Iván Navarro y el proyecto de rescatar los discos del under latinoamericano de los 80: “Me interesa que esa escena no se olvide o se pierda”
El aplaudido artista visual chileno lleva dos décadas con su sello Hueso Records, el que entre otras cosas ha editado álbumes locales de los años 80. Ahora hace crecer el archivo con Plan 33, un proyecto que lanzará vinilos de bandas under que existieron durante las dictaduras latinoamericanas. Con reediciones chilenas -partiendo por Cleopatras y María Sonora-, paraguayas, argentinas o uruguayas -vienen pronto Los Estómagos y Los Traidores-, Navarro impulsa un rescate cultural que define como "una idea bolivariana" de resistencia y música.
Por Isabel Plant 27 de Junio de 2026
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Iván Navarro (54), el aplaudido artista chileno de las luces fluorescentes, los neones y los espejos, vive hace casi 30 años en Nueva York, pero ahora también pasa buena parte del año en Río de Janeiro. Un cambio de domicilio, que tiene que ver con la coyuntura, explica.
“Acá está como medio aburrido, medio latero, está súper caro y más que nada está súper conservador, los proyectos interesantes no están fluyendo”, dice, en manga corta al otro lado del Zoom, aún en Estados Unidos, desde donde ha establecido una reputada carrera internacional.
—¿Y volver a Chile, no es opción?
—Es que es súper difícil, porque tengo que trabajar. ¿Y qué artista contemporáneo logra vivir de su arte en Chile? Muy pocos.
Navarro, nacido en Cerrillos, recuerda que hace una década -cuando vino a Chile por un año y se montó una tremenda retrospectiva de su obra- dio una larga entrevista a este mismo medio, donde disparó en contra de la escena del arte local y de sus protagonistas. Pero hoy las cosas han cambiado; hace proyectos con una nueva generación de artistas chilenos, que lo tienen entusiasmado.
“Yo me puse en buena con Chile, porque me di cuenta de cómo puedo hacer arte con artistas chilenos. Pero en ese momento yo aún no lo veía y traté mal a un montón de gente. Veía que los artistas chilenos eran como una especie de copia del arte internacional, pero en versión chiquitita. Pero hoy yo creo que, entendiendo que hay mínimos recursos, se pueden llevar a otro nivel, se pueden hacer cosas muy propias de la cultura chilena, interesantes”.
Además, Navarro ha ido encontrando la forma de trabajar con Chile de manera sencilla, sin grandes costos de traslado o necesidades de galerías, a través de lo sonoro: hace dos décadas creó Hueso Records, un sello que lanza vinilos -de Nutria NN, de Zurita, de Electrodomésticos, Jorge González y más- y que de un tiempo a esta parte, se ha embarcado en un rescate de rarezas locales de la contracultura de los 80.
Ahora el proyecto se expande: con la reedición de un disco de las Cleopatras y de María Sonora (dos bandas de vanguardia chilena), comienza un camino latinoamericano junto a ISLAA -el Instituto de Estudios de Arte Latinoamericano de Nueva York- bajo el nombre de Plan 33, donde estarán rescatando discos de la resistencia cultural en dictadura de varios países del continente; de Chile, Paraguay, Bolivia, Uruguay, Argentina y Brasil, con carátulas diseñadas por otros artistas de esas mismas localidades.
Él lo ha explicado así: es una especie de sueño bolivariano del under, o una respuesta musical a la Operación Cóndor.

El viaje del sonido
“Cuando yo crecí, nunca tuve tocadiscos, a mi familia no le daba para tener uno”, explica Navarro, sobre cómo un hobby se convirtió en pasión y trabajo. “Siempre era como ese sueño, ¿de cuándo voy a tener un tocadisco? Y finalmente cuando me vine a vivir a Nueva York me compré uno y ahí empecé a armar mi colección”.
De la colección privada, pasó a ser sello. Lo del rescate se añadió cuando conoció a Miguel Conejeros, de Pinochet Boys, la mítica y fugaz banda de post punk local; un cassette que Navarro recordaba poseer en su adolescencia. Con unos viejos demos inéditos, lanzaron el vinilo de la agrupación, rellenando un espacio vacío de memoria musical chilena.
“Ahí fui descubriendo también cómo ellos se relacionaban con Los Prisioneros, con las Cleopatras, después Pinochet Boys se transforma en Parkinson, o algunos de sus integrantes”, dice Navarro.
—Era como tirar una hebra.
—Exacto, como que de repente levantaste una piedra y salió todo un mundo. Fue súper impresionante.

Navarro había visto a algunas bandas presentarse en vivo en los 80: “Aparte de Matucana, había otras salas, en San Miguel, cosas perdidas. Conocía a ese mundo un poco más fuera de Providencia”, explica. “Había otra onda, que era de la periferia de Santiago Centro. Y eso era Maipú, Cerrillos, por ahí”.
Entremedio de toques de queda, había también otras dificultades nocturnas: “El panorama era también como de asalto (risas), los amigos se asaltaban unos con otros, entonces también no era como para andar así tan relajado. De partida tú no salías con ningún audífono, con mochila tampoco. Además que si andabas con mochila, los pacos también te hueveaban. No era como para andar taquillando”.
Ahora, de adulto, tenía la opción de rescatar parte de esa escena desde otra perspectiva. Y, además, volver a conectarse con Chile.
“Yo quise empezar el sello para conectarme artísticamente con la escena, con el ambiente chileno: que fueran músicos, que fueran artistas plásticos, poetas, no había distinción porque la idea era relacionarse con ellos, con proyectos de sonido”, explica, citando inspiración en el formato de las obras Aeropostales de Eugenio Dittborn -de quien fue ayudante-, que podían viajar en cualquier maleta, a cualquier lado.
“De esa forma me ahorraba todo el rollo de los envíos, se eliminaban todos esos problemas burocráticos o de infraestructura y se podía hacer las piezas de arte. Elegir qué formato me va a permitir que yo me relacione con la escena artística chilena, sin tener que pasar por todos estos gastos innecesarios que hacen que las cosas regularmente no funcionen”, dice.
El Plan 33
Hueso Records fue encontrando su camino. En los últimos años, Navarro había podido armar ya una pequeña colección de “rescates” de música under histórica: los Pinochet Boys, Índice de Desempleo, La Banda del Pequeño Vicio, Electrodomésticos, Las Cleopatras y Álvaro Peña.
Con eso se acercó a ISLAA, pensando en que los compraran para su colección. “Y me dijeron que en vez de comprar, por qué no hacíamos un megaproyecto con esta idea”, recuerda Navarro. Así comenzó algo más ambicioso: expandir el desentierro de bandas en todo Latinoamérica.
Navarro habla de las sincronías: de una escena musical que resistía en cada país, pero no en conexión con las vecinas. Cuando se miran con distancia hay puntos comunes. Se bautizó el proyecto pensando en “plan”, en alusión a la Operación Cóndor que viajó con el terror por todas estas latitudes, y “33”, en homenaje a la velocidad de los vinilos.
Los primero dos álbumes -de lo que se espera sea una decena o más- son “Cleopatras” y “de “María Sonora 1988”, y pronto vienen dos lanzamientos de Uruguay, Los Estómagos y Los Traidores. Para cada uno se está haciendo arte especial por parte de otros artistas contemporáneos. “Y ahí viene la idea bolivariana de hacer esta integración, de juntar distintas nacionalidades”, dice Navarro. La investigación incluye entrevistas a bandas, realizadas por la periodista especializada Marisol García.

—Y ahora que llevas un rato escuchando estos sonidos y haciendo estos cruces, ¿qué dirías tú que es identitario? ¿O qué rasgo común ves en estas distintas músicas de resistencia de distintos países de esa época?
—Yo creo que la influencia anglosajona de todos modos, también tiene que ver con los años 80. Y las letras son muy locales. Las letras son muy relacionadas a lo que se está viviendo en ese momento, que es como la gran diferencia con el rock de los años sesenta o setenta.
Cuando recién empiezan a tocar con guitarra eléctrica, no se habla de cosas sociales, y hablan y cantan mucho en inglés. Después pasamos a este rock psicodélico, donde Los Jaivas son la máxima expresión, y ahí ya empiezan a hablar de cosas de su tierra, de sus orígenes, más pachamámico.
Y después salta a rock de los años 80, en que es una cosa mucho más política, contestataria. Es tomar esa tradición de Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa, incluso la nueva trova de Cuba. Retomar ese sentimiento, pero convertirlo en punk”, complementa Navarro.
Plan 33 está proyectado con lanzamientos, inicialmente, hasta 2027. Discos que quedarán disponibles no solo en base a nostalgia, sino como archivos que a veces explican el presente.
“A mí lo que me interesa es estas cosas no se pierdan. Cuando entrevistan a alguien de Los Prisioneros, ellos mismos impresionan de que su música ha perdurado en el tiempo, de que hay niños de 5 años están cantando ‘El baile los que sobran’. Entonces a mí lo que me interesa es que esta tradición, que esa escena, tampoco se olvide y se pierda”, dice Navarro.
Luego agrega: “Y después no aparezcan unos punk tocando los Pinochet Boys diciendo que ellos inventaron eso. Hay un precedente. Es darle el reconocimiento que merece”.



