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La historia de Ely, la campeona de Bajos de Mena que llegó última en los 42K: tiene 64 años y tardó más de siete horas en completar su proeza en la Maratón de Santiago

Salió a las 5 am desde su casa en la población Bajos de Mena, Puente Alto, rumbo al punto de partida, frente a La Moneda y junto a todo el pelotón, a las 7:40, arrancó la carrera más extrema de su vida. A la meta llegó 7 horas, 18 minutos y 34 segundos después, cuando ya casi todo estaba desmontado, cuando no había cámaras, conos, demarcación ni asistencia en el camino. Cargando una artrosis en sus dos rodillas. Se tuvo que inyectar medicamentos para bajar los dolores y correr. Llegó algo agripada. En la ruta se perdió, vio a otros abandonar, el agua se le acabó faltando 4.8 kilómetros y casi se cae en el último tramo. No claudicó. Nunca dudó. Se agarrotó cuando ya no quedaba nada. “No voy a abandonar”, repetía: “Llegaré como sea”. Y a pocos metros de La Moneda -la meta-, la gente que almorzaba en la terraza de un restorán -en la ancha vereda de la Alameda- la vio venir de pronto, a duras penas, y de un salto todos se pusieron de pie, la aplaudieron a rabiar, gritaron su nombre escrito en el pecho. La ovación colmó el espacio. Puso la piel de gallina. La emoción llegó al borde de las lágrimas. Era la última. “Y fue maravilloso”, soltó entre abrazos. Ely es trabajadora de casa particular. Este lunes pidió libre.

Por Antonio Valencia 27 de Abril de 2026
Maratón de Santiago
Maratón de Santiago
Antonio Valencia
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Once de la mañana con 40 minutos. Cuatro horas después de la largada, una mujer en bicicleta con bandera de asistencia médica aparece entre los conos de la Maratón de Santiago y huinchas que van quedando en Avenida Ossa con Tobalaba, comuna de La Reina. 

–¿Vienen más corredores atrás?

 “Solo dos. Un joven y una señora. No queda nadie más. Son los últimos”.

El joven era Edison, un peruano nacido hace 36 años en Trujillo con cuatro maratones en el cuerpo y quien conoció a Ely corriendo -porque ella corre desde que quedó sola en 2017, cuando la última de sus tres hijos voló del nido-, y le prometió acompañarla en el primer maratón de su vida. Ambos vienen caminando. 

Ella con 64 años, comenzó la carrera algo congestionada por una gripe. No solo eso. 

“Tengo artrosis en las dos rodillas. Me lesioné en diciembre, en la corrida de la Fedachi. Me infiltraron (inyección de medicamentos) hace tres meses y aquí estoy. Aguanté trotando hasta el kilómetro 24. Ahí, más o menos, empezamos a caminar para poder resistir hasta el final, siguiendo la recomendación de mi doctor”, cuenta. 

A esa altura, el keniano Cornelius Chepkok ya había ganado la prueba de 42 kilómetros con un tiempo de 2 horas, 9 minutos y 48 segundos. También la etíope Tigst Belew con 2h 27:59, y se enteran que el chileno Hugo Catrileo llegó tercero. “¿Y cómo le habrá ido a Carlos Díaz?”, pregunta Ely.

Detrás viene un auto recolectando huinchas y más adelante, frente al letrero que dice kilómetro 27, un camión cargado de conos enseña que ya todo está en modo desarme, al igual que el punto de cronometraje. Ambos reclaman: “En otros países nada se desarma hasta que llega el último corredor. Eso es respeto, no solo porque pagaste la inscripción, que no es barata, sino porque te enseña el valor del deporte. Veo esto y es como que te abandonan, pero seguiré, me demore lo que me demore”, dice Ely.

Su nombre se lee en la polera morada que le dieron tres días antes en la Expo Runners de la estación Mapocho. Un bolso, el número de competidor, una barrita energética y dos de latas de jurel eran parte del kit para los corredores, todos con derecho a medalla. Anotarse en la carrera le costó unos 45 mil pesos. Ella se anotó en octubre. Pagó al contado. “No me gusta pagar en cuotas”, añade. 

Ely trabaja en una casa de Las Condes.

En el camino, ya por Américo Vespucio, frente a calle El Dante, está su trabajo. Antes también pasó por el colegio al que fue de niña, en Avenida Ossa. “He ido recordando mi vida con el trayecto. Yo recuerdo que mi primera carrera fue a los 4 años. Vivíamos en Ñuñoa y me arranqué de mi mamá porque me quería poner un chaleco caluroso en enero. Corrí dos cuadras. Me pilló y me llevó a la comisaría a acusarme. El carabinero la retó a ella, já. Imagínate la tunda que me dio a llegar a la casa. Después viví en Peñalolén y hace más de 20 años estoy en Puente Alto: pagué 18 años el dividendo yo sola”.

Su relato sigue sin premura. 

 “Soy de la población Bajos de Mena. Para que sepan que no somos delincuentes. Nos estigmatizan. Ahí empecé a correr. Iba al parque Juan Pablo II.”, cuenta, cuando su pierna derecha con signos de calambre.

Sobre su pecho lleva el número 7613 en un cartel adhesivo en que se lee Maratón de Santiago. Arriba de una bandera chilena mandó a estampar su nombre. “Ely. No de Eliana. De Elisabeth, sí con S. Elisabeth Osorio”. 

–¿Cuándo se compró sus primeras zapatillas para correr? 

“Fue como en 2020. Son caras. Pero tengo mi jubilación y con eso más mi trabajo como asesora del hogar logro costear mis carreras y cosas. También hago Trail, que es como correr en senderos. También he corrido en cerros. En septiembre hice los 14 kilómetros de Torres del Paine en la Patagonia. Pedí permiso una semana en la pega y fui a correr en medio de la naturaleza. Correr me libera, me hace feliz”.

–¿Y con qué zapatillas?

“Eran usadas. Me las regaló una amiga y aún las tengo. Le zurcí los hoyos y me las pongo para trabajar. Les he sacado el jugo. Estas que tengo ahora son especiales para correr. Por mi contextura, me gustan las de esponja más que las de gel, que se desparraman un poco para los lados, sobre todo si se tiene pisada chueca”.

Ely y su amigo runner planificaron así la carrera: correr hasta donde el cuerpo diera, luego caminar y recomenzar el trote intermitente cuando la ruta fuera algo más benigna, sin esos desgastante “falsos planos”, que son calles que no parecen, pero que sí van en subida. 

Caminan bajo el, a ratos, quemante sol de otoño por todo el tramo de Vespucio. En Escuela Militar aparece otro rezagado. Cojea. Se nota contracturado. Se llama River. Es venezolano, personal trainer, tiene 40 años y lleva diez meses en Chile: “Uf, hace 20 años yo corría distancias largas en Venezuela, medias maratones, pero ahora no me entrené y ya no puedo trotar más. Ahora hice los 21k en 2 horas y 50 minutos. Espero caminar hasta el kilómetro 30. ¿Somos los últimos?”, pregunta.

River se une a Ely y Edison. Y caminan todos. Una pareja de vecinos de Hernando de Aguirre, casi al llegar a Luis Carrera, allí donde los caballos del club de polo miran casi como únicos testigos, le avisan que van en el kilómetro 32. Deciden seguir. Y los tres avanzan por Escrivá de Balaguer donde ya no queda ninguna señal de ruta demarcada. Ni conos ni huinchas ni puestos de hidratación ni tampoco los puestos de manzanas rojas. 

Un bus había pasado por Ossa y Vespucio recogiendo a todo el personal que encontraban en el camino. Ya no había pista para runners. Los autos ya pasaban raudos, otra vez, por la calle.

Obligados a ir por veredas y senderos de maicillo, Ely y Edison llegan a la Costanera Sur y doblan hacia Nueva Costanera. No era el camino. Se pierden. River se da cuenta y decide pedir el Uber. En algún momento pensó seguir hasta La Moneda. Pero no dio más.

La dupla corrige la ruta, y de regreso al Parque Bicentenario, retoman su plan de carrera, y comienzan a trotar por tramos cortos. Luego caminan. “Planificamos terminar en máximo seis horas”, explica Ely Osorio, madre de tres, separada desde comienzos de siglo, viuda desde 2017 y, desde hace algunos años, abuela. 

Sobre el final del parque se entera que ya completó las seis horas. Se desanima un poco. Su colega la levanta. Le recuerda a todos los que vieron abandonar en el camino, incluido River, el personal trainer 24 años menor que ella, que hace trabajo de musculatura con pesas y que terminó pidiendo un Uber.

“Dale Ely, ya has logrado mucho en tu primer maratón. Estarás orgullosa”, le dice. “Qué vergüenza, voy a llegar última. Me van a odiar. ¿No quedará nada allá ¿Qué será de mi mochila que dejé en el locker en la partida? ¿Estarán los lockers o se los llevaron? ¿Estarán entregando medallas todavía? No creo, capaz que tenga que ir otro día a buscarla a alguna oficina”, divaga.

Sigue. En los últimos diez kilómetros, en lugar de runners, se ven ciclistas en masa. Como enjambre. Corredores, de esos que inundaron Santiago vestidos de rosado, ninguno. Donde antes había público con carteles, cencerros rojos y donde en parte de la ruta sonó “Burning Heart”, soundtrack de Rocky IV, ahora el ruido de los autos domina. 

Ely parece desfallecer. Pero no se queja. Gorro para el sol. Dátiles para el hambre. Agua para la sed. Pero en Andrés Bello con Pedro de Valdivia se acaba la reserva bebestible. No hay punto de hidratación alguno. Nada. Hasta que de pronto aparece una botella de medio litro de agua sin gas, comprada en el almacén más cercano, mínimo aporte de este medio.

Ely bebe, sonríe y vuelve a la vida. “Qué agua más rica, es como un golpe de energía”, dice, se anima y continúa. Plaza Italia a la vista, luego a caminar y trotar por la vereda. No queda otra. La Moneda se acerca. Se anima y aumenta un poco el ritmo para cruzar Namur con la Alameda. Pero tropieza en un adoquín. Casi cae. El esfuerzo agarrota bruscamente la pierna derecha. “La derecha siempre me jode”, comenta. Decide seguir. La contractura va aflojando. 

En MacIver con la Alameda los espera una pequeña barra. Familiares de Edison. Ninguno de Ely. Sus hijos no están. No pueden. El mayor es chofer de Transantiago y trabaja desde las 4 y media de la mañana. Sus otras hijas tienen emprendimientos. Tampoco pudieron ir a ver su hazaña.

En fin. Ya no queda nada. En las últimas tres cuadras acelera. Se motiva. No siente ni dolor ni cansancio ni artrosis ni contracturas. La pequeña barra de familiares empieza a correr con Ely. Los transeúntes empiezan a notar que no es una runner cualquiera. Es la que persistió. La que no abandonó después de más de siete horas. “¡El que no abandona tiene medalla! Ya está Ely.¡¡Lo estás logrando, estás llegando!!”, le grita Edison. 

Los últimos metros son de antología. 

Un grupo de clientes del restorán Piccola Italia, varios de ellos runners terminando de beber y comer en la terraza anclada en la amplia vereda, se pone de pie, la ovacionan, la aplauden, leen su camiseta y le gritan a coro “¡¡¡¡Vamos Ely, vamoos!!!”. El momento para los pelos, más cuando un grupo de obreros se une a la escena, dejan de cargar andamios y rejas y se despachan otro aplauso cerrado de esos como de las películas. 

Ely llega a La Moneda. La meta. Dos de la tarde y 58 minutos. No hay cinta, no hay cámaras de TV, micrófonos, traductores ni fotógrafos. Hay emoción y abrazos al borde de las lágrimas. “Nunca pensé abandonar, nunca”, les dice a los amigos que le ayudan a buscar su mochila y a preguntar dónde retirar la medalla. Un señor de rojo acude a una especie de tienda de campaña. Busca en una caja de cartón y encuentra la presea.  

Con la medalla al cuello, su reloj le informa que batió dos de sus récords: corrió la carrera más larga de su vida y su maratón más rápido. Claro, es el primero. La adrenalina empieza a bajar. “Uff, ya me duelen más las piernas, no sé cómo voy a amanecer mañana. Al menos -dice Ely sobre el final-, al menos me dieron el día libre en el trabajo”. 

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