Miles de roedores se esconden en estas islas ecuatorianas. Han alterado el equilibrio natural incidiendo en la cadena alimenticia de otras especies. La comunidad internacional ha trazado una estrategia para terminar con las ratas en una zona declarada Patrimonio Natural de la Humanidad.

Barcos mercantes, bucaneros, militares y turísticos han llegado a las islas Galápagos por miles desde 1535, cuando, por azar, fueron descubiertas por el cura dominico Fray Tomás de Berlanga, en una de las múltiples expediciones españolas por el Nuevo Mundo, específicamente al territorio de los incas, rico en oro, plata y especias.

A estas islas, situadas en el Océano Pacífico a unos mil kilómetros de la costa, junto con  los humanos también llegaron animales que servían a los marineros de comida durante las larguísimas travesías. Cabras, vacas, cerdos y perros fueron abandonados en el archipiélago pero, a la vez, también desembarcaron ratas, que se expandieron como plaga. Incluso los naufragios que hubo en sus cercanías propiciaron que las ratas salvaran sus vidas tras nadar hasta rocas e islotes, y es que estos roedores pueden nadar hasta unos siete kilómetros de distancia sin parar.

La protección de las islas Galápagos, donde el científico inglés Charles Darwin ideó su teoría sobre la evolución y selección natural de las especies, es una prioridad de la comunidad internacional desde que fueran declaradas Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1978.

De momento, se ha logrado la erradicación de las cabras, que afectaron gravemente el hábitat de muchas especies endémicas del  archipiélago ecuatoriano, especialmente de las tortugas gigantes, que dan el nombre a esta formación insular. Sin embargo, las ratas, escurridizas y fantasmagóricas, habían sorteado varios intentos por exterminarlas.

Con la ayuda de la tecnología, la mejor disponible, los científicos han declarado ahora una guerra a muerte a las ratas introducidas y peligrosas. Sólo tres especies de roedores son endémicos de las islas Galápagos que no correrán con la suerte de sus congéneres continentales, dado que se incluyen en la lista de especies protegidas.

Peligro para un paraíso natural

Efectivamente miles de ratas se esconden en muchas islas galapagueñas, sobre todo las subespecies “holandesa” y “ratón casero”, que se encuentran en el tercer lugar de la lista de mayores amenazas al archipiélago, sólo superadas por el hombre y los perros.

Las ratas foráneas son peligrosas porque se comen los huevos de aves propias de las islas, así como de reptiles y lagartijas. Ello ha alterado de forma importante el equilibrio natural, pues ha afectado la reproducción y ha incidido en la cadena alimenticia de otras especies.

Llegado este punto  la comunidad internacional ha trazado una estrategia para terminar con los molestos roedores, pero lo hará paso a paso, comenzando por estudios específicos y extensivos.

Rábida, una pequeña isla ubicada en el corazón del archipiélago, junto a la Gran Santiago, fue escogida como el inicio de la operación de desratización a gran escala. El primer paso fue capturar a unos veinte ejemplares de gavilanes que vivían allí, para trasladarlos a Santiago, donde se adecuó un centro para mantenerlos en cautiverio hasta que puedan volver a su isla sin ningún peligro y sin ratas.

El director de especies introducidas del Parque Nacional Galápagos (PNG), Víctor Carrión, explicó que se han retirado los gavilanes para evitar que se coman ratones envenenados, lo que les podría causar “incluso la muerte”. Si se extinguen las ratas, los gavilanes volverán a consumir los reptiles y otros animales propios de Rábida y se recuperará  el equilibrio ambiental que requiere ese ecosistema.

Si la operación es exitosa, el proyecto se trasladará a Pinzón, una de las trece grandes islas que forman las Galápagos. Ese será un reto especial, porque allí, hace algunos años, se realizó un proceso de desratización que fracasó por la habilidad de los roedores para escabullirse. No obstante, esa experiencia resultó clave para iniciar un nuevo estudio que desembocó en la actual estrategia.

Unión de la comunidad científica

Las ratas, según parecía, habían ganado la batalla, pero fue en ese momento en que el Parque Nacional Galápagos, la fundación científica Charles Darwin, Island Conservatión y la universidad de Michigan se unieron para contraatacar.

Lo primero fue determinar los sitios, investigar el “modus vivendi” de los roedores y determinar qué arma utilizar para acabar con ellos. El director del Parque Nacional, Edwin Naula, estima que el proyecto logrará “eliminar el cien por ciento de las ratas introducidas” y mejorar el control en los barcos para impedir que vuelvan.

El veneno usado en la desratización ha sido “fabricado específicamente” por la empresa estadounidense Bell para acabar con los roedores y eliminar la posibilidad de que afecte a otras especies propias del archipiélago. El cebo antiratas es extendido por un helicóptero que sostiene una campana dispensadora, la que distribuye uniformemente por toda la isla el veneno, una especie de piedrecilla ligera y celeste.

Tras una primera aplicación y después de esperar unos ocho días, se aplica otra capa de veneno para eliminar cualquier posibilidad de que las ratas hayan evadido los cebos.  Finalmente se efectúa un monitoreo integral que puede durar varios meses. En el proceso se usan sistemas de posicionamiento global (GPS) y sensores que vigilan el trayecto del helicóptero, información digital importante que permite construir un mapa virtual de la isla.

La falta de recursos retrasa la tarea

Los científicos confían en que sus estudios garanticen la efectividad del método, aunque uno de los problemas más importantes es la falta de recursos para acometer el proyecto con celeridad y que abarque el conjunto de la reserva terrestre del archipiélago.

En Rábida, de 710 hectáreas, sumados los tres islotes vecinos, la desratización ha costado unos 750.000 dólares, dinero que ha sido difícil de conseguir, según Carrión, que asegura que si tuviese la financiación suficiente, podría acabar con las ratas introducidas en apenas un año. Sin embargo, cree que el proyecto tardará entre 20 y 25 años. Además, recuerda que también hay otras especies introducidas como los perros, gatos y hasta vacas, que han invadido el terruño de las propias de las islas y a las cuales también hay que vigilar.

También al hombre, la más peligrosa de las especies, con 20.000 habitantes y 150.000 turistas al año. Los seres humanos están confinados a permanecer en un 3 por ciento de la reserva natural y a respetar el hábitat de tortugas gigantes, los simpáticos pinzones (conejillos de indias que Darwin usó para descubrir la evolución), lobos marinos, lagartijas, iguanas marinas, piqueros patas azules y un interminable etcétera, que componen las joyas de este paraíso anclado en el océano Pacífico.

Con 8.007 kilómetros cuadrados de reserva terrestre y 132.000 del área marina protegida, las también llamadas Islas Encantadas conservan casi virgen el 97 por ciento de su superficie, incluso con las ratas.