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Meg, Molly y Theo son tres jóvenes norteamericanas a punto de convertirse en monjas. El retiro de una semana que termina con la “toma de hábitos” avanza y ellas se apuran en tejer a crochet unas ligas de colores en las que bordan la frase “Jesús me ama”. Apenas termina la ceremonia “las tres mosqueteras”, que visten por primera vez sus hábitos, posan para una foto en medio del patio. Justo antes del click, se levantan las faldas y muestran las ligas “asumiendo unas poses de vedettes” que impactan a todo el mundo. Luego, por supuesto, reciben un castigo por esa “conducta escandalosa”: limpian de rodillas el suelo durante una semana.

Aunque las protagonistas de Flores de sangre son monjas, o más bien precisamente por eso, el sexo y la resistencia son energías que cruzan toda la novela. Meg es descrita como “la encarnación de Afrodita”, la diosa de la sexualidad y la lujuria. Tiene una tía gorda y sensual que vive en un departamento lleno de arte de desnudos eróticos, y cuyo sirviente/amante le receta a Meg “masturbación suave para sanar un cuerpo maltratado”. También hay una escena lésbica entre Meg y Theo, luego de un chapuzón que se pegan piluchas en un río.

Pero hay, sobre todo, un conflicto de Meg con el “infame voto de castidad”, cuando siendo misionera en Chile, en la población La Bandera en los años 70, se enamora de un cura. Así se lo cuenta en la novela a su amiga Theo:

–Alfredo generalmente venía a mi casita en las tardes para tomarnos un vaso de vino. Repasábamos el día, cómo habían resultado las reuniones, cuáles habían sido los problemas en el barrio y qué se podría hacer al respecto. Conversábamos mucho de la situación política. Una cosa llevó a la otra. Nos tomábamos de la mano, nos dábamos un beso de despedida, luego los besos se hicieron más largos y frecuentes… empezamos a buscar esos momentos, finalmente nos encontramos, éramos más apasionados al acariciarnos y explorar el cuerpo del otro. Eso sí, creo que nunca experimenté la penetración completa, así que técnicamente todavía soy virgen”.

Al igual que las protagonistas de su novela, Mary Judith Ress fue una joven monja norteamericana que vino a Latinoamérica de misionera en los 70. Catorce años soportó el voto de castidad, hasta que, como Meg, se enamoró de un cura. Entonces, decidió liberarse de las imposiciones de una institución jerárquica y machista.

–Siempre fue un desafío el tema de la castidad porque una es de carne y hueso, entonces existía la lucha entre seguir sirviendo a Dios y la tentación de caer en pecado y casarse y perder la virginidad. Había muchos “Alfredos”. Después del segundo Concilio se produjo una apertura y los sacerdotes y las monjas comenzaron a trabajar mano a mano. Y por lo mismo, en los años 60 y 70 era mucho más posible que surgieran relaciones románticas. Y hubo muchas parejas que se enamoraron y se fueron de la Iglesia para emprender nuevos rumbos. Las monjas y sacerdotes que éramos partidarios de la Teología de la Liberación teníamos otra visión de la sexualidad y era un tema de discusión constante. Los pastores protestantes, por ejemplo, ejercen su servicio sin ser célibes y eso ayuda mucho, creo yo, a disminuir la pedofilia y otras lacras que se encuentran al interior de la Iglesia católica, que cree que los sacerdotes no pueden intimar con las mujeres porque somos “la tentación”.

MONJA A LA AVENTURA: DE OHIO A LA GRANJA
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Cuando terminó el colegio, Mary Judith tenía dos opciones: casarse, tener hijos y convertirse en una típica dueña de casa de los años 60 en un pueblito de Ohio, en Estados Unidos, o hacerse misionera y salir a la aventura.

“Decidí entrar a las ‘Monjas de la humildad’ a los 18 años. Lo otro era básicamente ponerle fin a mi vida”.
Eran años de efervescencia cultural y de lucha por los derechos civiles, con la guerra de Vietnam como telón de fondo y Martin Luther King como líder. Mary Judith fue a la universidad, se hizo profesora de Historia y desde la propia Iglesia, dirigida por Juan XXIII y luego por Pablo VI –los papas del Concilio Vaticano II–, comenzó a acercarse a las problemáticas sociales y políticas de la época. Junto a grupos de católicos progresistas participó de las marchas que reivindicaban la justicia social. Y cansada de hacer clases en un colegio de niñas cuicas, a principios de los 70 partió a una misión que su congregación tenía en El Salvador.

–El Papa pedía que los religiosos fuéramos a evangelizar por Latinoamérica. La frase clave de todo este período la dijo Juan XXIII: que la Iglesia ya no era una institución sino que era “pueblo de Dios”. Así comenzaron a articularse todas las comunidades de base que tenían un componente político importante, basado sobre todo en la ideología socialista. En la Iglesia se entendía al marxismo como una herramienta para hacer el reino de Dios en la tierra. Creíamos que el socialismo era por lejos el sistema más igualitario y que eso era lo que hubiese querido Jesús. Hay que decir que también existía otra facción en la Iglesia que luchaba en contra del marxismo.

Luego, Mary Judith recibió el llamado de David Molineaux, un carismático cura norteamericano que convocaba a religiosos para ir a trabajar a Perú. David se convirtió en su propio “Alfredo”. En 1977 ya estaban casados y viviendo en Chile como misioneros laicos. Aquí trabajaron en la población Joao Goulart de La Granja. “En Chile estaba la figura aglutinante del cardenal Raúl Silva Henríquez. En esa época yo trabajé codo a codo con la Vicaría de la Solidaridad y pude comprobar cómo esa entidad era concebida en el extranjero como el gran garante de la justicia en Chile. Lo que sí está claro es que el cardenal se sentía políticamente mucho más cercano a la Democracia Cristiana que a los partidos más radicales de la izquierda. Yo creo que la Vicaría, sin lugar a dudas, hizo más que él. Y también existían sacerdotes mucho más progresistas, como Mariano Puga, José Aldunate, Esteban Gumucio, Rolando Muñoz y muchos otros. La denuncia que hace poco hizo Ezzati contra ellos en el Vaticano me parece un absurdo”.

En Santiago, conoció a la monja Ita Ford, que trabajaba en la población La Bandera y venía de la misma congregación que ella. Ford fue una de las cuatro misioneras norteamericanas que trabajaban con los refugiados de la guerra civil en El Salvador, y que fueron violadas y asesinadas por agentes del gobierno de ese país en 1980. A ellas les dedica Flores de sangre.

EL ECOFEMINISMO
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Hoy, Mary Judith vive sola en la Villa Frei, en Ñuñoa. Tiene dos hijos, tres nietos y está separada de David. Sus inquietudes religiosas han derivado en una búsqueda espiritual y en reivindicaciones de género que la llevaron a identificarse con el ecofeminismo y las terapias alternativas, como los ritos chamánicos y la biodanza. “La Iglesia católica pasó de moda y está in lo new age, las prácticas espirituales de sanación. Es como cambiar el silicio por las flores de Bach”.

¿Qué es el ecofeminismo?
Es la combinación de una ecología profunda con un feminismo radical que siempre se está preguntado acerca del patriarcado: por qué tanta dominación sobre la mujer y sobre la naturaleza. Yo creo que el feminismo tenía que evolucionar hacia el ecofeminismo. Tenemos que darnos cuenta de dónde estamos en nuestra historia, nuestra relación con el planeta, que es un ser vivo, una creación de Dios. No lo podemos seguir destruyendo así. Estamos desconectados de nuestra madre, que es la pachamama.

Como madre y feminista, ¿qué piensa de la eterna no-discusión sobre el aborto en Chile?
Estoy completamente de acuerdo con las tres razones para el aborto que plantea el gobierno de Michelle Bachelet: violación, incompatibilidad del feto y el riesgo de vida de la madre.

¿Y con el aborto a secas?
Mira, nosotros hemos acompañado a muchas mujeres en este proceso y creemos que lo más importante es la ética del cuidado. Nosotras acompañamos en la decisión a las mujeres. Yo creo que es un tema de salud pública antes que valórico.

¿Qué le pareció lo que dijo la ex ministra Helia Molina?
Estoy de acuerdo porque yo conozco a mucha gente cuica que ha abortado en clínicas privadas. Todo el mundo lo sabe.

Que este progresismo feminista provenga de una espiritualidad religiosa escandaliza a los sectores más conservadores de la Iglesia católica. Así lo confirma un texto de la agrupación Acción Familia titulado “Una revolución enquistada en la Iglesia intenta destruir la civilización y la moral cristiana: Desde la teología de la liberación a la teología eco-feminista”.

El escrito identifica a Mary Judith y su colectivo feminista Con-spirando como líderes de este ataque a sus valores: “Algunos pensarán que tales aberraciones sólo pueden darse en la cabeza de pobres extraviadas que, de tanto leer y sofismar, llegaron a esas conclusiones. ¿Pero qué diría usted si supiese que esta doctrina está siendo enseñada por religiosas de Chile y de América Latina, que ella posee una vasta red de contactos internacionales, que cuenta con publicaciones que llegan a conventos y que son estudiadas y puestas en práctica en ‘retiros’ a lo largo y ancho de todo el continente?”.

Acompañada de su perra y su gata, Mary Judith se ríe y dice que no tiene nada que comentar al respecto. Asegura estar en un momento de su vida en el que sólo le preocupa cuidar a su gente y a su tierra, y se despide cantando en inglés una vieja canción de Frank Sinatra: “No lloren, jóvenes amantes/ No lloren por mi soledad/ Todos mis recuerdos son felices esta noche/ Yo ya tuve mi amor”.

La Teología Indecente
En un texto escrito para el lanzamiento de Flores de sangre, la antropóloga Sonia Montecino reflexiona: “Quizás uno de los tabúes más poderosos ha sido para las mujeres no solo hablar de sus deseos, sino dejarlos fluir, y en tu novela se muestran de manera prístina los laberintos que hay que transitar para lograr una coherencia entre lo que se piensa y lo que se siente. Si consideramos que es una monja el sujeto de un discurso de liberación sexual, una mujer moldeada dentro de preceptos religiosos rígidos y culposos… estamos frente a una gozosa transgresión que hace bien a todas las mujeres”.

En el mismo escrito, Sonia vincula a la novela con la “teología indecente” desarrollada por Marcella Althaus-Reid, una teóloga argentina y académica de la Universidad de Edimburgo, en Escocia, que cruzó a la Teología de la Liberación con el feminismo y la teoría queer. Su libro La teología indecente: perversiones teológicas en sexo, género y política, consta de estos cinco capítulos: Proposiciones indecentes para mujeres que desearían hacer teología sin ropa interior; La virgen indecente; Cantar obscenidades a la teología: La teología como acto sexual; La teología de los relatos sexuales; y Grandes medidas económicas: conceptualizar los procesos de erección global.

Y así lo explica Marcella en la introducción: “¿Debe la mujer llevar bragas en la calle o no? ¿Debe quitárselas, digamos, cuando decide acudir a la iglesia, como recordatorio más íntimo de su sexualidad en relación con Dios?… La teóloga argentina desearía entonces desprenderse de su ropa interior para escribir teología con honestidad feminista, sin olvidar qué significa ser mujer al abordar categorías teológicas y políticas. Yo debería tildar de indecente a semejante teóloga y de teología indecente a su reflexión… [que] cuestionará el campo latinoamericano tradicional de la decencia y el orden que impregna y sostiene las múltiples estructuras (eclesiológicas, teológicas, políticas y amatorias) de la vida de mi país y mi continente”.

Mary Judith ha leído con interés sobre esta teología indecente y su autora: “Ella trabajaba la teología queer, que se pregunta quién define lo que es correcto y lo que es diferente, y desafiaba fuertemente a las otras teólogas. Su método también era interesante porque ella hizo mucha performance”.

Flores de sangre
Mary Judith Ress
Cuatro Vientos, 2014, 225 páginas.