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La vida rota de Gloria y la estela de muerte que dejó la explosión del camión de Gasco en Renca

No todos los muertos de la explosión en Renca, de febrero pasado, fueron enterrados después de que las llamas se apagaran. Durante semanas siguieron muriendo en hospitales, mientras quienes regresaban a sus casas descubrían que el fuego también podía instalarse en la memoria, en el cuerpo y en las familias. Meses después falleció Gloria Moreno, la mujer que había acompañado hasta el último día a Manuel, su compañero y uno de los quince fallecidos de la explosión. Su deceso terminó transformando una tragedia industrial en el retrato íntimo de un duelo. A partir de decenas de testimonios, documentos judiciales y entrevistas inéditas, este reportaje reconstruye la historia de quienes quedaron atrapados bajo aquella nube que cambió para siempre la vida de cientos de personas.

Sigue a The Clinic en Google News Por Sebastián Palma y Victoria García 11 de Julio de 2026
Imagen: Sandro Baeza.
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Resúmenes generados por Intelgencia Artificial Resúmenes inteligentes

Gloria Moreno murió por una falla orgánica múltiple tras una infección renal, meses después de perder a Manuel Garrido, su pareja por casi dos décadas, en la explosión del camión cisterna de Gasco en Renca. El reportaje reconstruye su duelo y la tragedia que dejó 15 fallecidos, con muertes en hospitales durante semanas.

  • Gloria murió esta semana; seguía en duelo por Manuel, fallecido tras la deflagración del 19 de febrero.
  • La pareja construyó una familia entre Chile y Perú; su hija María quedó como querellante.
  • Manuel murió el 28 de febrero, nueve días después, por un shock multiorgánico por sus quemaduras.
  • La explosión dejó 15 víctimas fatales, varias de ellas fallecidas días o semanas después en hospitales.
  • Sobrevivientes relatan la nube blanca, el fuego y las secuelas físicas y psicológicas que persisten.

El artículo cuenta la historia de Gloria Moreno y Manuel Garrido, una pareja marcada por la explosión del camión de Gasco en Renca. Ella murió meses después, tras acompañarlo hasta su fallecimiento, y su caso se vuelve parte de una tragedia que dejó 15 muertos, heridos graves y un duelo extendido en el tiempo.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

Gloria Moreno murió esta semana producto de una falla orgánica múltiple ocasionada por una infección renal. Todavía atravesaba el duelo por Manuel Alejandro Garrido, su pareja por casi dos décadas, quien había fallecido meses antes, tras resultar gravemente herido en la deflagración de un camión cisterna de Gasco ocurrida el 19 de febrero de 2026.

Meses antes de morir, Gloria, de nacionalidad peruana, aceptó sentarse frente a una cámara para hablar por primera vez de la muerte de Manuel. La entrevista se grabó en la oficina de la abogada Victoria Carvajal, que representaba a la familia en una de las querellas presentadas en contra de Gasco. 

Ese encuentro era parte de un registro más amplio que The Clinic preparaba junto a los familiares de las víctimas para reconstruir el duelo que había dejado la tragedia. Gloria llegó acompañada de María, la hija que tuvo con Manuel. Le costaba hilar las palabras: se detenía, retomaba las ideas y dejaba frases a medio terminar.

Fue ahí donde ella volvió al comienzo de todo.

Gloria conoció a Manuel Alejandro Garrido bailando. Salió esa noche para celebrar el cumpleaños de su hija mayor y no esperaba encontrarse con el hombre con el que terminaría formando una familia. “De repente, así de casualidad, nos encontramos”, recordaría frente a la cámara.

Manuel era músico. Los sábados en el Paseo Ahumada le pedía la guitarra a los músicos callejeros y cantaba boleros, canciones de Violeta Parra, alguna ranchera mexicana.

Lo que siguió a ese enamoramiento no fue un romance de película, sino la historia de dos personas construyendo una vida juntas con lo que tenían. Manuel era un vividor y Gloria trabajaba entonces puertas adentro, como asesora del hogar, y solo se veían los fines de semana. Cuando decidieron irse a vivir juntos, a fines de noviembre de ese mismo año, Manuel ya tenía hijos de una relación anterior, niños pequeños que iba a buscar los días que no trabajaba.

De ahí en adelante la relación y la familia creció: Gloria trajo a sus hijos desde Perú, y en 2009 la pareja tuvo a su propia hija, María, hoy adolescente y querellante en representación de la familia. Más adelante sumaron también a otra niña de casi cinco años, hija de la hermana de Gloria, a quien criaron como propia desde muy pequeña.

Manuel trabajó como guardia de seguridad durante casi toda la relación, la última década en la misma empresa. En todo ese tiempo vivió un solo episodio de violencia: un asalto a mano armada en un supermercado, del que salió ileso pero, dijo ella, con “un poquito de susto”. Fuera de eso, su oficio era rutinario, silencioso, el tipo de trabajo que no suele aparecer en las noticias.

Eso hasta el 19 de febrero.

En esa entrevista Gloria contó que ese día había sido, para Manuel, un jueves cualquiera de trabajo. Se levantó a las 6:30 de la mañana y salió de la casa sin alcanzar a tomar desayuno.

Gloria en entrevista con The Clinic. Foto: Felipe Figueroa / The Clinic.

Poco antes de las ocho, Manuel le abrió la reja a una trabajadora que llegaba a su turno y hacía anotaciones de rutina cuando comenzó el estruendo. Gloria se enteró casi tres horas después. Esa mañana había visto en los matinales las noticias sobre la explosión en Renca, sin imaginar que la tragedia que los conductores televisivos comentaban escandalizados ya la incluía a ella.

Cerca de las diez y media, su cuñada la llamó para decirle que a Manuel “le había pasado un accidente” en el trabajo. Gloria llevaba desde las nueve intentando comunicarse con él sin respuesta. Le dijeron que lo estaban buscando, que todavía no sabían en qué centro asistencial estaba. Recién a las once y media confirmaron que se encontraba en la Posta Central.

Cuando finalmente pudo verlo, Manuel ya estaba vendado, con las curaciones hechas y conectado a respiración mecánica. No alcanzaron a hablar ese primer día: él ya estaba sedado. Pero Gloria no dejó de ir. Desde el 19 de febrero hasta el día de su muerte lo visitó todos los días y, aunque él no podía responderle, ella le hablaba igual. El 25 de febrero lo trasladaron desde la Posta Central al Hospital del Trabajador de la ACHS, donde permaneció hasta el final.

Manuel Garrido Fuentes murió el 28 de febrero de 2026, a las 2:38 de la madrugada, nueve días después del accidente, debido a un shock multiorgánico por sus quemaduras.  

Hubo una disputa en torno al funeral: la hermana de Manuel quería trasladarlo de inmediato a Los Ángeles, la ciudad donde él tenía familia, para enterrarlo ahí. Gloria se opuso a que se lo llevaran esa misma noche. 

“Él se va a velar en la casa por lo menos hoy día”, dijo, y así fue: una noche de velatorio en la vivienda que la pareja llevaba años construyendo de a poco, el mismo lugar donde Manuel insistía casi a diario en que terminaran el primer piso, pusieran las puertas, las ventanas, dejaran todo listo. Al día siguiente lo trasladaron a Los Ángeles, en un viaje que la propia empresa Gasco costeó.

Esa fue, según Gloria, la última etapa en que sintió que la empresa respondía con algo parecido a la humanidad. La relación se volvió más fría después, cuando la familia empezó a pedir claridad sobre plazos y montos de indemnización: tras la muerte de Manuel, todas las deudas familiares –que estaban a nombre de Gloria– quedaron sin el respaldo de su sueldo. 

Quienes la vieron en las últimas semanas describen a una mujer que dormía mal, que perdió el apetito, que llegó a sentir que se iba a desmayar en más de una mañana. Además de su hija mayor, a la niña de casi cinco años que Manuel crió como propia y que –contó Gloria en esa misma entrevista– todavía corría hacia la reja de la casa cada vez que escuchaba un ruido parecido al que hacía él al llegar. “Mi papá, mi papá”, repetía y nunca era él.

Funeral de Gloria. Foto: Francisco Paredes / The Clinic.

Las otras víctimas

La historia de Gloria y Manuel es, en rigor, una entre quince. Manuel Garrido Fuentes sobrevivió diez días en el Hospital del Trabajador de la ACHS con el 70% de su cuerpo quemado antes de morir, convertido en la víctima fatal número trece de una lista que en ese momento todavía no terminaba de crecer. 

Cuatro de las quince víctimas ni siquiera llegaron a un hospital: murieron en el lugar del accidente, en los primeros minutos después de la explosión. La primera fue el propio conductor del camión de Gasco, Pablo Celedón, de 65 años, padre de cuatro hijos y vecino de Padre Hurtado, que estaba a semanas de jubilar. Celedón había salido esa madrugada, alrededor de las tres, rumbo al terminal de Gasmar en Quintero a buscar la carga que horas después estallaría en Renca. Pasó sin problemas los controles rutinarios de alcohol, drogas y presión arterial antes de iniciar el viaje.

Junto a él murieron esa misma mañana Nicolás Hernán Soto Fuentes, de 26 años, que iba en moto junto a su pareja rumbo al trabajo de ambos; Andrés Arroyo Montecinos, de 28, que se dirigía a su empleo en una empresa de telefonía y cuya camioneta quedó destruida en plena carretera; y Fabián Carvallo Peña, de 37, que conducía un Kia Morning hacia su trabajo en Huechuraba. A los tres los buscaron sus familias durante horas: llamandos a hospitales, recorriendo el Servicio Médico Legal, publicando en redes sociales antes de que llegara la confirmación que temían.

La pareja de Nicolás, Paulette Tello, de 26 años y técnica en Educación de Párvulos en un jardín infantil de Quilicura, sobrevivió unas horas más: llegó con el 92% del cuerpo quemado a RedSalud Santiago y murió dos días después, el 21 de febrero. Ese mismo día falleció también Antonella Viviana De Jesús Biaggini Castillo, de 27 años, diseñadora de vestuario que pasaba por el sector en el auto de su padre cuando ocurrió la explosión. Su muerte es una de las que hoy están judicializadas con querella propia: la presentó su hermano, Pietro Angelo Biaggini Castillo, en representación del núcleo familiar.

Bomberos apagando las llamas en Renca. Foto: Felipe Figueroa / The Clinic.

La semana siguiente fue la más dura en términos de cifras. El 22 de febrero murieron Ricardo Muñoz Menares, de 54 años, y Cristián Alberto Pizarro Bielma, de 47, que conducía otro camión y fue impactado por alcance durante la deflagración.

Dos días después, el 24 de febrero, se confirmaron tres muertes más: la de Luis Miguel Gómez Mendoza, brand manager de una empresa de logística que iba de copiloto camino a su trabajo y que falleció por una falla multiorgánica en el Hospital del Trabajador –su madre, Belkis Mendoza, viajó desde Venezuela para alcanzar a despedirse de él–, y la de Julio Fuentes Opazo, de 63 años, trabajador de paisajismo de la Autopista Central que estaba interviniendo la vegetación del sector cuando ocurrió la explosión.

Un caso que ilustra bien lo azaroso de la tragedia es el de Luis Gustavo Romero Atenas, de 38 años, encargado de bodega que ese jueves tenía una hora médica agendada pero decidió ir a trabajar igual. Se desplazaba en moto por General Velásquez cuando lo alcanzó el fuego; alcanzó a intentar un giro para escapar de la nube, el que quedó registrado en un video pero no lo logró. Fue trasladado a la Mutual de Seguridad, donde murió tres días después, el 22 de febrero, dejando viuda y dos hijas menores de edad que hoy son representadas por los abogados –y ex fiscales– Carlos Gajardo y Pablo Norambuena.

El 12 de marzo, a casi un mes del accidente, murió Isidora Larenas Oyarzún, de apenas 23 años, conductora de una empresa de reparto y madre de un niño de dos. Larenas alcanzó a llamar al padre de su hijo en los primeros segundos después de la explosión “me quemé, cuida a mi hijo”, le habría dicho, según el relato de su hermano a la prensa. Pasó casi un mes hospitalizada, primero en la red UC Christus y después en la Clínica Indisa, con el 80% de su cuerpo comprometido.

El camión que manejaba Isidora, fotografía cortesía de su abogado Carlos Alvear.

El último nombre de la lista es el de Mario Antonio Parra Guzmán, conocido como “Parrita” en su San Vicente de Tagua Tagua natal, murió el 13 de marzo. Parra circulaba esa mañana en un vehículo distinto al camión cisterna de Gasco cuando el fuego lo alcanzó con el 90% de su cuerpo quemado. Resistió también casi un mes en la unidad de grandes quemados de la Clínica Indisa antes de morir convirtiéndose en la decimoquinta y, hasta la fecha de este reportaje, última víctima fatal confirmada de la tragedia de Renca. Su conviviente civil y sus dos hijos presentaron una querella semanas después.

Si se ordenan estas quince muertes en una línea de tiempo, algo queda en evidencia: la explosión, la nube blanca de muerte del 19 de febrero no mató de una sola vez. Mató en oleadas, durante casi un mes completo, dejando cuerpos quemados y heridas casi tan profundas en sus deudos.

La nube maldita y el relato de los sobrevivientes

Emerson Urrutia manejaba su Hyundai Accent por la Ruta 5 en dirección a La Granja, recién salido de su turno en el parque fotovoltaico Los Aromos, en Tiltil. A su lado iba su pareja, Pierangela Moya; atrás, su compañera de trabajo Valentina Llanos. El tráfico se había puesto lento en la salida de Cardenal Caro, así que Emerson se cambió a la tercera pista para adelantar la congestión. Fue entonces cuando Pierangela vio algo en la salida de Velásquez: un humo blanco, apenas insinuándose, y gente que empezaba a bajarse de sus autos.

El vehículo que iba justo delante de ellos, una Peugeot Partner, frenó en seco. Una nube blanca y espesa entró por el costado sur del paso bajo nivel y, en cosa de segundos, se tragó a la Partner entera.

Momentos después, la nube los tragó a ellos. “No era nada amenazante, era como una nube, como que le hubieran puesto una cartulina blanca. No se veía absolutamente nada”, comenta Emerson a The Clinic.

En desespero, las personas corrían para escapar de las llamas. Eso fue lo último que vio antes de quedar rodeados por el humo blanco, perdiendo por completo la visibilidad. 

Tras un instante, la nube se puso anaranjada, como un atardecer, relata Emerson, pero un atardecer que lo llenó de miedo paralizante. El naranja empezó a volverse cada vez más intenso, hasta que se volvió una flama completa. Como un dragón. 

Autos quemados en Renca. Foto: Felipe Figueroa / The Clinic.

Emerson empezó a sentir el fuego que ya los envolvía, el calor se coló rápidamente en el auto, lo sintió a través de sus gruesas botas de seguridad. Sus manos ardían, el escozor en sus ojos era insoportable. Por el parabrisas alcanzó a ver objetos –”pelotas” que parecían viscosas– siendo eyectados desde Velásquez hacia la Ruta 5. Las palmeras del sector se encendieron como fósforos. 

Fue Pierangela quien lo sacó del shock, gritándole que acelerara. Emerson pasó de segunda a sexta marcha sin pasar por las intermedias, y el auto –ya con fuego saliendo de los costados– logró arrastrarse fuera de la bola anaranjada.

Cuando estaba maniobrando para poder escapar, vio un auto que había quedado atrás, parado en la pista de al medio, con la ventana abajo, “y la persona quedó con su cabeza apoyada en el manubrio”, relata. Alcanzó también a ver de reojo el camión de Gasco incendiado. Pero la imagen que se quedó grabada en su mente fue ver a gente quemada caminando. Como en Hiroshima.

A pesar de lo que vio, siguió manejando, mientras el auto se incendiaba, calculando que la velocidad apagaría las llamas antes de que los neumáticos reventaran. No se detuvo hasta llegar a La Granja. Ahí, en la casa de Valentina, recién pudo mirar el auto: la carrocería derretida, y él con quemaduras en la piel, el rostro y los brazos, más una lesión ocular que tardaría más de un mes en sanar por la fotofobia con la que aún sigue lidiando.

El Testimonio de Emerson: Un Sobreviviente

Haz clic en los botones para escuchar el relato.

Las secuelas físicas no fueron lo único que le quedó. Estuvo con tratamiento para el sueño, porque no podía dormir. “Y cuando dormía era soñar siempre lo mismo. Podía estar en cualquier parte, y de la nada todo se empezaba a incendiar de manera instantánea”, cuenta.

Emerson es uno de los siete sobrevivientes que presentó una querella contra Gasco, por el cuasidelito de lesiones graves, representado por la abogada Vivienne Guevara.

No todos alcanzaron a correr. Iván Encina caminaba esa mañana al interior de las Bodegas Lo Ruiz, cumpliendo su ruta como vendedor de PepsiCo, cuando las llamas lo alcanzaron: terminó con quemaduras en el 65% de su cuerpo, diagnosticado como gran quemado, y meses después seguía internado en la Mutual de Seguridad sometiéndose a operaciones. Cristián Bascuñán, mecánico automotriz, alcanzó a bajarse de un vehículo estacionado cerca del lugar y a correr unos ocho metros antes de que el fuego lo alcanzara también a él. En el auto también iba su compañera de trabajo, Isidora Larenas, que no logró escapar tan rápido y falleció días después producto de las lesiones.

Cristóbal Ayarza había llegado a las siete de la mañana a su trabajo, en un complejo de bodegas de Camino Lo Ruiz. A las ocho estaba revisando la bitácora de un vehículo estacionado afuera de la bodega. Cinco minutos después escuchó un estruendo que describió como “tremendo” en su declaración judicial. Se bajó a mirar hacia la carretera y alcanzó a ver, desde la caletera, la misma nube blanca creciendo rápido y transformándose, también para él, en una bola de fuego.

Corrió hacia la muralla de la bodega para cubrirse. No llegó a tiempo. El calor lo alcanzó, lo tiró al suelo y le quemó la cara, la cabeza y el brazo derecho, el que había usado instintivamente para protegerse. “¡Me quemo, me quemo!”, gritó, según su propio relato, hasta que un compañero lo arrastró como pudo hasta las duchas del recinto, donde lo mantuvieron seis minutos bajo el agua para aplacar el dolor.

Cuando logró salir a ver el estado de los demás vio cómo una mujer que manejaba un furgón y que alcanzó a salir del recinto había quedado sin pelo y con quemaduras en todo el cuerpo; un compañero suyo, que justo entraba a la sucursal en ese momento, terminó con el 50% de su piel comprometida. Además encontró al portero del complejo que había salido volando por el aire cuando la caseta de seguridad explotó. Estaba quemado de pies a cabeza, pero seguía con vida.

Ese hombre era Manuel Garrido.

La estela de muerte de Manuel y Gloria

Gloria murió el pasado 4 de julio y fue enterrada en el Cementerio General, en Santiago. A la ceremonia llegaron sus hijos y nietos, también parientes que viajaron desde Perú. Un parlante reproducía en loop la canción Yo te extrañaré, de Tercer Cielo.

Uno de los asistentes inició una videollamada con la madre de Gloria. Desde Perú, una mujer nonagenaria y de cabello completamente blanco miró cómo enterraban a su hija a través de la pantalla de un celular. Del pequeño parlante salía su sollozo permanente, fino, como una aguja que atravesó toda la ceremonia.

No hubo sacerdote ni rezos. Sí hubo palabras de recuerdo. Hablaron antiguos empleadores de cuando fue asesora del hogar; una de ellas leyó una carta en la que recordó cómo Gloria la ayudó a criar a su hijo cuando atravesaba una depresión y se sentía sola. Otro hombre agradeció los años en que trabajó como auxiliar de limpieza en el Teatro El Puente.

Funeral de Gloria. Foto: Francisco Paredes / The Clinic.

También recordaron el buen humor de Manuel. “Si yo no hubiera venido, esto hubiera sido puro velorio”, solía decir, según contó Gloria frente a una cámara, meses antes de si funeral.

Sus hijos mayores hablaron de la casa que quedó a medio terminar y de la responsabilidad que ahora sentían de concluirla. De ponerle el piso. Las ventanas. Las puertas. Era el mismo proyecto del que Manuel le hablaba casi todos los días.

María, la hija de ambos, no pudo hablar.

El cajón descendió a la tumba de ladrillos y sus seres queridos lanzaron pétalos de flores y puñados de tierra. La madera comenzó a cubrirse de polvo mientras las paladas de los trabajadores del cementerio cerraban lentamente el agujero. La tierra crujía al arrastrarse y crepitaba al golpear el cajón. Cada pala era una confirmación más de que Gloria –la que durante nueve días no dejó de visitar a Manuel en el hospital, la que todos los días le hablaba “cosas bonitas, para que tenga fuerzas”, aunque él ya no pudiera responderle– también se había ido.

Tres meses antes, sentada frente a esa misma cámara, Gloria había dicho que hacía noches que no podía dormir. Que esa mañana había sentido que se iba a desmayar. Que ya no tenía apetito. Nadie, ni siquiera ella, sabía entonces que esa entrevista, pensada para reconstruir el duelo por la explosión que le arrebató a Manuel, terminaría convirtiéndose también en el último relato de su propia vida.

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