Por Jorge Rojas G. • foto: Alejandro Olivares

El camino detrás de esta casa es la obra vial más grande que se ha hecho en Maipú en años. Busca modernizar, conectar y expandir la comuna, conceptos que para tres familias que viven debajo de él no significan nada: las chozas en que ellas viven allí se dañaron por el movimiento de los pesados bulldozer que construyeron el camino y tienen que irse antes de que la Presidenta inaugure la obra. “Concha de tu madre, ojalá que esa señora no se aparezca por acá, porque el día que lo haga nos echan”, se lamenta una pobladora.
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En el cruce de Avenida Pajaritos con el Camino a Melipilla, en Maipú, nadie quiere saber nada de la presidenta Michelle Bachelet. Desde hace más de un año, tres familias han vivido atemorizadas con el día en que ella inaugure el nudo vial que se construye allí, porque las chozas en las que habitan debajo de la enorme estructura deberán desaparecer.

-A mis hijas les enseñan en el colegio que la presidenta es buena, pero yo digo: “concha de tu madre, ojalá que esa señora no se aparezca por acá, porque el día que lo haga nos echan cagando a la calle” -cuenta Claudia Morales, pobladora del lugar.

Cada vez que Claudia ve pasar a los ingenieros y arquitectos del proyecto con sus cascos plateados por fuera de su casa, el temor al desalojo aumenta, sobre todo porque un amigo que tiene dentro de la obra ya le dijo que se preocupe, que la cosa ya se viene.

-Ellos le llaman a esta obra “la modernización”, pero para mí simplemente es “cagarnos la vida” -suspira Claudia.

VIVIENDO EN EL CRUCE

Claudia llegó al cruce en el 2004. El lugar le pareció el peladero perfecto para instalarse con su primera casa: una mediagua de 400 mil pesos que compró en cuotas que aún paga.

-En ese tiempo estaba viviendo en la calle y mis hijas estaban en las Aldeas Infantiles, porque no tenía cómo tenerlas y los padres de ellas estaban presos por homicidios y robos. Me instalé acá sin querer, porque iba donde una amiga para que me alojara y me equivoqué. Me bajé antes, en el cruce, y dije: acá voy a instalar mi casa. Cuando llegué, nunca nadie se enteró que estaba acá.

El lugar que escogió Claudia para su asentamiento fue el costado de la línea del tren que une Santiago con el litoral. No fue la primera en llegar allí, porque al lado suyo vivía Flor Victorino que tenía su casa dentro de un terreno que cuidaba.

Al tiempo llegó el otro vecino, que se intaló con carretones y caballos. Las tres familias construyeron sus mediaguas a pulso y se colgaron del cableado eléctrico. Para surtirse de agua peregrinaban todos los días a la plaza de la esquina donde estaban las llaves de regadío.

-Nos bañamos en el gallinero con agua que traemos de las plazas. En invierno es helado, pero igual hay que hacerlo. Nuestro baño es un tarro en el que hacemos nuestras necesidades y después las botamos en un hoyo que tenemos afuera de la casa -dice Claudia.

No sólo han debido lidiar con esos problemas de servicios, también con la basura que la gente bota, los ratones que en verano son plaga y los más de 30 perros que constantemente hay en el lugar. Claudia era dueña de 15, pero mientras hacíamos esta entrevista un auto mató a uno.

-Está el Rucio, que ya está bien negro, la Alvina, la Martina, la Chola que es blanca, uno con tiña que era de los guardias de la construcción, la Paty, el Topón, el Stuart que murió ahora y otros más. Pero además tengo un caballo, varias gallinas que dan huevos y una chiva que se llama Campanita, que fue mi regalo de cumpleaños -cuenta.

El desalojo y la construcción vecina estas familias se lo toman con armonil. Cada vez que le preguntan por la carretera, responden que es una escultura que mandaron a construir para hermosear el barrio.

Hoy el acceso está a punto de ser inaugurado.

-Nos han ido aislando por todos lados. Los vecinos de la villa del frente pusieron una reja para que no pasáramos por sus pasajes y don Rodrigo, que es la persona que está a cargo de la obra, nos echa la culpa por cada cosa que se pierde en la faena. Además los obreros le tiraban el churro a mi hija mayor, la de 14 años, pero eso pasó sólo hasta que agarré a uno a combos -cuenta Claudia.

Los animales también han sufrido. Aunque es común que el tren atropelle perros y gallinas, Claudia denuncia que le han matado perros con las máquinas y los han dejado reventados y que también se los han envenenado. Pero a Claudia todavía le quedan perros, un gallo que su hija menor pasea como muñeca y una chiva que cuando se pone loca actúa como perro o como caballo.