Todo lo desatado a raíz del alza en las asignaciones de los parlamentarios genera un gran herida a la política, la democracia y sus instituciones. Algo grave y peligroso, que merece ser reflexionado con seriedad para poder trazar el camino a las reformas profundas que, pareciera, requiere el sistema completo.

Es comprensible el enfurecimiento ciudadano. Chile es un país profundamente desigual. El chileno promedio es alguien que trabaja como esclavo todo el día para ganarse 200 mil pesos, los cuales con un Estado subsidiario como el nuestro, deben ser gastados para pagar “el derecho” a la salud, la vivienda, la comida, la educación, etc, que el Estado solo garantiza mínimamente.

Normalmente a esa persona ni siquiera le alcanza, y tiene que endeudarse. Para esa gran mayoría de chilenos, el alza de las asignaciones parlamentarias en 2 millones de pesos, es un natural motivo de enojo. Si a eso sumamos las peleas casi de farándula entre algunos diputados y senadores, y el rol desinformador de algunos medios de comunicación manejados por las grandes fortunas chilenas, la situación es más compleja.

Lo que se ha generado finalmente, es una bola de nieve, que va más allá del hecho puntual de los 2 millones.

El grado de desprestigio del parlamento, las instituciones y de la política en general, debe ser analizado con racionalidad y conciencia. Más aun cuando en Chile a los más poderosos pareciera que la democracia les es un estorbo. Por eso se hace necesario orientar el debate.

Mediante la política es que se han podido conseguir los derechos sociales de la manera más significativa y estable en la historia. Es con ella con la que se pueden generar transformaciones futuras. Esto lo tienen muy claro aquellos que ganan 5, 10 o 100 veces más que los propios senadores. Ellos preferirían que no existieran la política y ningún político, salvo los que protejan sus intereses. Como en la dictadura chilena. Un militar arriba, de preferencia no muy culto, impuesto por las armas, el cual les permita a algunos pocos hacerse millonarios tranquilamente con sus bancos, AFP´s, Isapres, Universidades, Supermercados y cuanto derecho social quieran convertir en su negocio.

No era una mera casualidad el ninguneo de Pinochet cuando hablaba de “los señores políticos”. Ese discurso anti-polÍtico finalmente, es el discurso más político de todos. No es contra “los políticos y la política” sino, contra aquella posibilidad de que surjan liderazgos políticos en la sociedad capaces de enfrentarlos.

Por lo mismo, el desprestigio de la política es un problema más severo y profundo: una sumatoria de imprudencias, desatinos, poca seriedad, populismos, engaños y oportunismos de algunos políticos. El modelo neoliberal impuesto por la dictadura, cuyos pilares siguen firmes hasta hoy, se reproducen en cada lugar. Está en nuestros trabajos, nuestros colegios, nuestras universidades, nuestras familias, nuestras religiones, nuestras ideas, nuestros medios de comunicación y también en la política.

La clase política sería la llamada a cambiarlo. Pero esta es un reflejo de la sociedad que ha generado el sistema, donde los imperativos son la búsqueda constante por sacar un beneficio personal sin importar el otro. La competencia sin escrúpulos que aprendemos desde chicos. El miedo a no tener dinero y a fracasar. La necesidad de ser exitoso para que no te pongan el pie encima, y seas tú el que lo haga. La critica simple. Esa chaqueteria como práctica casi deportiva. La fraternidad solo como un concepto de panfleto. Todo, en resumen, reducido a lucas, dinero, fama y poder.

Necesitamos superar esa nube gris de mala onda que hace desagradable para muchos involucrarse en esta actividad. Creer que los sueños son posibles, y que los cambios deben realizarse ya no en la medida de lo posible, sino que en la medida de lo justo. Devolver la mística necesaria. Un cambio que debe partir por nosotros mismos.

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