Tiempo Libre
10 de Julio de 2026Alejandra Acosta y su nueva mirada sobre Gabriela Mistral: “Quería mostrarla como persona, no como estatua”
La ilustradora presenta "Mistral. Una biografía ilustrada" (Lumen), un libro que busca acercar la figura de la Premio Nobel desde una mirada más íntima y contemporánea. En conversación con The Clinic, aborda el proceso de investigación, los desafíos de retratar a Gabriela Mistral y la vigencia de una autora que, asegura, todavía tiene mucho por descubrir.
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A tres años del inicio de una exhaustiva investigación, la ilustradora chilena Alejandra Acosta presenta Mistral. Una biografía ilustrada (Lumen), un libro que busca acercar la figura de Gabriela Mistral a nuevos lectores desde una mirada visual, íntima y alejada de la imagen solemne con la que tradicionalmente se ha retratado a la Premio Nobel de Literatura.
Reconocida por su trabajo en literatura infantil y juvenil, Acosta construye un recorrido que combina investigación documental con ilustraciones de colores intensos para recorrer la vida de la escritora, desde su infancia en el Valle del Elqui hasta sus últimos años en Estados Unidos. El volumen también aborda sus vínculos afectivos, su compromiso con la educación y la justicia social, además de episodios menos conocidos de su trayectoria, ofreciendo un retrato más amplio y humano de una de las figuras más relevantes de la cultura chilena.
En conversación con The Clinic -donde también colabora con sus ilustraciones- la autora profundiza en el proceso creativo detrás del libro, los hallazgos que marcaron su investigación y las razones por las que considera que Gabriela Mistral sigue siendo una figura vigente, capaz de dialogar con las nuevas generaciones desde sus contradicciones, afectos y convicciones.
—En el libro intentas alejar a Gabriela Mistral de esa imagen “solemne” instalada en el imaginario chileno. ¿Qué descubriste de ella durante la investigación que más te ayudó a construir una versión más humana y cercana?
—Lo primero fue darme cuenta de que era mucho más complicada que la Gabriela del colegio. Ahí siempre fue la maestra, la poeta, esa figura medio de bronce. Pero cuando uno se mete a investigar aparece otra cosa: se enamoró, viajó harto, le importaba la política. Hay un detalle que se me quedó grabado: en sus viajes buscaba casas con vista a los cerros, como si necesitara llevarse un pedazo de Chile a donde fuera. Yo no quería hacer un retrato idealizado ni dejarla como estatua. Me interesaba mostrarla como persona, porque ahí, cuando deja de ser monumento, se pone mucho más interesante.
—La biografía ilustrada mezcla investigación documental con una propuesta visual muy colorida y contemporánea. ¿Cómo fue traducir emocionalmente la vida de Mistral al lenguaje de la ilustración?
—Para mí ilustrar no es dibujar los hechos y listo. Me importan más las atmósferas, cómo conversan las imágenes entre sí. Atrás había una investigación seria, pero también quería transmitir esa energía que encontré en Mistral. Por eso me fui por una paleta de pocos colores, bien saturados, para que chocaran. Mucho azul y rosado, incluso en los paisajes, donde nadie los pondría. Normalmente a los personajes históricos uno los pinta apagados, en tonos sepia, y yo quería justo lo contrario.
—En el libro abordas las relaciones afectivas de Mistral con figuras como Laura Rodig, Palma Guillén y Doris Dana. ¿Por qué era importante incluir esa dimensión íntima en el relato?
—Los incluí porque son parte de quién fue. Cuando hablamos de figuras históricas tendemos a dejar fuera lo personal, como si no contara, y para mí sí cuenta: a quién quieres y en quién confías te arma la vida igual que cualquier otra cosa. Lo de Doris Dana, por ejemplo, no es un dato al margen; la acompañó en sus últimos años y terminó siendo su albacea. Y antes hubo otras mujeres que fueron compañeras, gente de confianza. No me interesaba mirar eso desde el morbo. Me interesaba entenderla entera. Dejarlo afuera habría sido contar la historia a medias.

—Hay episodios menos conocidos, como su reunión con Harry Truman o su preocupación por los pueblos indígenas y la desigualdad. ¿Te sorprendió encontrar una Gabriela Mistral tan activa y consciente políticamente?
—Lo amplio que era. Ya en sus primeros años, en el Liceo de Niñas de Punta Arenas, armó una escuela nocturna para mujeres que no habían podido estudiar. O sea, no era solo la poeta o solo la profesora; era alguien que tomaba decisiones concretas sobre quién tenía derecho a educarse. Le pesaban las desigualdades, la situación de los pueblos originarios, la infancia. Y no las miraba de lejos: hacía algo con eso.
—Mistral pasó gran parte de su vida fuera de Chile, pero mantuvo una conexión muy fuerte con el Valle del Elqui y la naturaleza. ¿Cómo trabajaste visualmente esa relación con el paisaje y el territorio?
—Vuelve en casi todas las páginas. Gabriela vivió en mil lados, pero el Valle del Elqui nunca la soltó. Ella hablaba del perfume de las hierbas de los cerros como un recuerdo que no se le borraba, y eso fue lo que quise dibujar. No tanto el cerro en sí: el olor, esa cosa que se le quedó pegada. Por eso traté la naturaleza como una presencia y no como telón de fondo. Los cerros aparecen una y otra vez detrás de su vida, casi siempre en esos azules y rosados. Era mi manera de decir que, aunque estuviera lejos, el valle seguía con ella.
—En los últimos años ha habido un renovado interés por Gabriela Mistral desde distintas disciplinas artísticas. ¿Por qué crees que su figura sigue generando nuevas lecturas y resonando con generaciones más jóvenes?
—Porque todavía queda harto por descubrir de ella. Por años conocimos una versión recortada, y cada investigación o lectura nueva que sale, abre más preguntas. Hoy nos llaman más las figuras contradictorias que las perfectas, y ella lo era: una mujer que tomaba decisiones políticas y al mismo tiempo guardaba el olor de las hierbas de un cerro como su recuerdo más íntimo. Eso, para mí, es lo que vale la pena seguir mirando.



