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Mi padre fue un hombre ejemplar. Murió a los 90 años después de una larga enfermedad, y hoy no puede defenderse ante una serie de injurias que este medio publicó hace algunos días. Como su hijo, es para mí un honor y un deber defender su imagen y aclarar hechos que han sido presentados como verídicos, pero que mucho distan de la realidad.
En este sentido, más allá de la fantasía del autor de un libro que tergiversa la verdad, creo necesario escribir estas líneas para contrastar la versión entregada por The Clinic, un medio al que le es exigible comprobar y contrastar las versiones que se le presentan con la realidad.

Mi padre, Miguel Kast Shindele, llegó a los 26 años a Chile, no como un prófugo (como aseguró este medio) sino como un hombre libre, que soñaba con un futuro mejor para su familia. En nuestro país, la gente lo acogió con cariño y él respondió a ello siendo siempre un hombre solidario con los más necesitados y jugado por el desarrollo de la zona que lo acogió, en la Provincia del Maipo. Fue Rotario, miembro de la Cámara de Comercio, del Comité de Adelanto del Hospital de Buin, de la Asociación de Canalistas, integrante de Centros de Padres, bombero honorario, promotor de reconstrucción de iglesias y viviendas post terremotos, firme promotor de Centros de Adultos Mayores, padrino de muchas escuelas básicas, entre muchas otras actividades.

Su vida dedicada al trabajo y su familia y al servicio por la comunidad, le significó el honor de obtener la nacionalidad por gracia en 1995, y fue declarado hijo ilustre de la Comuna de Paine, donde vivió para ver, además, con gran orgullo que tanto uno de sus hijos como una de sus nietas fueron elegidos por la ciudadanía como primeras mayorías electorales.

El libro al que hace referencia el artículo publicado por este medio usa como “fuente” un texto biográfico escrito por mi madre, Olga Rist Hagspiel, titulado “Misión de Amor” (que -demás está decir- recomiendo leer). De ese texto, se extraen algunos pasajes, pero se tergiversa y usa de forma mañosa la información, y además se presenta como algo oscuro y poco claro, dejando de lado todo contexto y agregando personajes e historias que nada tienen que ver con la vida de mi padre. Sobre ello, quiero aclarar que, al igual que millones de alemanes, mi padre tuvo que cumplir con su servicio militar obligatorio en el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, al cual ingresó en el año 1942 (a tres años de iniciada la guerra), con 18 años, y salió de éste en el año 1945, con 21 años, con la única idea de no tener que ser parte nunca más de una guerra.

Llegó a Chile a fines del año 1950 con todos sus documentos en orden; a partir del año 1965, y hasta 2007, cuando enfermó para morir en paz en 2014, volvió regularmente a su tierra natal en el sur de Alemania, como lo hace cualquier persona que no tiene nada que ocultar. La pregunta entonces es ¿cómo podría alguien cuya documentación es falseada salir de Chile e ingresar una y otra vez a Alemania?

En otra parte del artículo al que hago referencia se trata de vincular a mi padre con la muerte de Pedro Vargas –que ocurrió en 1973-, militante del MIR que trabajó con mi padre en aquellos años. Lo que no se dice es que junto con Pedro Vargas, trabajaban también su padre, don Bernabé Vargas, su hermano Jorge y uno de sus cuñados -casado con Silvia Vargas-, quienes tras la muerte de Pedro siguieron trabajando con mi padre hasta que jubilaron. ¿Puede alguien creer que alguno de ellos habría seguido trabajando con mi padre si hubiesen tenido alguna remota sospecha de que mi padre tuvo alguna participación en la muerte de su hijo, hermano y cuñado? Sólo el autor del libro.

Mis padres fueron personas profundamente cristianas y siempre tuvieron un profundo respeto por la dignidad y la vida de las personas, y así lo han testimoniado cientos de personas que los conocieron y que hasta el día de hoy los visitan en su última morada. 

Escribo estas palabras como un deber no sólo por respeto hacia mis padres, sino también por un mínimo de rigurosidad en la información que se da a conocer. Insisto, me parece que a un medio de comunicación como The Clinic se le puede y debe exigir un mínimo de rigurosidad periodística.

Y a través de estas palabras, quiero también expresar al autor del libro en cuestión que lamento su actitud y forma de actuar, porque creo que quien sin conocimiento de causa trata de enlodar la imagen de otro, sin razones ni argumentos, sólo se hace daño a sí mismo. Estoy convencido que si el autor de este libro no cambia de actitud, la amargura y la mentira lo acompañarán a lo largo de su vida. 

*Diputado UDI.