Alfonso Alcalde eligió, hace 17 años, en el mes de mayo, nacer en “La galaxia de Tomé”. Se entomecinó para siempre con el verso de un poema suyo, con “una corbata vegetal”.
¿Por qué, este hombre multifacético y errante, gigante y artesano, eligió terminar su peregrinación en este golfo?
Tomé, aldea y ciudad, puerto mayor y goberanción es un Panorama Ante nosotros. Formado por tantos y distintos hombres y mujeres con oficios que sus manos han transformado en arte. No sabemos si este Tomé, es un lugar más, como tantos otros, o es una gran obra de arte extraída del mar por indios y pescadores, o pintada en las faldas de los cerros por trancos vespertinos y acuarelas tempranas. Urdida en los telares de los siglos, cultivada en los bosques. Esculpida como mascarones de proa en árboles que reviven a conjurar bestias mágicas. Huerteada con juncos, en tierras aledañas al Collén. Escrita en periódicos y libros y cincelada en santos pétreos que se internan eternos en la mar. Confeccionada en trajes oscuros por el sastre y modista del barrio.
Tomé y su cultura, sus cultivos, nombres y oficios, épocas y actividades. Polleras y pantalones, obreros y emprendedores, pintores y poetas. Ocios y negocios. En fin, una majamama, por eso, su riqueza.
Y persiste, entomecinada, la duda, (“hay una mano que escribe y otra que va borrando” dice Alcalde) si éste es un pueblo mas, como cualquier otro o es una obra de arte oficiada por su gente, desde la plaza hasta los cielos, desde la orillita de la playa hasta la cresta de mundo, digo el Neuque.
Falta tinta en el tintero para contar de tanta historia, y nos falta memoria para los tantos que la escriben como el viejo leñador que engendró los cabros que ofician de talladores de trompos y figuras que la rama seca insinúa. Son los que transforman el oficio en Premios Municipales de arte. El tallador Alejandro Cártes, el pintor y escultor Santiago Espinoza; y el grabador Américo Caamaño, profesor, maestro y pintor de evidente prontuario que cuchillo en mano, con la pandilla de Rafael Ampuero y sus gañanes recorre bosques y geografía tallando sobre árboles y pedazos de madera un motivo, que, entintado, como un timbre, traspasa al papel, para dejar colgado en las murallas, un trozo de belleza regional.
Américo -que expone, por estos días, en el Pabellón 83 de Lota- es de la estirpe que en la noble madera escribe, gruñe, dibuja, de la raza humana, de la nuestra raza de sal, de los hombres y mujeres del mar, como los llama Alfonso Mora, el poeta. Talla pescados, reses y oscuranas, entre las espumas de las olas y las de plumas en el cielo.
Y desde el pasado, casi, casi desde el olvido, ahora llegan en sus viejos trenes, pájaros, edificios en ruinas y cabezas de pescado. Y detrás de todo, como fantasmas, seres humanos.
Todos y todo para, como señala Alfonso Alcalde: “no permanecer sino en el recuerdo del olvido”.

Darwin Rodríguez