POR CLAUDIO PIZARRO

Era invierno del año 48. Algo extraño merodeaba en los potreros aledaños a Puerto Varas. Los lugareños pensaban que se trataba de una manada de pumas hambrientos que saqueaba sus gallineros y despensas. Carabineros recorrió la zona hasta encontrar, oculto en unos matorrales, al supuesto responsable de los robos. Se trataba de un niño de 10 años, cubierto de vellos y que caminaba en cuatro patas. Fue el tercer caso de niño-lobo en el mundo. En octubre pasado murió a los 74 años. Esta es su increíble y singular historia.
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Camina lentamente rumbo al cementerio de Puchuncaví. Cada cierto tiempo se detiene en una tumba, respira hondo, y luego vuelve a caminar. Ya no es el mismo de antes. Vicente Caucau ahora es un hombre viejo. Acaba de cumplir 74 años, está medio sordo y cojea producto de un quiste recién extirpado. Es invierno de este año y está a punto de morir. Lo presiente.

Hace algunos días atrás se tiró al suelo y se hizo el muerto. La familia Caballería Rodríguez, con quien vive hace largos años, corrió de inmediato a socorrerlo. Caucau, luego de los falsos espasmos, se incorporó riéndose a carcajadas. Todo el mundo celebró su gracia y coronó su actuación con un enorme vaso de Coca-Cola. Mientras se empinaba la bebida masculló entredientes: “Vicente va a morir. Todos lloran a Vicente”. La frase quedó suspendida en el aire como una premonición macabra. Nadie en el hogar se atrevió a comentar nada.

Pero Vicente estaba seguro de lo que decía. Tan convencido estaba que, aquella vez que acudió al cementerio, se recostó sobre la tumba de la familia y empezó a revolcarse de un extremo a otro, midiendo cada centímetro del nicho con su cuerpo. Desde entonces no le quedó ninguna duda. En el sepulcro había suficiente espacio para contener sus huesos. Cuando llegó a la casa, todavía empolvado, le dijo a la familia que aquella sería su última morada. Y así fue. Pocos días más tarde Vicente Caucau, el niño-lobo de los bosques australes, el mismo que sobrevivió durante años en el más completo abandono, murió de un infarto al corazón. Fue el treinta de octubre pasado. La tumba ya estaba probada.

EL IMBUNCHE

El rumor decía que algo extraño merodeaba en los potreros. La gente, imbuida por quien sabe qué creencias, comentaba que se trataba de un monstruo fabuloso. Un imbunche, quizá. Más de alguno aseguró verlo arrastarse en cuatro patas y desaparecer rápidamente en la oscura noche. Los lugareños, cada mañana, notaban la ausencia de huevos y gallinas. También descubrían marcas en las ubres de las vacas producto de una desesperada succión. Pero lo más curioso era que el animal, según ellos, atacaba las despensas robando queso y azúcar. Un acto bastante inusual en pumas hambrientos.

Hastiados del despojo los vecinos acudieron al retén de Río Pescado, al noroeste de Puerto Varas, a estampar una denuncia. Fue el 10 de agosto de 1948.

El cabo José Fuentealba Solís encabezó la búsqueda. Tras varias horas internados en el bosque, aledaño al lago Llanquihue, los policías vieron agitarse entre los matorrales a un extraño ser. Los perros se encargaron de rodearlo y, tras una breve escaramuza, los funcionarios redujeron a la supuesta bestia. Para asombro de todos, se trataba de un niño de alrededor de 10 años que caminaba en cuatro patas y que tenía el cuerpo cubierto de vellos. El pequeño los miraba apegado al suelo, con los ojos emblanquecidos, mientras gruñía salvajemente. Fue tan desesperada su lucha que mordió a un carabinero y rasguñó a otro. Luego de un largo forcejeo fue sometido, amarrado y trasladado al retén. Dos días más tarde lo derivaron a la cárcel pública de Puerto Varas. En un descuido de sus celadores el niño huyó nuevamente al bosque. Horas más tarde fue encontrado por el cabo Fuentealba quien comentó que lo pilló comiendo “desaforadamente un salmón en el río Tepu”.

Hasta esa fecha existían sólo dos casos parecidos en el mundo. Uno de ellos en Francia, cuya historia fue llevada al cine por Francois Trouffaut, y otro en la India. La prensa rápidamente lo bautizó como el pequeño Tarzán chileno debido a su impresionante contextura física. Nadie podía entender cómo un niño había sobrevivido en semejantes condiciones. Se elucubraron teorías. Que fue amamantado por un puma. Que subsistió a punta de raíces, frutas y carroña, y que estuvo así durante cuatro largos años. En su breve estadía en la cárcel ninguna familia lo reclamó. Lo único que atinó a pronunciar, de manera balbuceante, fue la palabra Caucau. Luego de siete días de confinamiento fue trasladado a un hospicio en Santiago para practicarle exámenes. Su llegada a la capital marcó un particular hito en su vida: Caucau comió porotos calientes y se enfermó. Fue el primer paso de un largo tránsito entre la barbarie y la civilización.

¡ARRANCA, AMARILLO!

El hospicio donde llegó, ubicado en la comuna de Recoleta, pertenecía a una orden religiosa. De inmediato las monjas, ávidas de cristianizar al salvaje, bautizaron al niño con el nombre de Vicente Enrique de la Purísima. Acto seguido rasuraron su cuerpo eliminando todo rastro de vellosidad. El psiquiatra Armando Roa junto a su colega Gustavo Vila se hicieron cargo del caso. Luego de variados estudios concluyeron que el niño no padecía ningún trastorno de tipo oligofrénico y llegaron a la conclusión que, la extraña forma de su cráneo, abultado en el lóbulo frontal, era producto de un fórceps mal hecho al momento de nacer. Las callosidades y cicatrices de su piel denotaban una vida salvaje de naturaleza arbórea. Su edad mental, aseguraron los especialistas, no superaba los ocho años.

Pese a sus evidentes limitaciones las religiosas comenzaron a enseñarle algunas palabras. Sin demasiado esfuerzo aprendió a reconocer los colores. El azul del cielo, el verde de los árboles y el amarillo de los canarios, aves que las monjas mantenían encerradas en una jaula.

Caucau fue progresando lentamente. Sus hábitos alimenticios cambiaron de manera drástica al igual que la forma de ingerir los alimentos. Ya no usaba las manos para comer y se acostumbró a utilizar cubiertos. Pero pese a los esfuerzos de las religiosas, su naturaleza salvaje volvía a emerger. Esporádicamente, en las noches de luna llena, Caucau deleitaba a los orates con estridentes aullidos. Cristián Vila, hijo del siquiatra que lo atendió y quien luego escribió un libro sobre la vida de Vicente, cuenta que “los aullidos contagiaban a todos los perros del barrio”.

De su estadía en la institución de beneficencia, Vila rescató algunas historias contadas por su padre. Una vez, relata el escritor, Caucau decidió liberar a los canarios de su jaula.

-Seguramente extrapoló su breve estadía en la cárcel con el encierro de los pájaros -argumenta Vila.
Fue así como el inocente niño, acostumbrado a vivir en la libertad más absoluta, abrió la puerta de la jaula y gritó: “¡arranca, amarillo!, ¡arranca, amarillo!”. El doctor jefe del hospicio se ofuscó. No en vano el chico estaba ahí para asimilar normas. Caucau, al percibir el enojo del facultativo, musitó en voz baja: “¡malo, Vicente!, ¡malo Vicente!” pero, a continuación, se mató de la risa.

Las monjas comenzaron a encargarle algunas labores domésticas, entre ellas, regar el jardín. Vicente se sentía feliz y lentamente evidenció algunos progresos. Pasó de una postura cuadrúpeda a un andar encorvado de aire patuleco. Sus pupilas se centraron nuevamente y en su mirada, acostumbrada a mirar el cielo, ya no predominaba el blanco del globo ocular.

Los avances del niño fueron minuciosamente detallados por el doctor Vila quien, luego de dos años de estudio, decidió derivar a Vicente a un especialista en lenguaje.

-Mi papá de inmediato pensó en mi tía Berta, profesora de castellano, quien fue la que inventó el silabario Lea -cuenta Cristián Vila.

A fines de 1950 Vicente Caucau se trasladó a la casa de la mujer en Villa Alemana. Fue allí donde encontró por primera vez el afecto de una familia. Berta Riquelme, sin hijos a su haber, se transformó en su madre adoptiva.

EL CUCO

En Villa Alemana Vicente se sintió a sus anchas. El hogar de Berta era una inmensa casa quinta plagada de árboles frutales. Siempre se lo veía encaramado en un tronco. Pero no todo era diversión. Berta supo combinar el afecto maternal con una estricta disciplina pedagógica. Los avances fueron notables. En poco más de un año Vicente incrementó considerablemente su vocabulario y comenzó a dar sus primeros pasos en la lectura. Berta mantenía una bitácora donde anotaba todos los progresos del niño y detallaba aspectos de su conducta. Fue en aquellas páginas donde enumeró las increíbles capacidades de Vicente. Cristián Vila, quien tuvo acceso a los cuadernos, cuenta que a su tía le impresionaba la visión nocturna de Vicente, su descomunal fortaleza y su extraordinario olfato.

-Contaba que cuando viajaban en tren podía percibir a varios kilómetros de distancia la cercanía de un matadero -agrega Vila.

Vicente, cuando Vila apenas era un bebé, acostumbraba a pasearlo en brazos bajo el parrón. Años después jugaba a trasladarlo en una carretilla por todo el patio. “Nunca se cansaba”, asegura. Pero lo que más recuerda era cuando Caucau se transformaba en el “cuco”.

-Me acuerdo que estaba con mis primos y de repente aparecía detrás de unos matorrales en cuatro patas, gruñendo, y todos salíamos arrancando -rememora Vila.

Con el tiempo se acostumbró a las excentricidades de Vicente. Para él ya era normal escucharlo aullar arriba de un árbol y esperar pacientemente que todos los perros del barrio se sumaran al concierto.

-Era una huevá maravillosa -cuenta.

Pero a medida que Caucau crecía su cuerpo también iba sintiendo el rigor de los años. Incluido el despertar sexual. Vila recuerda que algunas profesoras de un colegio vecino a la casa de su tía acudían a reclamar.

-Las viejas llegaban indignadas porque este huevón, medio pícaro, pasaba por el lado y les agarraba el poto a las cabras -recuerda.

El asunto, sin embargo, no pasó a mayores. Vicente, a pesar de entrar a la adolescencia, todavía era un niño. La estabilidad emocional alcanzada con mamá Berta, como llamaba cariñosamente a la mujer que lo crió, le sirvió para desentrañar episodios ocultos de su pasado. Los recuerdos afloraron como imágenes caleidoscópicas. Caucau contó a Berta, mediante una extraña mezcla de mímica y palabras, que creció en una choza en el campo, que su madre alcohólica lo abandonó cuando niño y que su padre, también ebrio, vivía con él y otros hermanos. Cristián Vila recuerda haberlo visto teatralizar su fuga al bosque y, a través de gestos, relatar su encuentro con una puma que lo habría amamantado.

La historia finalmente fue confirmada por la prensa que, en el año 1953, logró dar con el paradero de su padre: Antolín Caucau Nempo. En la entrevista, publicada en el diario El Llanquihue, se corrobora todo lo dicho por Vicente. Su padre, empleado en el fundo de Alfonso Kuschel, ubicado en los faldeos del volcán Osorno, cuenta que el niño nació medio enfermo y que siempre se arrancaba de la casa. Cuando el periodista le consultó qué pensaba de su hijo, Antolín respondió: “Yo no pensaba na pos, creímos que se había perdido nomás, qué podría estar muerto en el bosque o que se lo habían comido los animales”. El padre aseguró, además, que el niño se había extraviado sólo unos meses antes de su hallazgo. Tiempo insuficiente, aseguraron los especialistas, para que le creciera tal cantidad de vellos y caminara en cuatro patas. Lo más probable, sugirieron, es que el niño habría permanecido en la selva por un periodo más prolongado. Vila cree que fue un lapso de entre dos y cuatro años.

Vicente, sin embargo, ni siquiera se enteró de los comentarios de su progenitor. No le interesaba. Ahora pertenecía a un hogar donde se preocupaban de él y vivía sin mayores sobresaltos. Aunque no por mucho tiempo. Poco antes de que cumpliera los 21 años Berta Riquelme, su madre adoptiva, murió de una insuficiencia respiratoria. Fue un golpe duro. A tanto llegó la amargura de Vicente que todos los días acudía al cementerio a regar su tumba. Todavía no entendía el significado de la muerte. Pensaba ingenuamente que el agua podía resucitar el cuerpo de mamá Berta.

EL EXTRATERRESTRE

Pocos días después de la muerte de Berta, Vicente se fue a vivir a la casa de los Vila en Ñuñoa. En la vieja casona de calle Villanueva se dedicó a tareas menores como comprar el pan, ir a la feria y cuidar el jardín. “No le gustaba estar de ocioso”, recuerda Cristián Vila, quien por entonces tenía apenas nueve años. Vila cuenta que en aquel tiempo acudía con Vicente al cine. Era la época de los famosos rotativos.

-Me acuerdo que una vez fuimos a ver Batman y Vicente se cagaba de la risa cada vez que aparecía el pingüino. Decía mira pato, cuac, cuac -recuerda Vila.

Juntos vieron, además, el Llanero Solitario y El Padrecito de Cantinflas. Eran pequeños momentos de diversión que contrastaban con las largas horas de melancolía por las que atravesaba Vicente. Cuando lo agarraba la nostalgia partía al zoológico del Cerro San Cristóbal. A su regreso imitaba a sus animales favoritos. Le encantaban los chimpancés y tenía una predilección especial por los pumas.

-Quién sabe qué rollos se pasaba -cuenta Vila.

Los fines de semana se arrancaba al centro de Santiago y se pasaba toda la tarde vitrineando. Cuando llegaba a la casa le preguntaban qué había hecho y contestaba: “Mirando, mirando, Vicente”.
Precisamente esa capacidad de observación era lo que llamaba profundamente la atención de la gente. Podía estar tardes enteras pegado en cosas sencillísimas: un árbol, un cerro o una nube. Los amigos de Vila fantaseaban que Vicente era un extraterrestre disfrazado de niño-lobo.

Pese a su infinita ternura, Caucau también tenía su carácter. Cuando algo le parecía mal amenazaba con marcharse y decía “para sur Vicente”. A mediados del año 64 cumplió su palabra. Calladito en la mañana agarró un tren y partió sin avisarle a nadie.

-Quedamos súper preocupados, pusimos aviso en las radios pero finalmente lo encontraron en Puerto Varas, como a los cuatro días, y lo mandaron de vuelta en avión -cuenta Vila.

En el mismo vuelo de regreso venía el entonces candidato presidencial Julio Durán.

-Todos los periodistas se fueron a entrevistarlo hasta que vieron que venía Vicente y partieron a hablar con él. Por culpa de Vicente la gira al sur de Durán pasó sin pena ni gloria -recuerda Cristián Vila.

Siempre le gustó viajar. Especialmente a la playa durante los veraneos de la familia en Horcón. La primera vez que visitó el lugar partió de inmediato a bañarse. Todo el mundo se preocupó porque pensaban que se podía ahogar pero Caucau impresionó a todos con un inusual estilo de nado.

-Se ponía de espalda, con las patitas para afuera, y con las dos manitos aleteaba. Pasaba toda la tarde metido en el agua -recuerda el pescador y escritor Omar Valdivieso.

Sus andanzas en la caleta todavía se recuerdan. No son pocos los que aseguran haberlo visto aullar en las noches.

-Los niños le teníamos miedo porque pensábamos que era un hombre lobo de verdad -recuerda Mauricio, otro pescador de la caleta.

El mito de Vicente Caucau, el niño lobo, encontró tierra fértil en un poblado plagado de leyendas que hablaban de jinetes descabezados, mastines enormes y diabólicos personajes que aparecían en el bosque. “Horcón le devolvió a Caucau su verdadera aura mítica”, reflexiona Omar Valdivieso.

Pero la gente al principio lo miraba con recelo.

-Cuando pasaba por al lado de uno teníamos que abrirle espacio porque te miraba como un animal o un perro cuando quiere atacar -cuenta Eusebio Pizarro. El mismo pescador reconoce que cuando alguien le hacía una broma tenía “reacciones fuertes”.

-Lo raro es que se atacaba él mismo, se rompía la ropa y se enterraba las uñas, parecía el hombre increíble. La gente se asustaba pero después uno le decía que era Vicente Caucau, el hombre animal que lo encontraron en la selva y ahí se tranquilizaban -recuerda Pizarro.

Poco a poco, asegura el pescador, Vicente se fue normalizando y ganando el cariño de la gente. Tanto se acostumbró a la caleta que, tras la muerte del doctor Vila, lo primero que hizo fue agarrar sus pilchas y marcharse a Horcón.

EL “CACHITO”

Llegó al balneario de punta en blanco. Con unas enormes maletas y bien terneado. No tenía donde quedarse. Primero pasó a un local pero, tras la desconocida, se pasó al boliche del frente, al negocio de Irma y Marco.

-Le dijimos “hola Caucau” y nos contó que se había muerto el doctor Vila. Le dimos unos panes, un tecito y se quedó toda la tarde. Cuando llegó la noche todavía estaba ahí así que le dije a mi señora: “¿qué hacemos con el cachito?” -cuenta Marco Caballería.

Irma lo miró con ternura y se le ablandó el corazón.

-Llevémoslo a Campiche -dijo.

La primera noche el matrimonio escondió a Vicente en la casa de la mamá de Irma ubicada en un poblado cercano a Horcón. Al tercer día la mujer se enteró pero, tras la insistencia del matrimonio, terminó aceptándolo.

Vicente empezó a ayudar en diversas tareas: trapeaba el piso, iba al banco y todas las tardes llevaba el pan desde Campiche a Horcón. Los choferes de las micros lo conocían. La mayoría de las veces se subía y decía: “Irma paga, Vicente no”. Después los conductores pasaban a cobrar al negocio.

De vez en cuando también le venían sus rabietas. Marco recuerda que se tiraba al medio de la calle y no dejaba pasar los autos.

-Hacía los medios show, se rompía la ropa, pasábamos las mansas rabias pero puta, que nos cagábamos de la risa, era un plato -rememora.

A veces, para molestarlo, Caballería le decía que no había almuerzo. Vicente, inquieto, se miraba el estómago y decía: “guata seca, nooo”. A tanto llegó su enojo por las constantes bromas de Marco que elaboró un plan para desquitarse.

-El perla fue a la comisaría de Ventanas a acusarme a los pacos de que no le daba comida -cuenta Caballería muerto de la risa.

Para la familia Vicente se transformó en un miembro especial. Todos lo adoraban. Especialmente el pequeño Álvaro, hijo del matrimonio, que practicamente se crió a su lado. Pero una situación particular los separaría por un tiempo.

En el año 2000 un programa de televisión, que ya había contado la historia de Caucau en el año 93, llegó a la zona con el objeto de reeditar el trabajo. Vicente apareció nuevamente en televisión y, al cabo de unos meses, un hermano suyo llegó a reclamarlo a Horcón.

-Dijo que había que cuidarlo, yo lo encontré medio oportunista y se lo dije carepalo, al final se lo llevó y Vicente no apareció más durante un buen tiempo -cuenta Cristián Vila.

Sólo cuatro años después volvieron a tener noticias de Caucau. Otra hermana llamó del sur diciendo que Alfonso, el hermano que se lo llevó, había muerto y que Vicente estaba hace dos meses con ella en el sur.

-Me dijo que pasaba todo el día llorando y que la casa de ella era muy chica -recuerda Cristián Vila.
El escritor le pidió a la mujer si podía conversar con Vicente. Lo primero que le dijo fue “ven a buscarme”. Vila casi rompe en llanto y de inmediato le ordenó que se viniera. Dos días más tarde Vicente regresó a Campiche. Irma y Marco nuevamente lo acogieron y Cristián Vila le organizó un asado de bienvenida en su casa. El regreso, esta vez, sería para siempre. Vicente ya tenía más de 70 años y su salud empezó a decaer. Durante el último tiempo tuvo problemas a la presión, continuos dólores de estómago y dolencias en el pecho. Pero pese a sus achaques celebró su último cumpleaños como Dios manda. La familia Caballería Rodríguez, al igual que otras veces, invitó a todos los niños del barrio. Vicente estaba feliz y jugó con cada uno de ellos. Era el más niño entre los niños. Un anciano de ocho años a punto de morir. El 30 de octubre de este año, a las dos y media de la tarde, dejó de respirar en el baño de la casa. Fue el último suspiro del hombre lobo.