy dominan el consumo en los hogares, a las políticas públicas y, en definitiva, a la industria en su conjunto. Apostar por más contenido educativo en los medios audiovisuales de gran alcance no es solo una decisión programática; es una señal sobre el tipo de sociedad que se quiere construir. Una sociedad que no delega completamente la formación en la escuela, sino que la asume como una responsabilidad compartida.
Hoy, más que nunca, se requiere ampliar la oferta. No basta con un solo canal o con esfuerzos aislados. La diversidad de propuestas, formatos y enfoques es fundamental para conectar con audiencias distintas. Series, cápsulas y programas híbridos que combinen narrativa, juego y aprendizaje: las posibilidades existen. Lo que falta es voluntad para instalarlas como una prioridad.
Porque, al final del día, la ausencia de contenido educativo en estos espacios no es solo un vacío en la programación. Es el síntoma de una tensión no resuelta entre un sistema educativo diseñado para el pasado y un entorno cultural que ya pertenece al futuro. Y, en ese cruce, las pantallas no deberían ser el problema. Deberían ser parte de la solución.



