Casi todos los estadounidenses, e incluso muchos que no lo son, pueden recoradar exactamente donde estaban el 11 de septiembre del 2001. Por extraño que parezca, yo me encontraba en el aeropuerto Logan de Boston, abordando un avión de American Eagle hacia el aeropuerto de Long Island Islip.

Mi vuelo salía a las 8 de la mañana en la puerta 22 en el momento exacto en el que se informaba que Mohammed Atta y otros cuatro secuestradores sauditas despegaban desde el mismo terminal B, junto con otros 86 pasajeros y tripulantes.

Probablemente nos cruzamos en el camino, pero no lo recuerdo. Sin embargo, recuerdo que los controles de seguridad esa mañana fueron muy laxos. Pese a esto, mi vuelo fue completamente normal hasta que aterrizamos y escuchamos las aterradoras noticias. “La muerte llegó y se llevó a otros…”.

He tenido varios amigos cercanos que perdieron seres queridos en esos edificios esa mañana y he tratado de comprende su dolor, sin ser capaz de hacerlo realmente. Mi corazón está con todos los que perdieron seres queridos en esa horrible mañana. Podemos redoblar nuestros esfuerzos en contar la historia completa. Y aunque no soy un aficionado a las conspiraciones, estoy convencido de que la historia completa aún no se ha dicho.

Por eso, también es muy importante poner nuestro 11 de septiembre en contexto. Deasfortunadamente para mi, este no es el único 11 de septiembre que guardo imborrable en la memoria. Tampoco es el único evento en un 11 de septiembre en la historia del terrorismo internacional que ha cobrado la vida de más de 3000 víctimas.

En el primero, los estadounideses se encontraban dentro de las cerca de 3000 víctimas del terrorismo. En el segundo, sin embargo, es perturbador recordar que el gobierno estadounidense ayudó a que hubiera víctimas –al menos 3065 asesinados o desaparecidos- y miles más torturados.

En estos momentos en que hacemos memoriam, en que recordamos a nuestras propias víctimas del terrorismo, tengamos también la fuerza de carácter, la compasión y la honestidad de mirar la historia a los ojos, y recordar las otras víctimas del terror.

No será fácil. Pero quizás nos ayude a evitar caer en la falta de autocrítica, la complacencia y en última instancia los excesos autodestructivos que hemos visto durante está dolorosa década.
11 de septiembre de 1973

Recuerdo con gran claridad el golpe de Estado en Chile para 1973. En ese entonces asistía a un curso de economía para graduados en la Universidad de Harvard, que era dictado por uno de los discípulos del profesor de la Universidad de Chicago Milton Friedman. Uno de mis compañeros fue Sebastián Piñera, un miembro de una de las familias más tradicionales de Chile, futuro multimillonario dueño de la aerolínea LanChile y desde diciembre de 2009, el Presidente de Chile.

Ese día, Sebastián se enteró en la sala de clases que el presidente Allende había sido derrocado. Estaba lleno de júbilo. “Ganamos”, gritaba.

Aparentemente, nuestro profesor de economía compartía la felicidad de Sebastián. Como muchos otros economistas estadounidenses, él veía el golpe de Pinochet como una gran victoria para las doctrinas económicas neoliberales que habían predicado durante décadas los economistas de Chicago, como el profesor Friedman y Arnold Harberger, hasta entonces sin mucha aceptación en el primer mundo.

Posteriormente, ambos serían activos consejeros de la junta militar encabezada por Pinochet, así como recientemente lo hizo el profesor de Harvard –de corte neoliberal- Michael Porter, para el coronel Gadafi en Libia.

Duarante los siguientes veinte años, estos “Chicago Boys”, ejercieron una fuerte influencia en la política económica chilena. El apodo quizás fue un poco injusto con Chicago, ya que no fueron pocos los discípulos de Harvard de acuerdo con las doctrinas brutales y totalitarias a favor del libre mercado.

Por ejemplo José Piñera, hermano de mi compañero Sebastián, también pasó por las salas de Harvard. Fue uno de los principales arquitectos de las políticas laborales de Pinochet, que incluían la prohibición de las protestas y el cierre de tiendas, la privatización de los fondos de pensiones y dramáticos recortes en los salarios reales y los beneficios para los desempleados.

En retrospectiva, el pequeño laboratorio del general Pinochet realizó el primero de una serie de experimentos realizados por la Nueva Derecha que culminaron en los programas neoliberales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el primer mundo y de una larga lista de imitadores en el tercer mundo.

Entre las democracias del primer mundo, estos programas en un comienzo fueron moderados debido a la necesidad de apoyo popular. Pero en países como Chile, Brasil, México y Argentina, donde la división entre los ricos y pobres era más profunda y los sistemas políticos estaban arreglados, se desperdició mucho menos tiempo en nimiedades democráticas.

Más recientemente, hemos visto los llamados de la Nueva Derecha, y algunos ejemplos reales, por una nueva ronda de experimentos con la “medicina dura neoliberal” en muchos países del Primer Mundo. Puede ser útil recordar en qué medida sus versiones extremas dependen de una aplicación dictatorial –y cuán a menudo estas políticas han sido contraproducentes en la práctica.

¿Conservadores a consiencia?

Como un punto a su favor, algunos conservadores de principios se vieron molestos por la oscura alianza entre estos dictadores autoritarios de derecha en América Latina y las reformas económicas liberales.

Pero muchos otros –incluyendo a Sebastián Piñera, que más adelante se opondría activamente a los plebiscitos populares sobre las políticas del General Pinocet en 1980 y en 1988- se perdieron en la jungla de la indefendible distinción que hacía Jeane Kirkpatrick entre los régimenes “autoritarios” y los “totalitarios”.

En el caso de Chile, la represión produjo al menos 3065 asesinatos, desapariciones y ajusticiamientos extrajudiciales, casi la misma cifra que el 11 de septiembre del 2001 produjo en este país.

También hubo miles de arrestos ilegales y tortura, incluyendo a más de 35.000 víctimas identificadas de tortura y abuso. En total, Chile pasó diecisiete largos años sin elecciones libres, en el que previamente había sido siempre uno de los países más democráticos de América Latina.

Por supuesto sabes que todo este terrorismo de estado fue tolerado, apoyado y de hecho alentado por el gobierno de Nixon y sus amigos dictadores en América Latina –probablemente bajo la teoría de que de otra forma habríamos tenido a Fidel gobernando en Santiago-.

De hecho, ahora está claro que si Allende, electo por un estrecho margen, hubiera participado en las elecciones una vez terminado su mandato probablemente habría perdido debido a lo impopular de sus políticas económicas y habría cedido el poder a los demócratas cristianos.

Además, en retrospectiva, esta intervención golpista fue totalmente gratuita. Llegó en un momento en que la centro derecha estaba firmemente en el poder en el resto de América del Sur – Argentina, Brasil y Uruguay a Bolivia, Colombia y Venezuela – y la Unión Soviética en realidad estaba instando a los radicales de izquierda en toda América Latina a “moderarse”. Al igual que las intervenciones sangrientas de Reagan en Nicaragua y Granada una década después, el golpe de estado chileno se llevó a cabo, básicamente, por los generales de Chile y con el apoyo de políticos de Washington que buscaban mantener el estatus quo, no por la “guerra fría”, o por una seria amenaza soviética en la región, y básicamente porque la izquierda era sumamente débil.

En pocas palabras, la única “revolución” que amenazaba a Chile en los 70s fue la anti democratic, la del modelo neoliberal extreme que Estados Unidos y sus aliados entre los generales y los economistas ayudaron a instalar.

Nosotros, por suerte, finalmente tuvimos éxito en llevar a Bin Laden, así como a muchos de sus seguidores, ante la “justicia”.

Muy pocos de los autores y auspiciadores del terrorismo chileno en los 70s han sido “llevados ante la justicia”, y varios están disfrutando cómodos retiros en Santiago, Miami, Washington y Nueva York.
“Gratis” significa que no se paga

De cualquier forma, estos puntos son bastante generales, mientras que la represión es bastante concreta. Como dijo Herr Friedman al general Pinochet en una audiencia en Santiago en 1975, “Cuando le cortas la cola a un perro no lo haces centímetro a centímetro. Lo haces de raíz”.

Recuerdo especialmente una exposición en 1974 de otro economist chileno, Orlando Letelier, quien fuera asesinado en 1976 en un atentado con una bomba en Washington a su auto planeado por la DINA, la policía secreta de Pinochet. Y recuerdo a Víctor Jara, un talentoso guitarrista chileno a quien admiré enormemente.

Cuando la junta se tomó el poder fue arrestado y transportado a un estadio en Santiago donde se detenía a “presos políticos”.

La policía le cortó las manos delante de los prisioneros.

***
La reacción de Sebastián Piñera no fue extraña: el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende en septiembre de 1973 fue saludado con alegría por la clase acomodada de Chile.

Allende fue electo con un 36 por ciento de popularidad en 1970, y el apoyo a la coalición de la Unidad Popular creció al 44 por ciento en las elecciones parlamentarias de 1973. Pero la élite tenía hambre de cambio, de la forma que fuera. Entre 1968 y 1973, primero bajo la presidencia del demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva y luego bajo la de Allende, el gasto del Gobierno según el porcentaje del PIB creció del 15 al 40 por ciento. Un tercio de las grandes haciendas y muchas empresas privadas fueron nacionalizadas, hubo una inflación del 700 por ciento y la escasez de bienes de consumo se hizo frecuente. La deuda externa de Chile alcanzó el nivel sin precendetes de 2.500 millones de dóalres. La inversion extranjera se esfumó y la fuga de capitals llenó las arcas de los bancos Bankers Trust, Chase y JPMorgan, los principales acreedores de Chile.

La buena de la Cia, las multinacionales como ITT y la USG sin duda jugaron un rol fundamental en la actividad previa al golpe entre 1970 y 1973, con una importante dosis de muñequeo financiero que obedecía a las palabras de Nixon de “hacer que la economía ahulle”. Pero la intervención no había comenzado ahí.

Por ejemplo, según las palabras del agente de la CIA Philip Agee, quien había sido designado a Uruguuay a comienzos de los 60s, el aliado de Bush John M. Hennessy, presidente del banco Credit Suisse First Boston (CSFB) entre 1989 y 1996, fue ejecutivo del Citibank en Montevideo durante 1964, y habría transferido sutanciales montos de dinero para financiar la campaña de Eduardo Frei Montalva, quien compitió contra

Allende por la presidencia ese año y ganó las elecciones para presidir Chile entre 1964 y 1970.

A comienzos de los 70s, Hennessy fue nombrado asistente del Secretario del Tesoro para asuntos internacionales bajo el gobierno de Nixon, y fue quien ccoordinó la presión económica contra el gobierno de Allende. En 1974, tras lograr su cometido, Hennessy volvió a Wall Street, donde se convirtió en director administrative de First Boston Corp, que más adelante sería adquirido por Credit Suisse.
En cualquier caso, más allá de la participación de la CIA, existían en Chile las condiciones dadas para el golpe de 1973 contra Allende debido a la alianza entre los oficiales militares, la jerarquía de la iglesia católica, los industriales y terratenientes y una porción de la clase media.

Automáticamente después del golpe, esta gente comenzó a hacerse cargo de lo que ellos realmente querían. Como hemos aprendido por las malas, eso es algo de lo que hay que tener cuidado.

Los Chicago Boys

La Junta se apoyó en un pequeño grupo de economistas inexpertos y autoreferentes, apodados “los Chicago boys”, porque entre sus mentores se encontraban los profesores de la Universidad de Chicago y futuros premios Nobel de economía Milton Friedman profesores y Arnold Harberger.

Después de que Pinochet tomó el poder, hubo un período prolongado en que distintos campos económicos jugaron a favor de la junta. Pero Friedman y Harberger, quien fue decano de la Facultad de Economía de Chicago, parecieron haber inclinado la balanza cuando visitaron Chile en marzo de 1975.

Desde la década de 1950, con el apoyo de las fundaciones Rockefeller y Ford, Harberger había desarrollando una estrecha relación entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica de Chile, donde tenía cátedras como profesor visitante. Con el apoyo de estas fundaciones se otorgaron becas a brillantes jóvenes chilenos que querían estudiar economía. Muchos de estos economistas que estudiaron en Chicago volvieron a enseñar en la Universidad Católica, y posteriormente se integrarían al Gobierno de Pinochet.

Los viajes de Harberger y Friedman fueron auspiciados muchas veces por el empresario chileno Javier Vial, director del consorcio empresarial BHC, uno de los conglomerados más grandes del país, y el dueño del Banco de Chile, el banco privado más grande del país en ese momento. Propietario también de otras 60 empresas.

Vial fue también uno de los principales adeptos a la dictadura de Pinochet, e incluso en terminus personales con el general. Friedman recibió 30.000 dólares para un viaje de tres días y su mujer Rose se oponía a la visita ya que los militares chilenos le recordaban a la Alemania Nazi que había vivido en carne propia. Pero el profesor Friedman la tranquilizó, pidiendo la liberación de dos prisioneros judíos que se encontraban detenidos por la policía de Pinochet.

Justo un mes después de la visita del professor Friedman, en abril de 1975, la junta introdujo una política monetaria de “choque”, muy apegada a las recomendaciones de Friedman y Harberger. El pupilo de Friedman en Chicago Sergio de Castro reemplazó a Fernando Leniz como ministro de Economía. Otros neoliberales de drecha, claves en el equipo economic de Pinochet, incluían a Pablo Baraona, Alvaro Bardon y Jorge Cauas en el Banco Central Lama, Rolf Lüders como ministro de Economía y a Juan Carlos Mendez, como director de presupuesto.

Del paradero de los dos prisioneros judíos nunca se supo.

Laboratorio neoliberal

De cualquier forma, la vision de este grupo de Chicago para el future de Chile pronto se convirtió en el común denominador para los gobiernos neoliberales del tercer mundo que incluía cosas como bajos salrios mínimos, economías orientadas a la exportación con sindicatos débiles, baja inflación, fondos de pensiones privados y un estado débil. Salvo por la policía, el ejército y la compañía nacional de cobre cuyos ingresos, por su puesto, estaban destinados a la milicia.

Para alcanzar esta utopia anti-marxista, los economías partieron por diseñar un potente paquete de shock. Prohibieron las protestas, abolieron los controles de precios para los alimentos y la vivienda, y redujeron aranceles de un 100 a un 10 por ciento en solo dos años.

La junta también implement el programa de privatización más radical de la historia de América Latina, e incluso probablemente uno de los más radicales del mundo hasta ese momento. Entre 1973 y 1974, más de 250 compañías nacionalizadas volvieron a sus antiguos dueños y 200 o más fueron vendidas a precio de gallina muerta. No se trató de las privatizaciones de la clase media en Francia, Japón o Gran Bretaña, donde los compradores generalmente eran millones de pequeños inversionistas.

Al igual que otros países en desarrollo, Chile tenía un Mercado de capital muy limitado, y la inestabilidad previa al golpe lo había reducido aún más. Por esto, los compradores en esta ganga fueron los grupos de siempre, como el de Javier Vial y el Cruzat-Larrain, que poseían la mayoría de los bancos locales y tenían también lazos fuertes con bancos extranjeros.

Todos estos cambios sentaron el terreno para la fase de la dictadura de 1977 a 1981, que en algún momento fue descrita por la editorial del Wall Street Journal en un tono aún más apoteósico que el usado para la junta argentina, hablando del “milagro económico chileno”.

De hecho, durante este breve period, en el que la economía se recuperaba de la profunda recession que los Chicago Boys habían maquinado, el crecimiento se mantuvo entre un promedio del 5 al 8 por ciento anual. En retrospectiva, este crecimiento de un periodo de recuperación se ha producido en muchos países en desarrollo, yt se ha sostenido por mucho más tiempo. Pero en ese momento buen a parte del mundo en desarrollo no solo crecía más lento, sino que entraba con fuerza en un proceso de endeudamiento.

Sin embargo, lo que resultó ser lo más milagroso de la dictadura chilena fue su incapacidad de preveer que sus políticas económicas, más allá de ahondar la pobreza y la desigualdad, estaban a punto de fracasar, dejando al país en la ruina y forzando a la nacionalización de todo el sector privado.

El camino de Chicago al socialismo

Para 1977, la junta del general Pinochet había asesinado, encarcelado, exiliado o eliminado de cualquier forma cualquier tipo de oposición política. Sobre la base de la vía libre que le daba su dominio político, también había alcanzado muchas de las metas económicas de sus asesores neoliberales. Pero los ideólogos neoliberals los presionaron hacia extremos aún mayores.

Bajo el “Plan Laboral” de José Piñera de 1979, el gobierno de Pinoche prohibió una serie de prácticas sindicales y trató de privatizar todo desde la salud y las pensiones a la educación.

Su privatización de los fondos de pensiones en 1980-81 sustituyó un sistema “completamente financiado” por un sistema de fondos de pensiones administrado por privados como Citigroup y Aetna. Esta fue probablemente la “reforma” más exitosa del regimen. Por supuesto, esto se logró por el hechoi de que el gobierno military podia ordenar el cambio sin oposición. (Intentos de privatización en países más democráticos han demostrado ser menos exitosos).

Muchas otras reformas neoliberales basaron su éxito en recortar el gasto social, mientras que las vacas sagradas como el gasto military y la nacionalizada empresa del cobre se mantuvieron al margen.

La empresa nacional de cobre, en particular, se hizo famosa a causa del alboroto provocado cuando Allende se la quitó a Anaconda en 1971. Pero el general Pinochet la mantuvo nacionalizada, en parte porque una ley secreta daba un diez por ciento de sus ganancias a los militares. Eso significaba que, incluso en la junta, la empresa más grande y principal exportadora de Chile y seguía siendo “socialista”.

El Wall Street Journal, el Financial Times, y otros admiradores en la prensa económica internacional a menudo recuerdan las reformas de pensiones de Pinochet y sus primeras privatizaciones con cariño. Sin embargo, se desarrolló una especie de memoria selectiva a la hora de sus otros experimentos neoliberales – y errores-. Curiosamente, con las políticas en cuestión macroeconómica, en especial las políticas que los Chicago boys eligieron para luchar contra la inflación.

Visto desde la perspective del 2011, esto dio al mundo una “primera mirada” de los peligros de la libertad sin límites para que la banca privada preste, se endeude e invierta.

No Fidel, pero De Castro

El hombre clave en la política macroeconómica de Pinochet fue Sergio de Castro, otro Chicago Boy que se convirtió en ministro de Hacienda en l979. Como el famoso ministro de hacienda argentino el “mago” de Hoz, De Castro fue un ferviente creyente de la visión monetarista de que la major forma para combater la inflación en las economías “pequeñas” como Chile era elimindo los aranceles, limitando la regulación al capital y al comercio y manteniendo una tasa de cambio fija.

Esta teoría, enarbolada por otros economistas como el premio Nobel Robert Mundell, sostiene que se limitaría la inflación a la tasa mundial hacienda que la mayor parte del circulante fuera endógeno. Esto básicamente ignoraba la especulación con el tipo de cambio y el flujo de capital. Aunque funcionaba en los modelos matemáticos y los artículos de prensa, en la realidad fue menos positiva.

Sobre esta base y para combatir la inflación, de Castro fijó el tipo de cambio a 39 pesos por dólar y lo mantuvo así desde julio de 1979 hasta junio de 1982. Con el precio del cobre por los suelos y el sector bancario en contracción, esto se logró con facilidad debido a que los bancos extranjeros estaban dispuestos a prestar dinero al sector privado chileno. Los bancos extranjeros simpatizaban con los economistas conservadores de Pinochet, así como lo habían sido con de Hoz en argentina. Además, se encontraban llenos de efectivo y hacerlo era muy lucrativo, dadas las altas tasas de interés en Chile.

Así como en Argentina, muchos bancos locales aprovecharon la tasa de cambio fija y la generosidad temporal de los bancos extranjeros para hacer lucrativos negocios.

Por ejemplo, Javier Vial, el auspiciador de la visita de Friedman en 1975, y el hombre más rico de Chile hasta 1978, obtuvo el control del Banco de Chile a fines de la década de 1970 y lo usó para obtener importantes préstamos de bancos extranjeros como Bankers Trust and Chase. Cuando fue presidente, el Banco de Chile, presto los dólares adquiridos a varias de las empresas privadas de Vial, incluyendo varias con sede en Panamá, como el Banco Andino.

Todos estos chanchullos se hicieron públicos después de que el imperio Vial quebró en 1983. En 1997, tras una investigación de 14 años, fue condenado a 4 años y medio de cárcel por fraude bancario, y el ex ministro de Economía y de Hacienda, Rolf Lüders, que era dueño del 10 por ciento de BHC, fue condenado a cuatro años.

Nada de esto sorprendió a los bancos extranjeros, como me lo dijo personalmente uno de los oficiales de crédito de Vial en Panamá: “Sabíamos que se estaba haciendo autopréstamos, pero nadie quería parar”.

Como resultado de las políticas de Castro, la deuda externa privada de Chile creció durante los años del “milagro”. En l981 solo, los bancos extranjeros emitieron 6 mil millones de dólares en nuevos créditos, una cantidad enorme para esta pequeña economía, y fueron principalmente a los mayores bancos privados nacionales como el Banco de Chile, Banco de Santiago, Banco Internacional, y Banco Colocadora, cuyos grupos, a su vez, tenían una participación enorme en el sector privado de Chile. De l980 a l982, la deuda externa privada se duplicó, para l982 la deuda externa total se acercaba a los 20 mil millones de dólares, dos tercios de estos del sector privado. El Banco Central advirtió en reiteradas ocasiones que no era responsable de la deuda privada, pero permitió que la juerga continuara. Teniendo en cuenta todos los dólares “baratos” y las tarifas bajas, las importaciones también se dispararon.

La primera crisis neoliberal del mundo

Toda esta situación finalmente se salió de control en mayo de 1981, cuando Crav, una compañía azucarera, quebró. La crisis se aguidzó en el verano de 1982, cuando el pánico por la deuda de América Latina limitó los créditos, forzando a Chile a endurecer sus tasas de interés, una combinación letal. Para enero de 1983, el desempleo llegaba al 30 por ciento, y los seis bancos privados más importantes y los dos grupos económicos más importantes del país -Vial y Cruzat Larraín-, también se encontraban contra las cuerdas.

Para este punto, el ministro de Hacienda de Castro comenzó a sentir fuerte presión de los bancos extranjeros como Chase and Bankers Trust para “nacionalizar” la deuda externa privada. Por un tiempo, de Castro se aferró a sus principios a favor del libre mercado, recordándoles sus advertencias previas, y que al final de cuentas esta era una deuda privada, contratada libremente, probablemente a cambio de riesgos de defualt incluídos dentro de las tasas de interés.

Pero los grandes bancos no estaban preocupados por estos principos abstractos –así como no parecen estarlo ahora-. En enero de 1983, cerraron todas las líneas de crédito al comercio exterior chileno, al punto en que los buques petroleros con rumbo a Chile dieron vuelta en el camino y volvieron a casa. De Castro se vio obligado a renunciar, y su reemplazante declare rápidamente que, la junta respondería por la deuda externa privada.

Un banquero chileno dijo “Pinochet hizo lo que Allende solo habría soñado, la socialización de todo el sector privado”.

Pero este no fue el final de la historia. Cuando el cuarto ministro de Hacienda de Pinochet, un pupilo de de Castro llamado Hernan Buchi, asumió el cargo en 1985, debió embarcarse en otra serie de privatizaciones, simplemente para que el gobierno se deshiciera de todas las compañías endudedas que recién había comprado mediante la nacionalización forzada.

Posteriormente, los banqueros extranjeros, el Banco Mundial, Wall Street y el FMI dieron a Buchi y al régimen de Pinochet, positivos comentarios por su brillante estrategia de privatización, diseñada para atraer la inversión extranjera, impulsar el ahorro y reducir el tamaño del estado de Chile. Sin embargo, nunca parecieron reconocer por qué su programa de privatización había sido necesario y posible, debido a que en 1983 las políticas neoliberales habían producido un desastre, y los contribuyentes y junta habían sido obligados por sus acreedores extranjeros a asumir el costo de todas estas deudas incobrables tantos.

Finalmente, ¿quiénes creen que fueron los principales beneficiaries de esta última ronda de privatizaciones? Para evitar las protestas internas que habían generado las privatizaciones de la década de 1970, Buchi ofreció préstamos a bajo costo a los trabajadores y fondos de pensiones para comprar las empresas mediante acciones. Para 1988, fondos de trabajadores poseían el 14 por ciento de las acciones privatizadas, nada mal para un régimen de ultra derecha.

Sin embargo, otros dos tipos de inversores se hicieron aún más importante. Los primeros fueron los inversores extranjeros, especialmente los viejos amigos de Sergio de Castro, los bancos extranjeros. En l986, bajo el programa “Capítulo 19” del Banco Central, se les permitió cambiar sus (dudoso) préstamos por participación en empresas estatales que fueron privatizadas en términos muy favorables.

Como resultado, el Bankers Trust obtuvo el cuarenta por ciento de Provida, el fondo de pensiones más grande del país, además de Pilmaiquén, una planta de energía, por la mitad de su valor. Aetna Insurance compró el segundo mayor fondo de pensiones en el país; Chase, MHT, y Citibank adquirieron importantes compañías locales. Ya en 1990, un puñado de fondos de pensiones gestionados por extranjeros controlaban el setenta por ciento del sistema de pensiones de Chile.

Alan Bond, un inversionista australiano cuyo impetrio financier colapsaríua, compró la emblemática empresa telefónica por la que Allende se enfrentó con ITT. COPEC, la empresa pretrolera chilena que había sido privatizada por muy poco al grupo Cruzat-Larrain en 1976, se había convertido en un endeudado conglomerado de pesca, minería, madera y empresas financieras, incluyendo al Banco de Santiago.

Cuando Cruzat quebró en 1983, el gobierno de Chile readquirió la empresa, ahora con muchas deudas. Cuatro años después, volvió a privatizarla, esta vez al grupo Angelini, otro conglomerado chileno. Así el ciclo continuo.

Dicho esto, el programa de canje de deuda por acciones del “Capítulo 19” fue aplaudido por sus auspiciadores, especialmente por los bancos, por reducer la deuda chilena en más de 2.000 millones de dólares.

Por supuesto que fue un poco ironic para los bancos alabar este logro. Muchos otros vieron al programa como un engaño a todas luces. Al asumir toda la deuda privada, Chile estaba premiando las malas prácticas de préstamo. Y tras una década de un gobierno de mano de hierro, muchos de los actives en venta se encontraban en buenas condiciones. Salvo por la compañía minera y algunas empresas militares, las empresas que el gobienro mantuvo se quedaron en su poder porque nadie las quiso.

A los extranjeros no les hacía sentido cambiar préstamos impagos por acciones a precio de huevo, quizás menos sentido que las nacionalizaciones de Allende. Parecía que Chile no había acabado con las intervenciones estatales, simplemente había invertido el sentido. Pero a parte de estos cuestionamientos, la política fue calificada como un “éxito”.

El otro inversionista clave en la privatuzación de Buchi fue la élite chilena. Incluyendo a mi compañero Sebastián Piñera y a su hermano. Como hemos visto, mientras que el gobierno nacionalizaba las deudas privadas, no tocó los activos extranjeros. Y Buchi ahora ofrecía a los capitalistas una generosa amnistía impositiva si traían su dinero a casa. Su programa “Capítulo 18” les permitía comprar deuda de los bancos y canjearla por bonos del gobierno o acciones en compañías del estado a precios favorables.

Para 1990, este programa había traído otros 2.000 millones de dólares. Nuevamente, los bancos y sus clientes alababan las condiciones del “Capítulo 18”. Sin embargo, este recompesaba la evasion de impuestos y también canjeaba la deuda externa por deuda interna que a la larga podría resultar más costosa de mantener. Estas críticas no cambiaron la visión de las autoridades, que incluso se beneficiaron personalmente del programa.

Por ejemplo, poco después de dejar el gobierno, José Piñeera se convirtió en presidente de una empresa eléctrica que había sido privatizada. Y, por su parte, Sebastián terminó siendo el dueño de la aerolínea privatizada y que result ser una rentable empresa, aún cuando él era senador. Esta le daría la base financiera para competir por la presidencia de Chile. Y ganar.

Así el círculo se completaba: después de que el gobierno pagara sus deudas extranjeras, la élite chilena y sus aliados entre los bancos extranjeros recompraban sus actives a bajo precio, ¡muchas veces con los mismos dólares de los préstamos iniciales!

Acá tenemos uno de los casos más evidentes de abuso bancario, uno que siembra dudas sobre la responsabilidad de los bancos extranjeros.

La crisis de deuda de 1983 en Chile tuvo poco que ver con la falta de eficiencia de las empresas públicas, la excesiva deuda extranjera, los marxistas, los liberals o todos los sospechosos culpados siempre por los neoliberals. Después de todo, para entonces, dos tercios de su deuda externa era privada y Pinochet y
Compañía habían eliminado desde hacía mucho tiempo la ineficiencia del estado, sin mencionar la oposición política. Para fines de 1983, Chile terminó con una de las deudas extranjeras per capita más altas del mundo.
Finalmente, por lo tanto, parece que este “camino al socialismo de Chicago” fue tomado en gran medida, precisamente porque no había oposición política ni rendición de cuentas. No había nadie para decir “basta” a los bancos extranjeros, las élites nacionales, sus bancos nacionales sin regulación o a los generales.

Así que tal vez la democracia tiene sus ventajas después de todo. Tal vez los “mercados libres” por sí solos no son suficientes, aun cuando puedan ser útiles, e incluso necesarios.

Pero preguntémosle a Sebastián Piñera ¿cómo se siente ahora acerca de “el otro 11 de septiembre.” – Que en última instancia lo hizo el presidente, así como rico. Pero era realmente necesario que muchos de mis amigos murieran?

Columna revista Forbes