CLAUDIA DONOSO

“Si entra un jorobado a esta pieza, yo de todas maneras voy a decir algo de la joroba, es algo más fuerte que yo. Es atroz, es espantoso”, explica Claudia Donoso sobre el trastorno que se acaba de diagnosticar: es contrafóbica. Arranca del miedo corriendo hacia él. Si el león no la ataca, ella va y le ruge en la cara.

El año 2007 enfrentó una depresión entregándose a ella por completo. Dejó de trabajar, se fondeó en Catapilco y no quiso saber más. “Ahora que lo puedo ver en retrospectiva, lo que hice fue una cosa muy rotunda: encamarme. Yo me metí a la cama y estuve en cama unos cinco años. Pero al final logré lo que buscaba: desformatear mi disco duro”.

Así fue que un día agarró unas tijeras, unas revistas viejas y se puso a hacer los collages que terminó exponiendo con récord de ventas en la galería Casa E de Valparaíso. Eso fue el 2012 y por esas fechas juraba que no volvería a escribir. Ahora confiesa que siempre lo ha estado haciendo, pero para callado. Perra Peta Lyrics se llaman de momento los versos y prosas que le está escribiendo a la perra Peta, la más amarilla y vieja de sus quiltras.

Además, la reedición de su elogiado Insectario Amoroso (Ediciones UDP), publicado originalmente en 2004, le movió un poco el piso. Primero vino una detonación de energías que la tiene muy contenta, acompañada luego de una pequeña crisis: la sospecha de que su libro podría quedarse sin lectores por parecer difícil o, peor aún, intelectual.

–Ahora estoy haciendo cosas con la Julia Toro, la fotógrafa. Entonces la Julia tenía mi libro y yo sabía que ella no podía leerlo, pero estaba como obligada. Y ayer me dijo: “Leí”. Pero eso nomás, “leí”. Yo le dije: “Julia, yo sé que mi libro no se puede leer. ¡Pero en mi libro sí pasan cosas!”. Qué sé yo, la gente tiene amores, viaja a Oriente, juegan pimpón… ¿O es muy raro mi libro?

–No creo. Tiene muchas imágenes poéticas para leer atento, pero no es lo que uno llamaría un libro cabezón…
–¡No tiene nada de cabezón, eso es lo que me interesa que quede claro! O sea, por decir un súper lugar común: ¡socorro, yo no soy la Diamela Eltit! Pero yo no quiero pitiarme a la Diamela, y como ella y otros cuantos, también estoy en una literatura más experimental, ¿se entiende? Lo que me da miedo es que quede como un libro que exige armarse de valor para entrar. Porque a mí me interesan las lecturas, ahí es donde pasan cosas… Por ejemplo, con esto de la publicación, Matías Rivas me pasó un montón de libros, y entre ellos venía La ordinariez, de Marcelo Mellado. ¡Estoy deslumbrada con Marcelo Mellado! Vengo de estar con él en Valpo, porque leí a Marcelo y dije ¡quiero tocarlo, quiero hablar con él! Y una cosa que me fascinó es su posición contra la verdad. O sea, aquel que siente y pretende tener la verdad es, como dice Marcelo, cerdofascista. ¡Uff, qué tranquilidad que alguien te diga eso! Porque el cerdofascismo está a todo nivel, incluso en el ámbito cultural, donde el estilo teorético feminista y el deconstruccionismo duchampiano al peo tejen sus intrigas y van creando sus mafias y mercados. Y ahí también se arman los autoritarismos y se instalan los “poderes fácticos”, como diría Mellado, que les caen encima a los jóvenes, que se sienten obligados a hacer obras de teatro y guiones de cine truculentos para pasar de curso.

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–¿Algún ejemplo de esto último?
–Bueno, hace no mucho me llegó un cabro pasado por la escuela del Teatro de la Memoria y me pidió que le ayudara con el guión de una película: se trataba de una muchacha tuerta con un papá sicoanalista y una mamá escritora suicidada que parece que en realidad no se había suicidado sino que el papá sicoanalista la había matado. Y mientras tanto la hija tuerta, a la que su papá sicoanalista se quería tirar, traficaba morfina y no sé qué más con una banda de marginales que se habían infiltrado en los hospitales de Santiago como paramédicos… ¡córtala!

–¿Lo pudiste ayudar?
–No, no pude y se lo dije: “No voy a meterme en esto porque no lo siento, y te recomiendo que inventes algo que tenga que ver con la vida que has vivido”. Otro cabro, gay, amigo de mi hija, también me contó cuestiones de este tipo. De cómo, además de pagar 400 lucas al mes, quedó con la autoestima pa la corneta, más abajo de lo que ya la tenía, porque no es buenmozo ni lindo y no cantaba como se debe la Marsellesa de Foucault… Me carga la gente asegurada y que da puras puntadas con hilo. Entonces ya hay por lo menos unas cuarenta niñitas académicas repitiendo como loros y haciendo tesis por encargo subliminal de las vacas sagradas del oficialismo ochentero.

LA BANALIDAD DEL MAL

–Quizás un libro como el tuyo, más que difícil de leer, es difícil de situar, de explicar, y la gente también anda buscando mapas donde ubicarse.
–Puede ser, uno anda buscando dónde pararse, dónde afirmarse. Como estamos todos muy perdidos, muy en un dilema de entender qué podemos hacer, hay una súper angustia de necesitar respuestas, entonces la gente como que se ataranta y se agarra de algo… Pero igual es entretenido cómo funcionan las cosas que pasan por tu cabeza. Por ejemplo, yo andaba muy tomada con “la banalidad del mal”, porque me fascina ese título. Pero no me la pude con el libro de la Hannah Arendt, no estaba de ánimo, así que pillé la película de la Margarethe von Trotta en YouTube, ja, ja, ja. ¡Y no necesito leer el libro, está todo ahí! Es alucinante, estoy muy metida con el tema de la banalidad del mal.

–Hannah Arendt vio la banalidad del mal en el contexto del holocausto, al notar que Eichmann, cuando embarcó a los judíos en los trenes hacia los campos de concentración sentía que sólo estaba cumpliendo un acto administrativo. ¿Dónde ves tú, ahora, la banalidad del mal?
–Claro, se trata de que el mal lo produce la obstrucción mental más básica y mecánica. Y yo siento que la banalidad del mal opera ahora uniformando, pero haciéndote creer que te estás individuando. Sobre todo en esta cultura globalizada de las redes, donde se supone que participas y te compartes con otros como un ser que crea su identidad, que quiere ser él, pero finalmente son todos parecidos, haciéndose selfies y apretando todo el tiempo un botón que dice “me gusta”. Está muy impedido hacer realmente el camino del individuo. La realidad está muy tramposa, te puede convertir en una salchicha en un abrir y cerrar de ojos. Estamos todos en calidad de salchichas, en una cadena que no cesa, ¡va demasiado rápido!

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–El tiempo…
–¡Si ya no hay tiempo! Yo creo que de verdad pasa algo como físico cuántico, que la realidad se hace humo. ¡Uno es como un escupo! Y por supuesto está todo ese neoliberalismo salvaje, el consumismo criminal, donde un lápiz te dura media hora y te tenís que comprar diez más, o que el famoso MacBook te dura un año y ya quedaste atrasado y además se revienta la huevá, por la perversidad de las “vidas útiles programadas”… ¡Está demasiado perverso todo! ¿Entonces cómo te apeas de ese caballo? Yo creo que haciendo el loco. Hay que darse cuenta de cómo opera el miedo en ti mismo, encontrar ese hilo y detectar ejercicios personales contra el autoritarismo. Pero antes de eso no sacas nada con llenarte de teorías. Tienes que buscar tu propio lenguaje, tu propia fuerza.

–La cosa no pasa por leer a Foucault, dices tú…
–¡No! Mejor ve la película, ¡ja, ja, ja! O leerlo salpicado, como “el lector salteado” de Macedonio Fernández. O sea hasta cuándo, qué opresión, todo como ay, tan fundamentado, y las palabras se convierten en… ¡en nada, si no es vivo! Porque como decía mi gran amiga la Stella Díaz Varín: “¡Condición sine qua non para morirse estar vivo, pues!”. Hay que preguntarse cómo estar vivo. Por ejemplo, todo el cuento de los estudiantes y los profesores alegando, encuentro súper muerto cómo lo hacen. Nunca he escuchado que propongan algo atractivo sobre qué se puede enseñar. ¿Cuál es la crisis de la educación, qué quieren aprender para poder defenderse y no convertirse en salchichas? Yo enseñaría dos cosas: una, que los seres humanos somos uno más entre los mamíferos, eso en kínder, no, en prekínder; y segundo, hay que enseñarle a la gallada a ser autodidacta, a que la alfabetización sirva para potenciarte las ganas en vez de quitártelas. Y que no necesitas ir al colegio ni entrar en esa bolsa de huevones que se diploman y después se doctoran y se vuelven a diplomar, sino que apoderarte de tu lengua para vivir en tu ley, con tus temas, con tu guión, con tu casting. Y al hacer tu casting te vas asociando con otros productores que anden en la misma volada tuya, o en una súper diferente si quieres cambiar de guión. Eso pasa mucho en la música, que sí es una cuestión de cultura masiva y menos domesticable. Ahí el lenguaje está más liberado y produce variedad, produce formas, empatías, amor también, porque la gente se encuentra en las vibras que se desprenden de todo este caldo… ¡un caldo que tiene ver lo vivo! Si ahí está todo lo importante.

–¿Qué otras trampas nos hace la banalidad del mal?
–Bueno, hay otra trampa mortal: que te contentes con follar fácil, con tener una vía expedita al placer. Como nosotros somos mamíferos, nos debatimos entre el dolor y el placer. Entonces el sistema, la siniestrura, te trata como un chancho de criadero. Y qué necesita el chancho: que le hagan cariño en la pichula un rato, y va a seguir engordando para que lo faenen. Eso nos están haciendo. Por supuesto que todos queremos sexo y yo estoy muy a favor de no mezclarlo con teleseries absurdas, pero tienes que preguntarte por qué el sistema te facilita tanto el acceso al placer.

–Y ya que somos mamíferos, ¿qué le gana al placer?
–¡La muerte, oye! ¿Te parece poco? Por eso hay que darse por aludido y fabricarse un guion en la vida. Hace poco un amigo gay estaba sufriendo horriblemente porque el otro tipo, su amor, además de haberlo dejado se había puesto a follar en la pieza de al lado con una mujer, y mi amigo enamorado sufriendo como chancho. Entonces nos escribimos por esto y él me decía “bueno, es que también nosotros nos inventamos unos guiones de la puta madre, ¡tenemos que estar en la novela!”. De eso se trata, el guion tiene que ser entretenido, yo me lo estoy armando todo el tiempo. También es un problema, porque tengo una adicción a la intensidad y de repente tenís que parar lo que Barthes llama “la locuela”. Si no, se te acaba la pila en la mitad y cagaste, te pisa el Gran Batracio.

–Eras una periodista muy valorada en tu área, ¿por qué saliste arrancando?
–Porque llevaba demasiadas décadas escribiendo en la misma palmeta de 30×20 centímetros, donde nunca va a caber lo que hay que hacer caber. Y es una maldición donde tu pequeño ingenio va cavando tu propia tumba, porque si ya lo hiciste bien, te van a seguir pidiendo lo mismo hasta que te mueras. Una vez me dijeron: “Es que tú haces estas entrevistas tan buenas en que les sacas juguito del alma a los entrevistados”. No podís comer esa mierda, alimentarte de tan poco. Y al final, me fue bien, porque ahora estoy viviendo de los collages, y hasta terminé trabajando en propiedades con unos amigos de Putaendo. Así es que yo les diría a los periodistas –que son gente muy creativa, y sin creerse el hoyo del queque– que hagan abandono de sus escritorios de inmediato. Sobre todo si no han tenido guagua todavía, ¡váyanse, huyan a perderse!

–Tú te perdiste en Catapilco y de tanto no hacer nada, empezaste a hacer collages. ¿Qué pasó ahí?
–Pasó que tenía unos libros del Tesoro de la Juventud y un día los empecé a mirar, porque no tenía tele, porque no tenía radio, porque no tenía a nadie, porque estaba sola, porque estaba con mucho dolor. Pero como a la vez ya estaba libre, desprogramada totalmente, también pude agarrar la tijera y acceder a un depósito donde se había acumulado mucho material frenado, un material visual que salió como por un tubo. Además, durante los años de este proceso yo me salí del alcohol, que era un anestésico fijo en mi agenda. Y hace poco dejé el cigarro, y dejé los antidepresivos. O sea, estoy a poto pelao en el combate contra el miedo.

LAS DAMAS DE COMPAÑÍA

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–Después de salir del pozo, ¿por qué te quedaste en Catapilco?
–Yo no sé mucho dónde voy a vivir. Lo que sí sé es que necesito una especie de gran silencio. El ruido me mata, me demuele, tengo como un problema biológico con el ruido. Y este es un país atrozmente ruidoso, donde vayas hay una radio o una tele prendida. Ahora, yo también tengo el problema de no salir de Chile. No tengo plata y tampoco estoy metida en redes que me inviten a cuestiones, pero además me da mucho nervio. Ya viajar de Catapilco a Santiago para mí es una inestabilidad espantosa. Yo me desestabilizo muy fácilmente.

–¿Y cómo vives allá? Hay bastante sequía, ¿no?
–Una sequía horrorosa. Pérez Yoma se chupó toda el agua de la provincia de Petorca, ahí los DC se robaron el agua. Ahora es un peladero de paltos quemados y sedientos que parece expresionismo alemán, no quedó títere con cabeza. Pero bueno, yo he optado por vivir sin agua. Como el agua es lo que atrae a la gente, y yo quiero vivir donde haya la menor cantidad de gente posible, no tener agua debiera ser una ventaja. La gente puede ser un inconveniente mucho más grave que la escasez de agua.

–¿Y cómo vives sin agua?
–¡Vivo sin agua, qué tanto! Oye, si uno no necesita tanta. Yo me baño con cuatro jarros de agua, a la antigua como en los cuadros de Renoir, que me carga. Bañarse todos los días es una costumbre discutible, porque como decía una amiga mía que está pesando 38 kilos, “en la ducha se te va la poca grasita que uno va juntando”. Además no te vas a ir a Catapilco a regar y a plantar pasto. Porque esa es otra: la tontera del pasto, la gente tiene que vivir con pasto para tranquilizarse.

–¿Y qué tienes en tu entorno? ¿Tierra seca, animales?
–Tengo tierra seca, no tengo ni una sola manguera y tengo seis perras. Me doy cuenta de cómo estoy en sintonía con esto de los mamíferos que te decía, por una especie de crítica cultural al antropocentrismo. Nosotros no podemos seguir pensando en el ser humano –el mamífero más depredador– como esta cosa superior y tan estupenda. Somos hermanos de los animales. Esas perras mías son mis damas de compañía, son mi corte, faltaría nomás ponerles unos vestidos así como preciosos de la corte de Francia… Salgo todas las tardes a cazar con ellas.

–¿A cazar qué?
–Conejos. Y mis damas de compañía cazan conejos y corren por los cerros y el espectáculo de esa felicidad me devuelve el alma al cuerpo. En ese paisaje que adoro, ese Norte Chico seco, con espinos, quebradas… hay una quebrada bellísima, que ahora me estoy pudiendo meter por ella. Pasé mucho tiempo fumando y mirando por la ventana, como en un departamento pero en el campo. Ahora me estoy pudiendo contactar con la naturaleza y me estoy metiendo por la quebrada, ¡y estoy alucinada! Capaz que no salga más.

–¿Y cómo es la gente de Catapilco?
–Buena onda, la gente se saluda, se conoce, están todos emparentados. Pero eso de que “pueblo chico, infierno grande”, sí, se cumple. La siquis rural es tan compleja como la urbana, cada uno con su neura y sus prejuicios. A mí me miran un poco a huevo porque son fijados en los autos y yo ando en un Susuki Baleno del 98 lleno de polvo, pero impecable por dentro. Y el machismo huaso es de terror. Las mujeres ya no les aguantan como antes, ahora se mandan a cambiar si se ponen pesados, y ahí quedan los huasos llorando porque no pueden vivir sin ellas. Pero ser mujer sola en el campo igual puede ser pesado. El mamífero depredador es ambivalente, un embutido de ángel y bestia, como dijo Parra. Así que no es mala idea pasearse de vez en cuando con la carabina recortada.

–¿Tienes una carabina?
–Sí pues, mi carabina de Ambrosio. Y como no quiero que me salga el tiro por la culata, me inscribí en un polígono de tiro de Quillota que me recomendó un columnista de ustedes, Bruno Vidal. Saber manejar un arma te da seguridad. Ahora, lo que me fascina de la gente en Catapilco son las expresiones de los antiguos. Se interpelan unos a otros de “pariente”, “oiga pariente”. Y tienen unas salidas… Hace poco un vecino, mientras caminábamos por un potrero hablando de la vida, me dijo: “Oiga señora Claudia y usted que no tiene pareja, ¿qué hace cuando le dan ganas de gritar el Viva Chile?”.

–¿Y qué le contestaste? Porque pareja no tienes, ¿no?
–No, no tengo, así que me vi apretada. Y ahí me salió la contrafobia. Le dije: “Qué cree usted pues, don Arnaldo. Soy bien discreta y me gusta la variedad, así que agarro el auto y me voy pal puerto porque Catapilco no da: soy mucha carne pa un solo gato”.

ELLABERINTO DE LA FAMILIA

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–En Insectario amoroso juegas a fundir un poco las identidades masculinas y femeninas. ¿Crees más en la mezcla?

–Lo que a mí me gustaría es poder optar, alternativamente, a lo femenino y a lo masculino. Y que todos pudiéramos pasearnos entre lo uno y lo otro. Pero no tengo mucho discurso al respecto, más bien es por llevarle la contra al estereotipo hétero masculino, que me parece un vértice cultural mucho más violento, ponte tú, que el tema del capital y la lectura materialista dialéctica. Me carga decir “patriarcado” y todo ese lugar común feminista, pero si tú miras el siglo XX, es evidente que la gran mega revolución ha sido la de las mujeres. Es el cambio más radical que tenemos ante las narices.

–¿Qué te parece que cada vez más mujeres jóvenes decidan que no van a tener hijos?
–Ah, me parece fascinante. Esa no fue una opción en mi tiempo, y me hubiera encantado tenerla. Tampoco fue una opción el lesbianismo, y me hubiera gustado tenerla también. Entonces me encanta la idea de dar vuelta todo ese discurso llorón, estúpido, de que una mujer “no se cumple entera” si no ha parido. Si una mujer no ha tenido hijos, ¡bravo, fantástico!

–Además de “cumplir la maternidad”, está lo de tener hijos para cumplir el sueño de la “familia feliz”.
–Mi problema con la “familia feliz” es su uso para encadenar económicamente, y para meter miedo: “tú protege a tu familia y olvídate del resto”. Es un discurso muy salvaje. Y está lleno de estos niños gordos tiranos que manipulan a sus padres con las culpas y todo eso. Pero la familia como tal es incontrovertible, tiene que ver con los mamíferos que somos. Y es el gran escenario dramático en la historia del hombre: el padre, la madre, el incesto, el parricidio, la madre con la hija, todas esas tensiones tremendas.

–Hay varios relatos en tu libro que son como pequeños mitos de las relaciones filiales.
–Sí, creo que hay que hacer ese recorrido oscuro por los vericuetos de la historieta personal. Por el laberinto de los afectos, de las violencias intrafamiliares, de los dolores síquicos en que te formaste.

–¿Conviene abrir esas heridas?
–Sí, es bueno transitar eso. Y después manejarlo ahí al ladito, porque no puedes vivir para siempre echándole la culpa a tu mamá o a tu papá, y por supuesto la culpa es lo peor que se ha inventado. ¡Mis padres no tienen la culpa de nada, por Dios! Ni yo tengo la culpa de nada con mis hijos, claro que no. Pero es bueno haber entendido qué pasó, qué rol te tocó a ti dentro de la tragedia familiar: la del hijo preferido, la del hijo que nadie vio, la del marido de la mamá… A todos nos toca una especie de dramón personal entre esas miles de figuras posibles, y ahí se procesa algo que tiene que ver con una identidad más llevadera. Ese es tu material para dar la pelea de inventarte a ti mismo.