“¿Qué opinas del personaje Nahuel de La Doña?”, me pregunta una colega de LUN. “Bien”, le respondo. “Es un carnaval de clichés, pero tras ser catalogados como indios, bárbaros, incivilizados, flojos, borrachos y terroristas, que nos vean ahora en Chile como símbolo sexual hasta se agradece”, agrego, tratando siempre de ver la parte llena del vaso. Respondo en serio y la colega piensa que bromeo. Y es que es verdad; todo bien con Nahuel, mi primo por adopción tuitera, quien sospecho ni se imagina el favorcito que nos hace a los mapuches en pleno siglo XXI. Conste que no me refiero a su metro ochenta de vedetto o a su carácter de fornicador indómito “sálvese quien pueda”. Documentado está el atlético estado físico de nuestros ancestros a la llegada de los conquistadores. Alonso de Ercilla y Zúñiga, en “La Araucana”, nos dedica elogiosos versos que harían sonrojar incluso al propio Ricky Martín. “Son de gestos robustos, desbarbados / bien formados los cuerpos y crecidos / espaldas grandes, pechos levantados / recios miembros, de nervios bien fornidos”, escribió el primer corresponsal de guerra español en América (lo siento Amaro Gómez-Pablos, nobleza obliga).

Qué decir de nuestra legendaria capacidad sexual, transmitida de generación en generación -vía memoria “oral”- desde los tiempos de la Quintrala hasta nuestros días. Que lo digan las monjitas holandesas de Boroa. Cuenta la leyenda que cada vez que bajaban al río a lavar ropa terminaban en la ruca de algún guerrero. Mi abuelo gustaba contar la historia de una de sus tías, cautiva desde los 16 años. Según su relato, un mes estuvo amarrada la pobre en la ruca del “Nahuel” de la familia. Lloraba tanto que terminó sacando de quicio al mocetón dueño de casa. “Vete, eres libre”, cuenta el abuelo que le dijo su tío cierto día, hastiado de su griterío caucásico. A la semana volvió de regreso. Nunca más se iría de su lado. Las otras esposas del peñi le llamaban la “chiñurra”. Fue querida y respetada por todos, nos contaba el abuelo. Murió a los 95 años. En la comunidad aún se la recuerda y con cariño. Tanto por sus ojos celestes como por aquella sonrisa imborrable de su rostro. ¿No me creen? Por algo los cronistas españoles les llamaron “las cautivas” y no precisamente “las secuestradas”. “Cautiva: dominada por el atractivo de algo o de alguien”. ¿Quién soy yo para contradecir a la RAE?

Sospecho por ahí la mala onda de Sergio Villalobos, el historiador chileno que a sus noventa y tantos sigue insistiendo que tanto yo como mi madre y mis abuelos no somos más que un equívoco histórico. Lo señala y sin siquiera sonrojarse, ya sea desde su pontificada cátedra en la Universidad de Chile o en las páginas editoriales del también pontificado diario El Mercurio. “Los mapuches no existen, de lo que hablamos es de mestizos chilenos descendientes de los extintos araucanos”, pregona el Premio Nacional de Historia y ex director de la Biblioteca Nacional. “Los mismos que cambiaban sus tierras por baratijas y gigantescos chuicos de aguardiente”, sentencia a la menor provocación. Los mapuches una falsedad histórica. Algo así como un holograma étnico. O bien un virus informático en aquel software defectuoso llamado Chile. Si alguien lo entrevista, por favor, que pregunte; “Don Sergio, ¿por qué tanta mala onda con los mapuches?, ¿alguna ex novia que se le arrancó al sur del Biobío?”. Y es que lo suyo lejos está de ser solo académico. Lo suyo es personal. Y sobre todo pasional. Lo sospecho hace rato. Ya pue, don Sergio, cuéntenos la firme, ¿cómo se llamaba la damisela?

Converso sobre “Nahuel” con Bernardita Ruffinelli, colega de Temuco, bloguera deslenguada, panelista de “Mentiras Verdaderas” y caucásica adicta como pocas a los indios pícaros sureños. “Sabes Kayu, Nahuel más que un problema es una oportunidad para ustedes. Piensa; ahora se los relaciona con algo atractivo, positivo, deseable… ¡Qué mejor que Nahuel como antídoto contra el racismo!”, me lanza reflexiva. “Un estereotipo mapuche cien por ciento culiable”, agrega a continuación y muerta de la risa. Razón tiene la Bernarda. Me refiero a lo del antídoto contra el racismo, obviamente. Sin buscarlo, puede que Nahuel nos ayude a terminar con más de algún prejuicio rondando en el ambiente. O bien que no. Tampoco se trata de pontificar a la “La Doña” o que CONADI o la ONU la premie como la “Mejor Producción Interétnica del Año”. Pero algo es algo. En último caso, nos permitirá a muchos responder más de alguna pregunta coqueta e interesante. Cambiar en los chilenos (y sobre todo en las chilenas) aquella caricatura decimonónica de los mapuches “flojos y borrachos”. O aquella de los “subversivos y terroristas”, instalada sobre todo en las últimas dos décadas. Enhorabuena, estimados peñis. Agradezcamos a Nahuel por el favor concedido.