Recientemente, hemos conocido una circular que el club de golf Las Brisas de Chicureo envió a sus socios, donde se indica que las “nanas” o asesoras del hogar, pueden acompañar a los niños de los cuales se hacen cargo, sólo si utilizan un “uniforme o tenida que las identifique como tales”. Asimismo, la circular establece que estas no pueden acceder a las piscinas del recinto, espacio al cual los socios podrán entrar solamente con sus familias y personas invitadas.

El contenido de este instructivo se transformó en noticia nacional y ha circulado bastante por las redes sociales, presentándose como un ejemplo más de discriminación y de clasismo en la sociedad chilena. Sin embargo, lo grave de esta situación, en mi opinión, tiene que ver con el hecho de que se reconozca como un código de comportamiento y un estilo de vida que son parte de la matriz cultural o del ADN de nuestra elite nacional. La misma elite que controla Chile y que a través de sus redes de influencia ha transformado a nuestro país en un pequeño “Fundo”, al más puro estilo del modelo de la Hacienda.

No es de extrañar entonces que, en la legislación laboral chilena, las trabajadoras que se desempeñen como personal de servicio doméstico puertas adentro, “no estarán sujetas a horario” el que quedará determinado “por la naturaleza de su labor” y sólo se reconoce que: normalmente tendrán un descanso de 12 horas diarias (Artículo 149 del Código del Trabajo). En resumen, la ley permite que trabajen 72 horas a la semana o más.

No obstante, la lógica del Fundo no sólo se expresa en la reglamentación formal e informal que se establece para su “servidumbre”, sino que en las favorables reglas del juego y espacios de maniobra con que cuenta la elite nacional para administrar este Fundo y que condicionan y determinan directa y cotidianamente el bienestar de todos los chilenos. Por ello tampoco resulta extraño que:

i) Tengamos un sistema impositivo bastante particular, donde en promedio, durante los últimos 10 años, sólo 4 de cada 10 pesos se recauda vía impuestos directos (que gravan a las empresas y a las personas y son de carácter progresivo), en cambio el 60% proviene de impuestos indirectos como el IVA, que en términos relativos afecta principalmente a las personas que menos ingresos tienen, ya que destinan casi la totalidad de este a comprar bienes y servicios de primera necesidad y no tienen capacidad de ahorro. En los países de la OCDE no sólo se recauda más impuestos que Chile como proporción de su Producto Interno Bruto, sino que el grueso de la recaudación viene de los impuestos a las empresas y las personas.

Aún más, nuestro sistema impositivo, tiene otra particularidad: Existe un Fondo de Utilidades Tributables, un registro quizás único en el mundo, que da un tratamiento preferencial a las rentas empresariales, las cuales funcionan como créditos de los impuestos personales. Esto significa en términos simples, que accionistas y dueños de empresas cuentan con una herramienta proporcionada por la legislación chilena, que les permite eludir legalmente el pago de impuestos que deberían pagar por los retiros o dividendos que reciben y para ello crean sociedades de inversión en donde guardan ese dinero.

Según un estudio de Michael Jorratt encargado por la CEPAL, se estima que la evasión de los impuestos personales a la renta fue de un 46% en el año 2003 y 91,7% de la subdeclaración de ingresos se produce en las rentas empresariales (retiros de utilidades y dividendos). La tasa de evasión en el decil 10, vale decir, en el 10% de los contribuyentes más ricos, alcanza al 47%.

ii) Chile sea uno de los pocos casos a nivel mundial donde la matrícula pública en educación se situé por debajo del 40%. En general en los países de la OCDE no baja del 80% y ni siquiera en Estados Unidos se ha renunciado a ella, representando el 90% de la matrícula total.

En este sentido, la elite nacional, sustentando la antigua y explicativa tesis del “peso de la noche”, prefiere que la población sea informada por ellos a través de sus escuelas particulares y sus medios de comunicación. Como ya no era presentable que a esta altura del siglo XXI, se siguiera restringiendo la cobertura en educación sólo a algunos privilegiados, se utilizaron las redes de influencia para diseñar un sistema que sigilosa, pero progresivamente desalojara la educación pública, en virtud de su rol democrático e inclusivo, de tal forma de poder ir monopolizando el control de los contenidos y la administración de la información.

iii) Finalmente, tampoco debería sorprendernos que en Chile existan bajos sueldos, a pesar de que ya estamos bordeando un PIB per cápita de US$16 mil. Según la ENETS (Encuesta Nacional de Condiciones de Empleo, Trabajo, Salud y Calidad de Vida, Ministerio de Salud y Ministerio de Trabajo) 8 de cada 10 trabajadores, obtiene un salario inferior a $350.000.

En particular, en las grandes empresas, no se trata de baja productividad, ni bajos niveles de educación, sino que del imperativo categórico de que las utilidades se reparten entre los dueños y que salarios más elevados provocan una reducción del tamaño de su torta. Por eso se ven con tan malos ojos al sindicato y la negociación colectiva y por ello se promocionó y avaló el Plan Laboral de 1979 que restringe y criminaliza los derechos colectivos, en la medida que justamente pueden amenazar tal imperativo.

Esto es una fatal contradicción para un país que se dice católico, pero que desconoce los escritos de sus propios santos como el caso de Alberto Hurtado, que en su obra Moral Social, explícitamente sostiene que el salario máximo que se debe pagar en una compañía corresponde a aquel que no compromete la satisfacción de las necesidades del resto de los trabajadores y sus familias. Sin embargo, en las grandes empresas estamos llenos de ejemplos, donde los altos ejecutivos ganan más de $10 millones al mes, mientras muchos trabajadores ganan el salario mínimo ($182.000) o salarios en torno al mínimo, que ni siquiera cubren el 70% de la línea de pobreza estadística.

En síntesis, tal como se observaba en el siglo XIX, la lógica del patrón de fundo sigue más viva que nunca. Su expresión más burda la observamos por estos días en el modelo de la servidumbre uniformada, mujeres paseando a los niños por los alrededores de una piscina, bajo 35 grados de calor, con rostros transpirados y el ahogo de la impotencia de tener que sonreír mientras sienten que cargan con el estigma de la pobreza. Sin embargo su expresión política y cotidiana se expresa en algo mayor y menos burdo: Control de la Información (sistema educativo y medios de comunicación) y Control del Botín (fijación de sueldos, reparto de utilidades y pago de impuestos), a imagen y semejanza de la clásica relación entre el patrón y sus inquilinos.

*Investigador Fundación SOL
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