Las Isapres anuncian grandes utilidades. 45.683 millones de pesos en el primer semestre.

¿Cuánto de esa jugosa riqueza quedará en manos de los trabajadores, que han ayudado con su esfuerzo diario a generarla?

Nada. Ni un peso.

Raro dirá más de alguno. En Chile existen las gratificaciones que según la ley son la parte de las utilidades con que el empresario debe premiar los salarios laborales.

Y mas aún, dirá el más despistado, esa es la mejor de las promesas del capitalismo: si los trabajadores se esfuerzan y en conjunto con el empresario logran buenos resultados todos recibirán una justa compensación.

No seamos ingenuos. No estamos en el capitalismo, estamos en el capitalismo chileno.

Y en nuestro capitalismo los detalles hacen la diferencia. Y esos detalles son dispositivos, normas o practicas, algunas olvidadas para el gran público, otras convenientemente escondidas, que han ido poco a poco, como el mar que desgasta la roca, construyendo uno de los países mas desiguales del mundo.

Es más, cuando todos nos enfocamos en grandes reformas, como tributarias o políticas, que se suponen tienen la llave para abrir la puerta de la justicia, estos pequeños artificios hacen su trabajo eficientemente para evitar que el sueño de una sociedad chilena mas justa puede algún día alcanzarse.

Son parte, como dice alguien por ahí, de los fundamentos legales de nuestra desigualdad. Y uno de esos pequeños artificios de nuestra desigualdad opera todos los días frente a nuestras narices. Perjudica a todos, pero especialmente a los que trabajan.

Es el timo de las gratificaciones. Y consiste en la ausencia total del reparto de utilidades entre trabajadores de los beneficios de la empresa, uno de las supuestas mejores virtudes del capitalismo.

¿Cómo opera esta broma del capitalismo chileno?

Sencillo. Basta una ley bien redactada con oscuras intenciones. Decir algo y al mismo tiempo ordenar lo contrario.

Como puede ser esto, se preguntará el lector.

La ley señala, con rotundidad, que: “los establecimientos, empresas y otros que persigan fines de lucro(..) que tengan utilidades o excedentes líquidos en sus giros, tendrán obligación de gratificar anualmente a sus trabajadores en proporción no inferior al 30% de dichas utilidades o excedentes”; gratificación que será distribuida en forma proporcional a la remuneración devengado por cada trabajador en el respectivo periodo anual.

Si tal como lo leyó, el 30 por ciento de las utilidades. Se imagina por un momento lo que eso significa para cualquier trabajador de un banco en Chile, de una empresa minera o de cualquiera de la tiendas del retail.

Pongámoslo en términos de las Isapres: los trabajadores deberían recibir algo así como 13.500 millones de pesos a repartir entre todos por solo el primer semestre de trabajo.

Es obvio que algo anda mal dirá el lector.

De hecho una pregunta que asaltará la cabeza de mas de alguno será: ¿porque los trabajadores chilenos, incluidos los que trabajan en las Isapres, no corren a codazos todos los 31 de Diciembre a comprar los diarios para ver el balance de su empresa y calcular entonces, su parte en el 30 por ciento de las utilidades?

La razón es sencilla. La ley decide, en este punto, hacer una broma amarga a todos los que trabajan. Y ello, porque la misma ley le permite a la empresa eludir el pago del 30 por ciento de las utilidades citados, abonando el 25 por ciento de las remuneraciones del trabajador, pero –y ahí viene el lado mas oscuro de todo- con un tope de 4, 75 ingresos mínimos mensuales.

Vaya timo.

No es necesario ser muy perspicaz para ver por donde va el cuento: el 99 por ciento de las empresa, salvo las que tuvieron ganancias ínfimas, optan por pagar un costo fijo, que nada tiene que ver con su nivel de utilidades, esto es, 4,75 ingresos mínimos por trabajador al año, dividido en 12 cómodas cuotas mensuales.

Para ponerlo en términos de las Isapres una vez más: en vez de 13.500 millones a repartir entre sus trabajadores sólo por los primeros seis meses del año, los trabajadores recibirán cerca de 800 mil pesos por todo el año, divido en 12 cuotas mensuales de poco mas de setenta mil pesos.

Mirado así el asunto, y con estricta honestidad, no existe en Chile nada que se parezca al reparto de utilidades entre trabajadores y empresarios. De ahí el paraíso laboral que nuestro país representa para los empresarios de siempre, que pese a sus continuas amenazas de emigrar a países mas amigables con el capital, siguen con sus raíces profundamente enraizadas en nuestro suelo, un suelo donde nada se reparte y todo se olvida.

¿Bajo que razón los trabajadores chilenos recibirán nada mas que una cantidad bajísima de dinero -70 mil pesos mensuales aproximadamente- a cambio de su participación en el 30 por ciento de las utilidades?

No son necesarias las razones, porque quien elige bajo que sistema paga es única y exclusivamente el empleador.

El timo perfecto.

Una vez mas, valga decirlo, el modelo chileno perdió lo mejor que podía tener la ética capitalista: que los trabajadores entendieran que su suerte va atada a la de sus empresa, pero no solo en las perdidas –cuando raudamente los despiden-, sino también en sus ganancias –precisamente a través de las gratificaciones-.

Lo bueno, al final de estas líneas, que salvo unos pocos –el religioso neoliberal tipo diputado Arenas o los estómagos agradecidos de siempre-, ya nadie tiene entusiasmo por el modelo chileno.

Incluso, a esta altura, suena hasta ridículo seguir llamándolo modelo.