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Correo 2 de Junio de 2026

Carta a la directora: Desarrollo regional en el discurso presidencial 

Pablo Monje Reyes, docente de la carrera de Administración Pública Universidad de O’Higgins
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El discurso presidencial ha puesto sobre la mesa cifras que, a simple vista, impresionan: más de 800.000 millones de pesos para la Carretera Austral, 2.000 millones de dólares para los puertos de Valparaíso y San Antonio, y 400.000 millones de pesos para viviendas de emergencia. Suena a un giro estratégico hacia las regiones. Pero ojo, la historia nos ha enseñado que el tamaño del cheque no garantiza un cambio de fondo.

Empiezo por lo positivo. Hay que reconocer que el agro, la pequeña minería y la conectividad extrema son ejes de desarrollo; sin embargo, el anuncio adolece de lo que siempre falla: la forma en que se ejecuta y decide. La mesa de infraestructura deportiva -por ejemplo- se define desde el centro y con alianzas público-privadas que suelen beneficiar a grandes grupos, no a clubes de barrio en Punta Arenas o Copiapó.

Más grave es el condicionamiento en La Araucanía. Se dice: “para que prospere, debe regresar la inversión y el turismo”. Eso suena a chantaje territorial. La reforma a la Ley Indígena que permite arrendar e hipotecar tierras puede ser la destrucción de las comunidades ancestrales, se percibe como una habilitación para el despojo moderno, una visión supremacista sobre el pueblo mapuche y su destino. El desarrollo no se impone con patrullaje, sino con acuerdos.

En salud, los 4.800 cupos oncológicos son un parche. Bienvenidos, pero insuficientes frente a listas de espera que superan los dos años en regiones como Ñuble o Biobío. La descentralización sanitaria no se resuelve con cupos privados, sino con hospitales público bien gestionados y financiados.

En el caso de la pequeña minería: reducir burocracia está bien, pero ¿dónde está el financiamiento estatal para los pequeños mineros del norte? La inversión privada no llega sola si no hay seguridad jurídica y precios justos.

En síntesis, inversión sí –800 mil millones de pesos, 2 mil millones de dólares, 400 mil millones de pesos– pero con una lógica de escritorio santiaguino. Mientras no se transfieran decisiones reales y presupuestos autónomos a las regiones, seguiremos viendo obras faraónicas que no cierran brechas estructurales. La descentralización no se anuncia con cheques, se construye con poder compartido con más y mejor democracia.

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