Estas últimas semanas han sido como vivir en el pasado. La televisión, la radio, las redes sociales, la prensa, las campañas presidenciales, todo ha girado en torno al 11 de septiembre de 1973 y a la larga dictadura de Pinochet. Han llegado a las librerías, decenas, si no un centenar de publicaciones sobre el tema. Testimonios, crónicas, análisis, ficciones. No es, en realidad, un asunto del pasado. Algunos, curiosamente los mismos que cargan la responsabilidad de haber participado o apoyado con entusiasmo el régimen militar, quisieran que fuera así. Por ellos, que no se hable más del asunto. Pero resulta que “el asunto” es medular. Son los grandes valores humanos los que se juegan en la discusión. Para no empantanarnos, los chilenos nos alejamos paulatinamente del barro durante veinte años, los años de la Concertación. Preferimos no escarbar y cubrir el espanto con luces de colores y otros bienes de consumo.

Había que crecer a como diera lugar para dejar de ser el niño adolorido. Había que recuperar la normalidad, así fuera a costa de secretos. Hubo juicios y condenas importantes, y algunos continúan abiertos, y no es cierto que acá no se haya impuesto la verdad. Falta, pero hay la suficiente como para demostrar sin ningún rastro de duda que en Chile vivimos bajo un gobierno criminal. Están consignados los 1163 casos de detenidos desaparecidos con sus respectivas historias, los 2095 ejecutados y, desde el Informe Valech, las 38.770 personas que declararon con fundamentos haber sido detenidas o torturadas. Nadie se atreve a decir hoy que estábamos en una guerra cuando esos delitos se cometieron. Lo que sucede es que durante esta última década optamos por no revolver la herida más de la cuenta. Yo no sería tan severo a la hora de juzgarlo: así son los traumas.

El miedo nos dejó turulatos. Fueron los familiares directos de los desaparecidos, en su mayoría mujeres, quienes mantuvieron por años la memoria viva. De pronto, sin embargo, hasta ellos cesaron de gritar, o quizás seguían haciéndolo, pero dejamos de escucharlos. No cabía ese lamento en medio de la fiesta a la que este nuevo Chile nos invitaba. Pero los nietos de los golpistas y los golpeados ya cumplieron la mayoría de edad. Los cabecillas del movimiento estudiantil del 2011 nacieron después de Pinochet, y ahora se preguntan ¿qué fue lo que pasó aquí? No es verdad, como pretende buena parte de la derecha, que en nuestro país cunda el odio enfermo y revanchista. Diría que, muy por el contrario, la paciencia, a ratos boba, continúa primando por encima de la venganza. El título de la serie de televisión Imágenes Prohibidas es sintomático al respecto. ¿Quién prohibió esas imágenes? Siempre estuvieron allí; éramos nosotros los que no las queríamos ver. Hoy día tienen alto raiting. La serie de Andrés Wood sobre la Caravana de la Muerte ha sido lo más visto de la semana. Es bueno todo esto. Habla bien de los chilenos. Quiere decir que ya no sirve hacerse el tonto, que ha crecido la medida de lo exigible, que la democracia ya no tiembla con las preguntas incómodas, sino que se fortalece a medida que esas preguntas son respondidas.

Y esto, claro, es durísimo para buena parte del poderío nacional: para la derecha, para los que se enriquecieron al alero del abuso, para los periodistas canallas, para los jueces cobardes, para las fuerzas armadas. Si no participaron del horror, sabemos que sabían del espanto. No se trata de superioridades morales, pero dejémonos de cuentos, todos ellos tienen su hoja de vida manchada. El presidente Piñera, bicho extraño en ese corral, clavó un cuchillo en el orgulloso cinismo de su sector. Consolidó su próxima candidatura presidencial, pensando vaya a saber uno en qué alianzas futuras, humillando de paso a Evelyn Matthei y a las cúpulas de los partidos de su coalición, con los que jamás consiguió entenderse. Como sea, yo espero que nunca gobierne en Chile alguien que votó que Sí en el plebiscito del año 1988. Quienes lo hicieron, razones más, excusas menos, reprobaron el examen político más determinante de la historia de Chile.