Carta a la directora: Confiamos en Dios y a la inteligencia artificial le preguntamos
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Si tuvieras que aventurar una respuesta, ¿dirías que las personas más religiosas recurren a la IA para pedir consejos morales más o menos que el resto?
El papa León XIV advirtió hace pocas semanas, en su encíclica “Magnifica Humanitas“, sobre el peligro de tratar a la inteligencia artificial como un oráculo. La Iglesia católica ha marcado límites claros: la IA plantea diversos problemas para la dignidad humana y la convivencia social como la deshumanización, la erosión de la verdad, la desinformación, la falta de responsabilidad o el colonialismo digital, entre otros. Autoridades del islam suní y del protestantismo estadounidense han dicho cosas parecidas. La intuición sugiere que las personas religiosas serían las más reacias a dejar que una máquina opine sobre lo que está bien y lo que está mal.
Un estudio reciente de investigadores de Boston College, University of Utah y Northeastern University (Huiting Zheng et al., 2026) muestra lo contrario. En dos muestras representativas de Estados Unidos, mientras más religiosa es una persona, más dispuesta está a pedirle un consejo moral a un chatbot. El efecto se mantiene al descontar factores como la educación o la orientación política, y es más fuerte entre quienes rezan y asisten a servicios religiosos con regularidad.
La explicación que ofrecen los autores es que en la vida religiosa se acostumbra a consultar. Quien crece pidiendo orientación a un texto o a un guía espiritual desarrolla el hábito de buscar respuestas fuera de sí mismo. El chatbot, en este caso, se suma a esa lista. No obstante, esto es problemático porque los creyentes tienden a percibir a la IA como una autoridad moral legítima, es decir, como una fuente confiable y válida frente a los dilemas éticos. La cuestión es que la autoridad moral, entendida en sentido estricto, se debe dar en una relación entre personas que pueden dirigirse exigencias y pedirse cuentas mutuamente. Un chatbot no puede rendir cuentas porque no forma parte de la comunidad moral ni puede ser responsable de lo que aconseja, simplemente genera la respuesta más probable dado un conjunto de palabras.
Los autores identifican varios hábitos mentales que explican esta apertura, y algunos resultan reveladores. La IA, cuasi-omnisciente por haber sido entrenada en cuerpos enormes de conocimiento, siempre está disponible operando desde una aparente nube invisible y a la vez omnipresente. A eso se suma la tendencia a atribuirle mente, a tratarla como un interlocutor y no como una herramienta, y la convicción de que la moral descansa en cuestiones objetivas, sin que sea necesario deliberar caso a caso. Si lo que importa es acceder a esa verdad objetiva, el canal que la transmita, humano o máquina, parece dar lo mismo. Pero no da lo mismo, y esa es la confusión. La moralidad se da entre personas que responden por lo que afirman y que tienen que deliberar cada vez que se enfrentan a un dilema.
Deliberar sobre qué debemos hacer no puede ser un trámite delegable. Cuando alguien me pide un consejo, o yo se lo pido a alguien, reconocemos su humanidad, reconocemos que quien responde se compromete con lo que dice y queda expuesto a que le pidamos cuentas. Esa exposición mutua es justamente lo que falta con una máquina. El chatbot siempre tiene una respuesta que no cae del cielo, sino que la moldean empresas que deciden con qué datos, bajo qué criterios y con qué límites nos llega.
En Chile se anuncia “Santos x Chat”, un emprendimiento que ofrece conversar en Whatsapp con Teresa de Calcuta o San Pío por 8.000 pesos mensuales. Se vende como acompañamiento espiritual fundado en los escritos de cada santo. Pero quien responde no es ningún santo, es un modelo que produce la frase más probable, con la voz prestada de alguien a quien sí le reconocíamos autoridad para hablarnos de lo que está bien.
Hay además un riesgo más difícil de ver, la manipulación. La forma en que un chatbot completa una frase u ordena un argumento puede inclinar nuestro juicio sobre lo que está bien o mal sin que lo notemos. No hace falta que sigamos su consejo, basta con que, de a poco, nos vaya pareciendo razonable lo que dice. Por eso, confiar en Dios es una cosa, preguntarle a la inteligencia artificial, otra muy distinta.



