Por Lorena Penjean, en memoria de Guillermo Hidalgo

El Guille fue mi primer jefe hace diez años. Hasta su oficina llegué con mi bicicleta, un par de ideas peregrinas y ganas de hacer la práctica en el Clinic. Así se transformó en mi editor. Y también en mi amigo.
El Guille fumaba como gitana vieja y solía usar poleras y camisas que le quedaban como a Coné, dejando asomar el ombligo. El Guille mordía sus uñas y cuando tomaba vino, fijo que se manchaba. También sabía diálogos completos de películas y poemas y se emocionaba hasta las lágrimas cantando “Dueño de nada”. Por Dios que era sensible.
Al Guille le gustaba su pega en el pasquín. Lo recuerdo entrando al Clinic repartiendo piropos, saludando a todo el equipo y luego encendiendo un Marlboro Light para buscar en Internet fotos de minas de los sesentas, sendas actrices mega guapas en blanco y negro: sus viejas calenturas como le gustaba decirles.
Su día favorito era cuando llegaba el Siete más Siete, ese ladrillazo al que le gustaba editar con su puño y letra. Leía un párrafo y lo borraba entero a la vez que gritaba: Come on!!! Luego, lo reescribía feliz. Nunca aprendí tanto. El Guille era el alma del pasquín y su pluma e ingenio estaba desde los chistes, pasando por Chupete Aldunate y la vida social, hasta el gran Titán Do Nascimento. Talento, eso le sobraba.
El Guille era de los que nos invitaba una cerveza, de esos que te piden bailar un bolero a las tres de la tarde y de los que dicen las brutalidades más grandes con la cadencia de quien habla de jardinería: una de sus más graciosas teorías era que el gobierno de Bachelet era la UP Light: “piénsalo bien: es doctora, socialista, quiere que la gallada gobierne (por eso se le suben al piano) y también le gusta empinar el codo… ¿qué tal?”, sostenía. Era muy divertido escucharlo. También salir con él, como la vez que fuimos a un cine del centro a ver un documental del Elvis con la mochila repleta de latas de cerveza. Es que le encantaba. Esa vez, ya medio arriba de la pelota me confidenció que, al igual que un amigo le dijo alguna vez, si Elvis le cantaba al oído, seguro se entregaba. Esa noche terminamos cantando y aplaudiendo sobre las butacas. En mi ranking de recuerdos, este será el número uno. Con mi amigo cantando las canciones de Elvis y tratando de bailar como él.
Y si bien el Guille tenía historias del largo que le pidieran, una más buena que otra, hay dos que me enorgullecen particularmente. La primera es cuando me contó que él había sido el periodista que escribió en “La Tercera”, para un Festival de Viña, la famosa crítica sobre el show del Pollo Fuentes que nunca fue. Mi editor, mi amigo, era el “profesional” que al ver que se hacía tarde, simplemente escribió una crónica comentando el espectáculo que jamás vio, agarró sus pilchas y se fue para la casa (o al Lomits) sin contar con que el show jamás se llevó a cabo. Notable.
El Guille trató de explicarme “su verdad”, como le gustaba bromear, aduciendo que su nota no se entendió, que tenía otro sentido, que se fueron al chancho y un laaaargo etcétera. El Guille, mucho antes de conocerlo yo, ya era una leyenda.
La segunda es cuando, en su periodo rico y famoso, solía viajar por el mundo haciendo entrevistas. Es así como llegó a la casa de Camilo Sesto con claras instrucciones de volver con un disco autografiado. Pero el Guille hizo más. Estaba yo esperando una entrevista con Viera Gallo cuando suena mi celu. Era él, que me llamaba para contarme que estaba en la puerta de la casa del cantante en Madrid. Pasaron cinco minutos y otra vez él: “que estoy en su living. Es de lo más simpático, parece una vieja. Lo estoy entrevistando”. Y luego una tercera llamada: “Negra, alguien quiere saludarte”.
Algo así fue lo que pasó:

Camilo Sesto: Hola, Lorena, cómo estás?
Yo: Puta Guille no me agarrís pal hueveo!
Camilo Sesto al Guille: Dice que no la agarre para…
Guille: …el hueveo… Mejor cántale.
Camilo Sesto: A ver si me recuerdas ahora: (cantando) El amor de mi vida has sido tú…
Yo: No! Camilo!!!!
Guille: No, no, no, no, cántale “Piel de ángel”!
Camilo Sesto: A ver Lorena que esta sí: (cantando) A escondidas, tengo que amarte….

Eso hizo el Guille: que Camilo Sesto me cantara mi canción favorita por teléfono. Eso sin contar que todo lo que sé como reportera me lo enseñara él con su infinita paciencia y alegría, que me prestara su auto para que llevara a mi mamá al hospital, que me invitara a almorzar regados almuerzos de doce horas, me perdonara todos los partes que le llegaron a la casa de sus padres por mi culpa, que me enseñara a cantar You don’t have to say you love y la expresión “al pan pan y al pico pico”.
Y obvio, el Guille también dio jugo. Muchas veces. Se equivocó, se peleó, se fue y lo fueron. Obvio, era humano, tanto, que acaba de morir para desgracia de los que tanto le debemos y queremos.
Siempre he creído que el capital de cualquier amistad es la admiración. Y yo, a mi buen amigo Guille, por Dios que lo admiro.
Adiós gordo, gracias por honrarme con tu amistad. Perdona por esta redacción de mierda. Como verás, no estoy teniendo un buen día. Te quiero mucho.