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Opinión

11 de Julio de 2026
Ilustración: Sandro Baeza
Ilustración: Sandro Baeza

Columna de Marco Moreno: La Moneda y la ventaja estratégica de la descoordinación

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"Cuando un bloque político dedica más tiempo a discutir cómo oponerse que aquello a lo que se opone, comienza a transmitir la imagen de una oposición sin diseño. Para la opinión publica el veredicto parece ser claro: por ahora, a la oposición no le alcanzan para ser alternativa", dice Marco Moreno en su columna de esta semana en la que aborda las serias diferencias y descoordinaciones al interior de la oposición que, para el académico, parecen entregar una victoria al Gobierno.

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Las últimas encuestas parecen confirmar un fenómeno que ya comienza a consolidarse: el Presidente José Antonio Kast ha empezado a perder su piso presidencial, esa base relativamente estable de apoyo ciudadano que permite sostener políticamente un gobierno incluso en escenarios complejos. Sin embargo, mientras ese capital político lentamente se erosiona, La Moneda avanza hacia una posible victoria legislativa con la aprobación de la llamada megarreforma. La paradoja es evidente: un Ejecutivo con menor respaldo ciudadano parece aumentar, al mismo tiempo, sus posibilidades de imponerse en el Congreso.

¿Cómo se explica esta aparente contradicción? La respuesta no está únicamente en la capacidad del gobierno para construir acuerdos, sino también en las dificultades de las oposiciones para actuar estratégicamente. Una parte importante del camino hacia esa victoria legislativa está siendo facilitada por sus propios adversarios.

La discusión pública se ha concentrado en las diferencias entre quienes buscan modificar el proyecto durante su tramitación y quienes estiman que el camino correcto es recurrir al Tribunal Constitucional. Sin embargo, esa no es la lectura más interesante. Las discrepancias tácticas existen en toda coalición. Lo realmente relevante es que esas diferencias dejaron de formar parte de una estrategia común y comenzaron a competir entre sí.

Desde los estudios políticos, este fenómeno puede entenderse como una ventaja estratégica por descoordinación. No consiste en convencer al adversario ni tampoco en disponer de una mayoría abrumadora. Consiste en modificar los incentivos del otro hasta el punto de que sus alternativas dejan de ser complementarias y pasan a debilitarse mutuamente.

Thomas Schelling, uno de los grandes teóricos de la estrategia, sostenía que muchas victorias no se obtienen acumulando más recursos, sino restringiendo las opciones disponibles para el adversario. En política ocurre algo similar. Un actor fortalece su posición cuando consigue que las decisiones del otro sean cada vez más costosas y difíciles de coordinar.

Eso parece haber ocurrido con el proyecto de Reconstrucción Nacional que se discute en el Congreso. La Moneda aposto por abrir espacios para que algunos sectores opositores privilegiaran influir en el contenido del proyecto, mientras otros optaron por una estrategia de confrontación institucional a través de la amenaza de recurrir al Tribunal Constitucional. Ambas posiciones pueden ser perfectamente racionales. El problema surge cuando dejan de responder a un diseño compartido y comienzan a proyectar objetivos distintos.

Por eso, hablar simplemente de una “oposición dividida” resulta insuficiente. La división es la consecuencia. El problema de fondo es la ausencia de coordinación estratégica.

William Riker demostró que las coaliciones políticas no sobreviven únicamente porque compartan objetivos, sino porque logran coordinar los incentivos de sus integrantes. Cuando esa coordinación desaparece, incluso mayorías potenciales pueden perder eficacia política. La coordinación, en ese sentido, también constituye un recurso de poder.

Esta perspectiva permite comprender una paradoja frecuente en los sistemas políticos contemporáneos. La fortaleza de un gobierno no depende exclusivamente de sus niveles de aprobación ni del tamaño de su bancada parlamentaria. También depende de su capacidad para ordenar el comportamiento de sus adversarios. En ocasiones, un Ejecutivo gana no porque sea particularmente fuerte, sino porque la oposición deja de actuar como un actor colectivo.

Ese parece ser el escenario actual. Mientras unos partidos negocian indicaciones y otros preparan una ofensiva ante el Tribunal Constitucional, el debate deja de concentrarse en los méritos o defectos de la reforma para trasladarse hacia las diferencias internas del bloque opositor. La agenda ya no gira en torno al contenido del proyecto, sino a la incapacidad de construir una respuesta común. El escalamiento del enfrentamiento al interior del PS mediáticamente expresado entre las senadoras Vodanovic y Cicardini es una muestra de lo anterior.

George Tsebelis mostró que los sistemas políticos funcionan mediante múltiples actores con capacidad de veto. Pero esos vetos solo son eficaces cuando existe coordinación entre quienes los ejercen. Sin ella, la capacidad de bloquear decisiones disminuye considerablemente.

La principal victoria del gobierno, por tanto, puede no ser la aprobación de la megareforma. Tal parece que su mayor éxito consiste en haber desplazado la competencia desde el contenido del proyecto hacia la estrategia de las oposiciones. Cuando un bloque político dedica más tiempo a discutir cómo oponerse que aquello a lo que se opone, comienza a transmitir la imagen de una oposición sin diseño. Para la opinión publica el veredicto parece ser claro: por ahora, a la oposición no le alcanzan para ser alternativa.

En política, las mayorías siguen siendo importantes. Pero la estrategia también consiste en administrar los incentivos del adversario. Y cuando esa administración produce descoordinación, la ventaja obtenida puede ser mucho más decisiva que cualquier voto adicional.

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