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Opinión

14 de Junio de 2026
Ilutsración Sandro Baeza
Ilutsración Sandro Baeza
Ilustración: Sandro Baeza / The Clinic

Columna de Marco Moreno: La CEP y el agotamiento del crédito político de Kast

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"Nunca había sido tan fácil construir expectativas durante una campaña. Pero nunca había sido tan difícil satisfacerlas una vez en el gobierno", sostiene Marco Moreno en su columna de esta semana, en la que realiza un análisis de los resultados de la última encuesta CEP, que evidenciaron un comienzo complejo para la administración de José Antonio Kast, al tener un 52% de desaprobación y un 34% de respaldo.

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La última entrega de la encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) será leída principalmente desde la lógica de los ganadores y perdedores de la coyuntura. Algunos pondrán el foco en el 52% de desaprobación del Presidente José Antonio Kast. Otros destacarán el ascenso de nuevas figuras políticas o la evolución de determinadas preferencias ciudadanas. Sin embargo, la principal señal que entrega el estudio es más profunda y menos contingente: parece haberse agotado anticipadamente el crédito político con el que llegó al poder la actual administración.

En ciencia política solemos hablar de la “luna de miel” para describir el período inicial en que los gobiernos cuentan con un margen de confianza superior a su apoyo efectivo. Es una suerte de capital simbólico que permite administrar errores, retrasos e incertidumbres mientras la ciudadanía espera los primeros resultados. No se trata únicamente de aprobación. Es, sobre todo, una reserva de confianza.

Lo interesante de la última entrega del CEP sugiere que esa reserva comienza a erosionarse antes de los cien días de gobierno. No solo porque la desaprobación supera a la aprobación, sino porque aparecen dudas respecto de la capacidad futura del gobierno para cumplir aquello que prometió. Cuando una proporción significativa de ciudadanos declara tener poca o ninguna confianza en el cumplimiento de las promesas presidenciales, lo que está en cuestión ya no es únicamente la evaluación de la gestión. Lo que se debilita es la credibilidad del proyecto de gobierno.

Este fenómeno merece una reflexión más amplia. La campaña presidencial de José Antonio Kast estuvo estructurada sobre una narrativa de urgencia. La promesa de un “gobierno de emergencia” conectó eficazmente con una ciudadanía preocupada por la seguridad, la migración irregular y el deterioro económico. Fue una estrategia electoral exitosa porque interpretó adecuadamente el estado de ánimo predominante.

José Antonio Kast en el Movistar Arena

Pero existe una diferencia fundamental entre ganar una elección y gobernar. Las narrativas que permiten construir mayorías electorales no siempre son las mismas que permiten construir capacidad de gobierno. Gobernar exige tiempos institucionales, negociación legislativa, coordinación burocrática y gestión de expectativas. En otras palabras, exige administrar la complejidad.

La reciente encuesta del CEP parece mostrar precisamente el choque entre esas dos lógicas. Una parte importante de la ciudadanía comienza a descubrir que las soluciones rápidas prometidas durante la campaña enfrentan restricciones políticas e institucionales una vez que se llega a La Moneda. El problema para el gobierno es que las expectativas no se ajustan al mismo ritmo que las capacidades efectivas del Estado para producir resultados.

Esta situación no es exclusiva de la administración Kast. De hecho, constituye uno de los rasgos más persistentes de la política contemporánea. En distintos países observamos gobiernos que llegan al poder impulsados por promesas de transformación acelerada y que luego enfrentan crecientes dificultades para satisfacer expectativas extraordinariamente altas. La consecuencia es una brecha cada vez mayor entre representación y gobernabilidad.

En ese sentido, los datos de la encuesta del CEP dialogan con una hipótesis más amplia que he venido desarrollando en este espacio: la persistencia de la crisis política no radica únicamente en la desconfianza hacia las instituciones o los partidos. También se expresa en la creciente dificultad de los gobiernos para transformar mandatos electorales en capacidades efectivas de acción.

Lo que observamos es una paradoja. Para el analista Moisés Naím, el poder se ha vuelto más fácil de obtener, pero más difícil de usar y más fácil de perder. Chile no escapa a esta máxima: nunca había sido tan fácil construir expectativas durante una campaña. Pero nunca había sido tan difícil satisfacerlas una vez en el gobierno.

Por eso, la principal noticia de la encuesta del CEP no es el porcentaje de aprobación o desaprobación presidencial. La verdadera noticia es que el gobierno parece estar transitando desde la política de las expectativas a la política de los resultados mucho antes de lo previsto. Y cuando ese tránsito ocurre de manera prematura, los costos políticos suelen ser significativos.

La pregunta que se abre hacia adelante no es si terminó la luna de miel. Los datos aportados por la última entrega del CEP sugieren que sí. La cuestión relevante es si el gobierno será capaz de reconstruir un nuevo capital político basado no en las promesas de campaña, sino en evidencias concretas de gestión y capacidad de gobierno.

Lo que parece estar quedando claro es que cuando se agota el crédito político, la confianza deja de ser una promesa y pasa a convertirse en una tarea cotidiana. Y esa es, probablemente, la prueba más difícil que enfrentan los gobiernos en las democracias contemporáneas.

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