Por Julio Sánchez Agurto // Director Periódico La Diagonal

A muchos sureños el terremoto nos pilló en Santiago. En las conclusiones finales, a la larga fue lo mejor que nos pudo haber pasado, considerando el registro visual devastador que dejó el crudo movimiento que afectó a la zona centro sur de nuestro país.
Como consecuencia de la tragedia, me uní a punto fijo transmitiendo y despachando para una gigantesca cadena radial chilena desde las oficinas que días después del magno sismo fue el epicentro de un nuevo terremoto de errores: la Oficina Nacional de Emergencia, Onemi.
El manejo del ejecutivo respecto a las consecuencias fatales del movimiento telúrico han sido deficientes. Aunque, como dijo el futuro Ministro del Interior de Sebastián Piñera, Rodrigo Hinzpeter, estos no son momentos para criticar, sino para aportar, y creo que en esta pasada tiene mucha razón.
No obstante, lo cierto es que para muchos periodistas que usamos las instalaciones del organismo prácticamente como nuestra casa durante los días pos terremoto, logramos percibir el hedor de un ambiente tenso y frío, cansados quizás de tantos cuestionamientos, principalmente de los medios
La cadena sucesiva de equivocaciones no sólo de la Onemi, sino de varios otros organismos como el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada de Chile, SHOA, han elevando la opinión mediática de que todo lo que se ha hecho, se ha hecho mal. Y quizás no sea así, pero en fin.
El tema pasa además por los canales de comunicación que se están usando y por cómo se transmite esa información a la prensa. Digo esto por lo siguiente: el miércoles 3 de marzo hubo una réplica importante en el sector centro sur a eso de las 23 horas.
Fue una más de las más de 200 que van hasta el momento. Pero fue significativa. Al momento inmediato de dicha réplica, como muchos, nos acercamos a consultar información de los grados que el sismo registró. Nadie habló, nadie respondió, incluso, para conocer el epicentro, la respuesta fue que “quien mide eso es sismología, y ellos, a esta hora, no trabajan”.
Es decir, ni la prensa ni la ciudadanía, que usa los medios para saber qué pasa en medio de un estado de catástrofe, podrán enterarse de información útil y necesaria.
Desde la tribuna que me brindaron los micrófonos de esa radio con cobertura nacional, expuse mi molestia graficando hechos objetivos que pasaron en la Onemi, haciendo un repaso desde el inicio del terremoto hasta esa absurda respuesta. Y es que aquel acontecimiento sólo fue un ápice más de una serie de equivocaciones que desnudan a un deficiente organismo, que en su círculo más interno, además actúa con soberbia y lejanía ciudadana.
Pues bien. No alcanzaba a terminar mi despacho cuando vi salir a una sorprendentemente indignada Carmen Fernández, quien a esa altura sabía perfectamente quién era. Celular en mano, me hizo ver que tenía al Subsecretario del Interior, Patricio Rosende, al teléfono reclamando por mis palabras. De ahí en adelante, un duro diálogo se registró entre quién escribe y la directora de la Onemi, que incluso motivó la “solidaridad” de otros colegas que atentos seguían palabra a palabra la intensa discusión.
Fue tal la intensidad del diálogo, que varios funcionarios dejaron de trabajar para actuar de familia miranda atentos a lo que pasaba con su directora.
Aunque tengo que ser justo. Cuando se trata de tener acceso a la información, ella, Carmen Fernández, se da el tiempo necesario para explicar hasta el mínimo detalle de lo que sea, no así muchos integrantes de su equipo. Y pasa por eso gran parte de los cuestionamientos: falta de información, demora en entrega de datos, sólo generan ignorancia en quienes comunican y en quienes reciben una vaga información.
En ese áspero diálogo, le hice ver a Fernández eso y muchos otros errores que ha presentado la Onemi. Ella muy cordial como siempre, y quizás porque en sus genes lleva la profesión del periodismo, entendió gran parte de todos los cuestionamientos que a esa hora le hacía como transmisor de todas las inquietudes de la comunidad. Ella lo entendió, aunque en su posición protocolar no reconoció explícitamente esta y otras fallas del actuar del organismo.
Finalmente aquella conversación terminó con la directora de la Onemi frente a los micrófonos tranquilizando a la población respecto de los últimos sismos. Lo hizo después de que prometió que ese día no iba a hablar con la prensa hasta el jueves. Al otro día, curiosamente el mismo Patricio Rosende le quitó la vocería a la Onemi, y eso no fue casualidad.
Carmen Fernández tiene la responsabilidad política de conducir un órgano que ha sido muy cuestionado tras el terremoto, pero si somos justos y buscamos responsables, en ella no está la culpabilidad completa. Incluso, para quienes pasamos muchos días ahí, sabemos que de las pocas personas eficientes en la Onemi, es justamente ella. Con una disposición increíble y digna de imitar. Insisto, su equipo es el problema.
Aunque aquello no es eximente de nada. Y por encabezar un pésimo grupo, entonces, Carmen Fernández también se gana los justos reclamos. Y ahí nacen las dudas. Cómo es posible que en regiones el organismo tenga sólo a un funcionario, y más aún trabajando a honorarios. Cómo es posible no haber aprendido de los errores del terremoto que afectó a Tocopilla en el 2007, recordando que en esa oportunidad la Onemi también fue muy cuestionada. Cómo es posible que los medios hayan llegado primero a las zonas de catástrofes que las mismas autoridades. Cómo es posible que los organismo competentes en los temas de catástrofes, no tengan acceso a teléfonos satelitales. Cómo es posible que bomberos y equipos de rescate hayan estado más de 24 horas parados frente a la Onemi esperando órdenes de actuar. Son muchos cuestionamientos que en su debida oportunidad deberán ser respondidos.
Mas, Después de toda esa discusión en los pasillos de la oficina, el ambiente fue aún más cortante. Después, vino el error de la cifra de muertos, después, vinieron las caras de rabia y estrés. Después, vinieron los rostros pidiendo que todo esto se termine.
Y entre todo eso, la gente seguía pidiendo alimentos, agua, luz, un techo. Y entre todo eso, seguían apareciendo gente muerta, seguían derrumbándose casas, edificios. Entre todo esto, falta detenerse un poco a reflexionar, diagnosticar, trabajar, solucionar, ayudar, reconstruir, y después juzgar, perseguir a quienes son responsables no del terremoto, sino de sus fatales consecuencias.