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Un cambio de gabinete puede mover nombres, pero si no cambia en rumbo, en realidad no cambia nada. Esa es la pregunta política que dejó el ajuste realizado por el Presidente José Antonio Kast: ¿Estamos ante una corrección real o ante una operación para ordenar el relato antes de que el relato se termine de desordenar?
Ningún gobierno puede sostenerse sólo con eficiencia, planillas, decretos o anuncios. Gobernar también es construir consenso. Y el consenso no aparece solo, se trabaja, se explica, se escucha, se corrige y se comunica. Por eso la frase “el gobierno lo hace bien, pero comunica mal” es, en el fondo, una excusa. Porque cuando un gobierno no logra explicar con claridad sus decisiones, la percepción pública termina debilitando incluso medidas que podrían tener resultados positivos.
Mario Riorda lo plantea con claridad. La comunicación política no es un accesorio de la gestión, sino una condición para generar consenso. Si no hay consenso, no hay buena gestión posible. Un gobierno necesita una idea ordenadora, una razón reconocible para explicar hacia dónde se está llevando al país. Sin ese norte, la comunicación se vuelve contabilidad de medidas y reacción diaria.
El cambio de gabinete de Kast parece confirmar esa tensión. La comunicación es el mecanismo que permite explicar qué se está haciendo, por qué, con qué límites y con qué resultados. Cuando ambas áreas fallan al mismo tiempo, no estamos frente a un simple problema de vocería. Estamos frente a una fractura entre expectativa, gestión y relato.
El Gobierno parece haber entendido una parte del problema: no bastaba con cambiar caras; había que rediseñar la forma de comunicar. Kast habló de un cambio “en la forma y en el fondo” de la comunicación hacia la ciudadanía. La pregunta es si ese diseño mejora la comunicación o la concentra en exceso. Porque comunicar bien no significa hablar más fuerte, controlar mejor el mensaje o blindar al Presidente. Comunicar bien significa dar sentido público a las decisiones. Significa reconocer errores sin parecer derrotado. Significa explicar prioridades sin reducir al ciudadano a espectador. Significa abrir información, no sólo administrar titulares.
Ahí está el punto político de fondo. Una democracia exige que los gobiernos comuniquen con claridad, pero también con responsabilidad. La comunicación gubernamental no puede ser propaganda de autosatisfacción ni marketing de emergencia. Debe informar, persuadir y rendir cuentas. Debe conectar las políticas con la vida cotidiana de las personas. Y debe evitar el peor vicio de los gobiernos: hablarse a sí mismos.
En ese sentido, el ajuste de gabinete es una advertencia temprana. A 69 días de iniciado el mandato, el Presidente tuvo que intervenir dos áreas estructurales para su proyecto. Eso puede leerse como pragmatismo, pero también como improvisación. La diferencia dependerá de lo que venga ahora.
Si el Gobierno usa este cambio para ordenar prioridades, abrir datos, explicar mejor sus decisiones y construir una narrativa que no dependa sólo del conflicto, puede salir fortalecido. Si lo usa para cambiar voceros sin cambiar la lógica, el problema volverá. Y volverá rápido.
La buena comunicación no salva una mala gestión, pero una mala comunicación puede hundir incluso las mejores decisiones. En política, el silencio comunica; la confusión comunica; la soberbia comunica; el cambio de gabinete también comunica. La pregunta es qué quiso decir Kast ayer. Y, sobre todo, si su gobierno sabe cómo decirle al país hacia dónde va.



