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1 de enero de 2011. 10 de la mañana. Tres golpes fuertes en la puerta despertaron a Sara Milla en su casa ubicada en la población La Frontera de Puente Alto. Sara se levantó de la cama, abrió la puerta y se encontró con carabineros. Los funcionarios policiales le comunicaron que su hijo, Jorge Ramírez, había muerto en la madrugada intoxicado con chicha artesanal. La mujer se desplomó. Faltaban solo 16 días para que Jorge Ramírez quedara en libertad.

Horas más tarde Sara recibió una llamada telefónica que cambió por completo la versión que le dio la policía: “A su hijo se lo mataron. Haga justicia”, le dijo una voz anónima antes de partir al Servicio Médico Legal (SML). Cuando llegó -sin permiso de los funcionarios- bajó el cierre de la bolsa que contenía el cuerpo de su hijo de 24 años. “Tenía los dedos rotos. Su nariz estaba quebrada, tenía quemaduras de cigarro y todo lleno de maquillaje que le echaron para cubrir los moretones”, relata la madre.

Tres semanas antes de la muerte de su hijo, Sara Milla lo visitó en el Centro de Detención Preventiva de Puente Alto, donde llevaba dos meses recluido por robo con intimidación. No solía ir con frecuencia al recinto. Se sentía humillada cada vez que los gendarmes la revisaban al entrar y ofendida por las paupérrimas condiciones en las que vivía su hijo. Aquel día, como tantos otros, lloró al ver a Jorge y nuevamente este le prometió que nunca más caería preso. Poco antes de terminar el tiempo de visita, su hijo apuntó a uno de los gendarmes y le dijo: “Ese me va a matar, mamá”. Sara caminó aterrada hacia la salida y se topó de frente con Néstor Pinto, el teniente de Gendarmería que su hijo acusaba.

-Me dijo, mirándome a los ojos con esa cara de perro, ‘Te lo voy a entregar en un cajón’”- recuerda hoy Sara.

Antes de eso ya había comenzado los trámites para trasladar a Jorge de la cárcel de Puente Alto por las amenazas que él decía haber recibido. No alcanzó.

Guantes de teniente
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La tarde del 31 de diciembre del año 2011 un grupo de cinco reos, ubicados en la celda número 4 de la torre 5, estaban haciendo los preparativos para pasar el año nuevo en prisión. La pieza que compartían era de un metro y medio por dos metros, equipada con botellas plásticas que las hacían de baño, una litera triple y dos colchonetas en el suelo. Una de las paredes tenía escrito con plumón azul: “Jesucristo viene… ascúrrete”.

Adentro de la celda estaban: Jorge Ramírez Milla, alias El Peta, 24 años; Fabián Pérez Carrasco, alias El Manzana, 26 años; Carlos Sánchez Castro, alias El Gorrión, 27 años; Luis Moreno Araya, alias El Moreno, 29 años; y José Chamorro Bravo, alias El Vicho, 43 años. Después de almuerzo el grupo comenzó a filtrar, con un calcetín, una mezcla de veinte litros de cáscara de naranja, limón, zanahoria y pan, restos orgánicos que tenían fermentando hace tres meses para producir chicha artesanal para pasar la víspera del año nuevo. Cerca de las seis de la tarde, comenzaron a beber el primer corte del brebaje que guardaron en un bidón de cloro de cinco litros y que repartían en una taza plástica.

Como en todos los días festivos, la población penal estaba alegre y excitada. Los funcionarios de Gendarmería, en cambio, se preparaban para cumplir turnos dobles en una jornada históricamente difícil. “En fiestas aumenta el consumo y fabricación de alcohol. Por lo tanto se refuerzan las medidas de seguridad, los gendarmes buscan y allanan”, explica Óscar Benavides, director nacional de la Asociación Nacional de Funcionarios Penitenciarios (ANFUP).

Pasadas las 19 horas comenzó una riña en las cercanías de la torre 5. Cuando los gendarmes venían de vuelta, los cabos segundo Rodrigo Aravena y Juan Tapia sintieron risas y olor a chicha. La situación fue comunicada al teniente Néstor Pinto, quien acudió al lugar acompañado de los “tololos” –practicantes de la Escuela de Gendarmería- Guido Jiménez y Orlando Sierra. Ambos estudiantes llevaban solo un día de trabajo en el recinto y se habían ofrecido como voluntarios para la ronda nocturna.

En el allanamiento de la celda encontraron un envase de cloro, un balde con los litros de mezcla sobrantes y un teléfono celular. Pinto declararía después al fiscal Omar Mérida: “Yo consideré que, siendo fiesta, no era malo” y agregó que, por lo mismo, instó a los presos a tomarse un trago de la bebida artesanal. La investigación, sin embargo, comprobó lo contrario: el teniente, empecinado en encontrar al dueño del móvil, dispuso a los cinco reos en una fila contra la pared y comenzó a interrogarlos.

-¿De quién es el teléfono?- repitió una y otra vez Pinto.

Ante la negativa de los hombres, el teniente cambió sus modales. Sacó un par de guantes de cuero negro y se puso uno en cada mano. “Los oficiales pegan con guantes. Los pacos -gendarmes raso- pegan con palos”, argumentaría un testigo que escuchó a Pinto cómo aleccionaba a los gendarmes “primerizos”. Luego agredió a los internos y, al no obtener respuesta, ordenó que se quitaran toda la ropa. El teniente decidió cambiar de estrategia. “Ahora vamos a tomarnos la chichita”, habría dicho obligando a los internos a tomarse un vaso al seco.

-A medida que íbamos tomando los cinco, nos golpeaba, dándonos charchazos en la cara y combos en la guata, en las costillas-, relató El Moreno en la investigación. Versión que confirmaría Orlando Sierra, uno de los practicantes de Gendarmería. “En ese momento mi teniente les ordena comenzar a hacer sentadillas, manos en la nuca y flexiones de rodillas arriba y abajo”, agregó Sierra en su declaración.

-En general, los reos se meten cuchillos en el ano, entonces al agacharse lo que tienen guardado cae. Pero el teniente los hace hacer el ejercicio una y otra y otra vez, mientras les sigue dando chicha-, detalla el fiscal Omar Mérida.

Los internos, a medida que avanzaban los ejercicios, comenzaron a alterarse. El Vicho se puso a vomitar compulsivamente y le vino una diarrea explosiva. Los otros presos estaban mareados, algunos vomitaban y otros empezaron a pedirle que parara, que ya era suficiente. La versión de Pinto es otra: “Me empezaron a hablar “chispeando” los dedos. El Manzana empezó a dar mucho jugo, adelantando el tórax hacia mí, amenazaba con quemarse”, declaró para explicar la llave que aplicó a Fabián Pérez para reducirlo.

El Manzana, aburrido de los golpes, desafió a su celador: “Le dije que mi mamá me pegaba más fuerte y él me siguió pegando”. Según la investigación de la fiscalía otros dos gendarmes, Tapia y Aravena, se habrían sumado a la golpiza con palos y puños tras una orden de Pinto. En medio de la batahola uno de los funcionarios lanzó gas lacrimógeno y El Gorrión salió corriendo a la celda, quebró un vidrio, se hizo cortes en los brazos y también ingirió pedazos. Escupiendo sangre amenazó con matarse con tal de que dejaran de pegarle. “Era la única solución (…) incluso (…) nos pescamos a cabezazos en la pared para que no nos pegaran más”, fueron las declaraciones de Carlos Sánchez, El Gorrión, a quien arrastraron escaleras abajo y luego trasladaron al Hospital Sótero del Río. Su estrategia había funcionado.

Los más alterados eran El Manzana y El Peta (Ramírez), a quienes el paramédico decidió inyectar tranquilizantes que – luego se confirmaría en la investigación- no eran más que una sustancia placebo.

A las 20:30 de la noche los internos estaban completamente reducidos.

La Jaula
A El Moreno y a El Vicho, que no habían abierto la boca durante todo el procedimiento, los mandaron de vuelta a la misma celda. El Peta y El Manzana no corrieron la misma suerte y fueron trasladados, por orden de Pinto, a la Guardia Interna, en el primer piso.

A las 20:37 el video de seguridad del penal captó las imágenes de los gendarmes arrastrando a El Manzana, esposado y completamente desnudo, por uno de los pasillos del primer piso. El mismo camino recorrió El Peta. El destino final era La Jaula: una celda pequeña, rodeada de barrotes, donde mantienen a los reos que están de paso hacia otro lugar. Ahí quedaron bajo la observación de Tapia y Aravena, supervisados por Pinto. Los dos internos, según se concluyó en la investigación, vomitaban de manera compulsiva y comenzaron a beber sus propios fluidos. Al ver la escena, los gendarmes avisaron al teniente y éste ordenó manguerearlos en un pasillo aledaño a La Jaula. Ambos estaban en estado de semiinconsciencia.

El oscuro corredor donde los mojaron, de unos 40 metros de largo, estaba surcado por un tubo de pvc que hacía de alcantarillado. El plástico estaba roto, lo que hacía visible el flujo de desechos que pasaban por ahí. “Me dieron con tuti, a El Peta no sé, yo estaba raja, solo cachaba que me pegaban”, declaró El Manzana, quien recuerda haber escuchado risas después de la golpiza.
Los gendarmes luego encendieron la manguera de incendios y los rociaron con el chorro de agua helada. “Cuando los mojan lo hacen para que no aparezcan los moretones de los golpes, como cuando uno se pega y se pone hielo. No es un acto humanitario; es parte del proceso de tortura hacer desaparecer las huellas”, aclara el fiscal Omar Mérida.

Después del baño, Pinto decidió enviar a El Manzana a la enfermería del recinto penitenciario. “Como este gallo dijo que se iba a matar y es loco, por si acaso lo mandé a la enfermería”, explicó el teniente. Una vez allí, un reo que estaba enyesado procuró poner de lado a Fabián Pérez para evitar que tragara su vómito. A El Peta, en cambio, Pinto lo devolvió a su celda a las 21:34 horas, según el registro de la cámara de seguridad. Esa decisión fue la sentencia de muerte de Jorge Ramírez.

-Los funcionarios traen a El Peta en calidad de bulto, sin conciencia, sin ropa. Yo lo tomé y lo deje en la colchoneta. Solo se escuchaba roncar- declaró José El Vicho Chamorro.

Faltaban dos horas y media para el año nuevo y los oficiales fueron al casino a celebrar. Mientras cenaban, Pinto se cachiporreó con los aspirantes: “Nos dice que les había hecho tomar porque así se aseguraba, ante cualquier situación, que los internos estuviesen bebidos, así no le podían decir nada si pasaba algo”, recuerda Guido Jiménez, uno de los practicantes.

El canto del gorrión
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Cuando en el Hospital Sótero del Río terminaron de curar las heridas de Carlos Sánchez, El Gorrión, lo llevaron de vuelta a la cárcel. En la entrada se encontró con los gendarmes Aravena y Tapia. “Así que te queriai matar”, le dijo Tapia llevándose un cigarrillo a la boca. Los practicantes recordaron en el juicio que en ese momento el gendarme tomó el brazo herido de El Gorrión y puso el cigarro prendido, luego tiró la colilla al suelo y obligó al interno a apagarla con sus pies descalzos. Sánchez, que en ese minuto no se inmutó con las quemaduras dado su estado, no recuerda absolutamente nada de la escena. Pero las cicatrices quedaron.

A las 2.15 de la madrugada del primero de enero de 2012 El Gorrión fue escoltado de vuelta a la celda 4. El Moreno empezó a despertar a El Peta para hacerle un espacio a Sánchez y se dio cuenta de que estaba helado. José Chamorro, El Vicho, entonces, saltó de la litera y le tomó el pulso: nada. La colchoneta estaba salpicada en vómito y El Peta no respiraba. “Le dije al gendarme que estaba muerto. Me dijo ‘Cómo no sabís tomar el pulso’, y me echó. Al salir me puse a llorar: yo sabía que estaba muerto”, declaró Chamorro.

“Paciente de espaldas con vómito, leve percepción de signos vitales, no responde verbalmente, se realiza reanimación cardiopulmonar”, indica el escueto parte de Gendarmería fechado aquella noche. El Peta finalmente fue trasladado a la urgencia del Hospital Sótero del Río poco después de las 2 de la madrugada. La ficha médica elaborada en el recinto asistencial desmiente que se le haya aplicado un proceso de reanimación, constatando las “vías aéreas repletas de vómito” y con una alcoholemia de 2,88 gramos de alcohol por decilitro de sangre. Jorge Ramírez, el Peta, falleció a las 3.50 de la madrugada del año nuevo de 2012.

La condena
Después de la muerte de Jorge Ramírez, Sara Milla entró en una profunda depresión y en tres ocasiones ha tratado de quitarse la vida. Cada vez que asistía a una audiencia las manos le tiritaban y se mordía la lengua de impotencia al ver a los gendarmes en los pasillos. Se sentía completamente abandonada.

Sara trabaja de temporera y últimamente también pinta paredes para sobrevivir. No gana más de 120 mil pesos al mes, por lo que le fue imposible pagar los casi dos millones de pesos que le pedían los abogados para llevar el caso de la muerte de su hijo. Además, actualmente se enfrenta a un juicio por pensión alimenticia que inició en su contra la madre de uno de los cuatro hijos no reconocidos -todos menores de seis años- que dejó Jorge Ramírez.

Luego de golpear muchas puertas, Sara conoció al abogado Homero Caldera, quien aceptó tomar el caso y no cobrarle ni un peso por adelantado. “Lo que me alarmó es que cuando un delito atenta contra los derechos humanos en dictadura es condenable. Pero es doblemente condenable si se comete en democracia. Y que pase así de inadvertido…”, declara el abogado.

Las querellas criminales que interpusieron tanto Caldera como el Instituto Nacional de Derechos Humanos -que decidió sumarse a la causa- se fundamentan en que los actos que llevaron a cabo los gendarmes la última noche del año 2011 constituyen actos de tortura. La sentencia fue dictada finalmente el 17 de noviembre de 2014. Néstor Pinto, Rodrigo Aravena y Juan Tapia fueron condenados como autores de cinco delitos de apremios ilegítimos para obtener una confesión, uno de ellos con resultado de muerte. Al cooperar con la investigación, no tener antecedentes penales y reunir un total de 3 millones 500 mil pesos para repartir entre las víctimas, se atenuaron sus condenas. Pinto fue sentenciado a tres años y un día, Aravena a 541 días y Tapia a 61. Todas las condenas serán cumplidas en libertad vigilada.

-Pinto es un criminal, un asesino. Por mí que le hubieran tirado muchos años más y no que lo dejaran libre- exige Sara Milla.

A través de una demanda civil la madre de Jorge Ramírez busca establecer la responsabilidad del Estado en los hechos y exigir una indemnización monetaria. Con ese dinero pretende pagar una sepultura para su hijo que en la actualidad yace en una transitoria.

El pasado 31 de diciembre Sara Milla fue al cementerio Cordillera a visitar la tumba de su hijo. Allí dejó doce gladiolos rojos y se quedó hasta las diez y media de la noche. Luego regresó a su hogar a cenar con el resto de su familia. La escena se repite el último día de cada año desde que Jorge murió.