POR MACARENA GALLO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
A los 10 años, Alfredo Espinoza ya dominaba la armónica, la guitarra y la flauta, y debió irse a Buenos Aires con su mamá y padrastro, donde se hizo conocido participando en las mejores bandas bonaerenses. A fines de los 60 se fue de gira a Europa y allá se le apodó “el Charlie Parker chileno”. En los 80 volvió a Chile, se pegó una profunda depresión y se aisló del mundo hasta que 10 años después le dio “la lesera”, retomó su saxo y, hasta hoy, sigue tocando en bares capitalinos.

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Una mañana cualquiera en Buenos Aires a principios de los años 60, un niño de diez años toca, como todos los días, la armónica afuera de su casa para matar el tiempo. Toca melodías populares aprendidas de su abuela materna. Son cuecas y tonadas chilenas que le recuerdan su ciudad natal, Valparaíso, que debió dejar hace un año cuando su padrasto pilló pega de jinetista en Buenos Aires y toda la familia tuvo que irse con él.

Esa mañana, un joven trombonista, de 13 años, pasa por fuera de la casa del niño, lo escucha tocar y queda alucinado. Minutos después ya son amigos inseparables. Espinoza le dice que es chileno y que domina, además de la armónica, la guitarra y la flauta. El joven trombonista no lo piensa dos veces y lo lleva donde su maestro, el tubista clásico Rómulo Ángel Díaz, para que viera tocar al genio que había encontrado en el camino. “Me llevó donde su profesor para que aprendiera cualquier instrumento y de ahí no me fui”, recuerda hoy, a casi 50 años de este episodio, Alfredo Espinoza.

El maestro llegó a la conclusión que Alfredo debía tocar cuerdas, debido a su personalidad tranquila y muy segura. “El problema era que él enseñaba de todo, menos cuerda. Pero tenía una banda que quería transformar en un conjunto musical de cámara. Tenía violonchelista. Así que no pudo enseñarme eso. Pero se comprometió a enseñarme la técnica instrumental y teoría de solfeo. Y el clarinete”, cuenta Espinoza.

Tan entusiasmado estaba Alfredo que se armó su propio clarinete. “Era sistema Albert, de 13 llaves. Una joya”. Alfredo empezó a aislarse en su casa. Quería aprender rápido. Ésta no sería la primera ni la única vez que se aislaría. “Me fui aislando, aislando y aislando, y en el único lugar donde podía estudiar era el baño. Podía cerrar toda la habitación, y quedaba yo y mi clarinete. No dejaba entrar a nadie al baño. Era la única forma, sino alegaban por el ruido. Estudiaba tanto ese instrumento que no paraba en todo el día. Hasta al colegio lo llevaba y me ponía a tocar en recreos”, dice Espinoza.

Alfredo no recuerda cuántos años estuvo en esa orquesta, pero “los suficientes para aprender la técnica”.

A tocar saxo llegó por accidente. “El mismo amigo que me vio tocando armónica me dijo que estaban formando un conjunto de jazz. Comencé a tocar jazz antiguo, jazz de la época de Nueva Orleans, en la época cuando Armstrong empezaba a tocar trompeta. Ingresé en ese conjunto y al poco tiempo comencé a destacarme”.

A los 17 años, la figura de Alfredo Espinoza era conocida en todo el circuito jazzístico bonaerense. “A todos les llamaba la atención que a mi edad integrara tres orquestas: Los Dixie Sincopators, los St. Louis Stompers y los Kansas City Stompers. Me llamaban de todos lados. Me pasaron un saxo alto para que tocara en vivo y en directo. Fue una casualidad que se diera eso. A fines de los sesenta, tocábamos un estilo de jazz bostoniano, de puros niños fifi. Todos pitucos. Después me fui a la Porteña Jazz Band, una de las más reconocidas en Argentina, con la que hicimos una gira a Europa”.

Allá compartieron escenario con las mejores orquestas de jazz del momento. En Holanda fueron invitados a un concurso de bandas y ganaron en el Baronado de Breda; el premio consistió en que Phillips les grabó un concierto en vivo, les dieron plata y los transmitieron por radio Netherland. “Por esa radio me pudo escuchar mi mamá en Valparaíso. Ahí me di por pagado”.

Alfredo alucinó con el circuito jazzístico francés. Y decidió no volver a la Argentina, dejando botados a sus compañeros de banda, que no entendían mucho la idea loca de su compañero.

“Viví del 69 al 74 en París. Me quise quedar allá, porque era la cuna y había una onda del jazz. Además que conocía dos orquestas posibles para integrar. Un día me compré un magazine y vi que una de esas orquestas, la Pieds de Poule Jazz Band, tocaba esa noche, agarré el soprano y me fui para allá. Me hicieron esperar hasta el último tema para subir al escenario, toqué y les gustó tanto que me hicieron tocar otro tema más y después vino otro y otro…Estábamos entusiasmadísimos”, cuenta hoy Alfredo. Los galos estaban tan vueltos locos con Alfredo que le pusieron “Le Chilien du Saxophone” y “el Charlie Parker de Chile”, como consta en el documental “Escape al silencio”, realizado el 2009 por Diego Pequeño, y en algunas notas de prensa extrajera.

Mientras eso pasaba, en Chile nadie sabía de su existencia y menos que era una leyenda viviente del jazz.

¿Usted encuentra que se parezca a Charlie Parker?
-Sí, pero también me comparaban con Coleman Hawkins. Yo sabía que nunca iba a llegar a tocar como Charlie Parker, porque él era un genio total y para que apareciera tuvo que formarse Dizzie Gillespie, que era una sensación en trompeta. Él y Charlie Parker se reunieron con los mejores jazzistas del mundo para formar el bebop. Estaban con Charles Mingus en contrabajo, Bud Powell en piano y Max Rouch en batería. Ese quinteto siempre fue insuperable. A mí me elogia mucho que me comparen con Parker.

¿Por qué los comparaban a usted con Parker, por su personalidad casi de bicho raro o sólo por lo musical?
-Era por la fraseología musical y también por la personalidad, que se trasunta. Pero no me encuentro tan parecido a él, sino que más bien a Benny Carter, que fue su antecesor. Esto no quita que Parker haya sido el tecnicista más fabuloso en la historia del saxofón.

Hay un mito de que en Francia se estudian sus solos.
-Sí. Claro. Hay un muchacho alemán, que vive en Argentina, que una vez me pilló en un hotel en una gira que hicimos a Argentina y me fue a saludar efusivamente. Me dijo: “maestro, soy fanático suyo. ¿Sabe lo que hice? Me recopilé todos sus solos, de todo lo que ha tocado en la Antigua Jazz Band y la Porteña, y me los aprendí todos de memoria”. El muchacho toca igual, igual, a cuando empecé a tocar de jovencito.

PARÍS: NIÑAS ALEGRES

En París, lo hicieron firmar contrato indefinido y lo mandaron a vivir con el representante de la Pieds de Poule Jazz Band. Vivía en ensayos todos los días. Tocó en la vuelta ciclista Tour de France. Cuando terminó el tour, volvió a París, donde se enteró que existía una orquesta que tocaba “en una casa estilo Moulin Rouge, de esas casas de especialidad en niñas alegres y medio piluchas. Me metí a esa orquesta y me contrataron por un año. Así que me quedé. En mis vacaciones, a lo francés parisino, fui a África contratado por un Club Mediterráneo durante 4 meses”. Estando en África, Espinoza tocó con el hermano de Shirley Bassey, la cantante afro británica. Se sintió a gusto con la música africana. “En África hice harta plata tocando en casinos. Pero actualmente en esos lugares tocan reggetón, reggae, rap, soul y todo lo del setenta. Ya no tanto jazz.

¿Tú sabías que el reggetón, es antiguo?”.
No. Ni idea.
-Es originario de Gambia, allá por los años 70. Después los gringos lo escucharon y lo hicieron propio.

¿Le gusta el reggetón?
-Sí. Es difusión de la palabra. El ritmo se parece al baiao, que viene de Brasil. Las letras son interesantes, son mensajes que se transmiten de persona a persona. Pero no son tan interesantes como tocar otro tipo de música. Se basa en un esquema musical muy cerrado, muy breve y sin mayor riqueza. Es sólo para bailar. La temática es muy monocorde, repetitiva, sus sonsonetes hacen que se te pegue… Pero el reggetón es bueno para que los jóvenes salgan con las muchachas a zangolotearse.

Usted en Europa conoce a una escritora norteamericana, de la que se enamora…
-Sí, Bárbara Schaffer. Fue en Ibiza, nos conocimos y a los días la invité a vivir conmigo en París. Tuvimos un hijo, que no toca ningún instrumento, pero es buen productor musical de funk en Estados Unidos. Ella estaba en un medio esotérico y toda esa onda. A ella se le metió la idea de conocer el país de donde había salido yo desde Latinoamérica, o sea, Argentina. Y nos fuimos a Buenos Aires.

Dejó todo botado.
-Sí. Quería quedarme allá pero lo dejé todo por ella, y después me criticaron tanto por haber tomado esa decisión. Si vivía tan bien en Francia, comía bien, hasta una motito me había comprado, ¿cómo era que me venía a la nada? En Argentina fue todo comenzar de nuevo. Tuve que contactar a mis antiguos amigos. Estuvimos desde el 76 al 80. Ese año nos separamos con Bárbara. Y me vine a Valparaíso en agosto del 80, era el tiempo del Hitler de acá. Llegué con un cartel internacional, pero acá no pasaba nada.

Dicen que dejó la música y desapareció del mapa durante 10 años.
-No, no fue tan así. No fue adrede. Estuve alejado de la música porque no integraba ningún conjunto musical, pero tuve algunas apariciones. Toqué con el trompetista Sergio Acevedo y el contrabajista Luis Basaure. También me metí a un conjunto experimental de la Universidad de Valparaíso. Me metí en el conjunto de Daniel Lencina y la Retaguardia Jazz Band. Después no armé ningún conjunto musical y no tocaba en público. Y ahí me fui alejando un poco…

¿Por qué?
-Fue un problema mental que me dio, un tipo de depresión mental que me tuvo así. Estaba mal por mi separación, me había hecho la idea de vivir con mi mujercita al lado y con niñitos, muy tradicionalista… Estaba acostumbrado a esa vida. Después no busqué más parejas. Tuve una dama de compañía, pero esa relación no prosperó.

Decían que se había vuelto loco.
-Sí, me llamaban loco. Siempre he sido un bicho raro. Pero no me molesta. Porque alejarse del mundo tradicional es para la mayoría de la gente una locura. Yo nunca pesqué de las habladurías esas. Fui tildado de rebelde. Una vez me fui caminando de Santiago a Valparaíso, porque se me fue el bus y no quedaban pasajes. Llegué al otro día.

En ese tiempo dicen que pelaba el cable con la filosofía…
-Sí. Tenía una amiga que me pasaba libros de Kafka, Nietzsche, Schiller y filosofía hindú. Yo estaba en las mías. Me creé un propio refugio. Me gustaba sentarme en una plazuelita frente al mar. Y me tildaron de anticlerical.

¿Quiénes?
-No sé. Gente que no entiende que uno lea filosofía alemana. Yo leía el Anticristo de Nietzsche y todos se espantaban. Yo no creo en Dios. No creo que con una varita mágica alguien haya creado la tierra, sus habitantes y el hombre de Cromagnon. Tampoco esa gente comprendió que tocara jazz, porque era pagano para ellos. Compuse harto en ese tiempo, pero no la mezclaba con filosofía, era pura música pura.

¿Cómo salió de eso?
-No tomé remedios. Nada. Un día me levanté y quise volver a tocar. Me armé un grupo y hasta estuvimos nominados al Altazor, pero no ganamos.

¿Por qué cree que siendo tan reconocido en el extranjero, acá no se conoce mucho su trayectoria?
-No sé. Ni me interesa. Sólo me dedico a tocar y eso es lo que me preocupa.

¿Cómo ve la cultura con Piñera?
-No veo que pase nada malo con él, al menos en cuanto al jazz, porque sé que es muy buen oídor de esa música, al igual que Bachelet, para quien toqué varias veces. Y creo que seguiré tocando como lo he hecho siempre.