cecil caza leon africa animales EFE

El debate en torno a qué vida importa más, entre humanos y animales, es muy antiguo. Es uno de los grandes debates postmodernos y no sólo se ha dado aquí en Chile. Es un tema importante, con una ejemplificación que a veces puede ser un poco brutal.

Se tienen que reconocer tres niveles con relación a esta idea. En primer grado, están quienes entienden la especie animal como admirable para la vida humana, que sería el grado normal y común del asunto. En una segunda etapa, están quienes entienden que los seres humanos somos animales, al igual que los otros animales, y que por lo tanto tenemos los mismos derechos. En un tercer nivel, se conciben los animales como una especie superior a la nuestra porque no pecan, no se equivocan, no se suicidan ni cometen ninguno de los errores que cometemos los seres humanos. Entonces, no sólo tenemos los mismos derechos que ellos, sino que tenemos menos. Ese es el antihumanismo, una filosofía como la de Nietzsche y algunos hindúes de las regiones orientales. Un pensamiento totalmente válido y racional, que llegó al poder en Alemania en los años treinta.

En la cabeza de algunos, muchas de estas esferas se confunden, porque no tiene nada que ver el cuidado del medioambiente con la filosofía de que el ser humano es un problema. La mayor parte de la gente no es consciente de ninguna de las filosofías que rigen sus pensamientos. Quienes critican a Franco Ferrada no dicen lo que dicen porque son tontos o irracionales, están respondiendo a un profundo debate intelectual.

Esta es una controversia que se ha visto repetida, una y otra vez, en distintos escenarios: el ser humano es una bestia, que a diferencia de los otros animales, mata y destruye por placer, no responde a los instintos y es capaz de tomar decisiones. El ser humano entonces es un problema, porque es culpable y no inocente, y por eso merece todas las desgracias que le suceden. Estas filosofías antihumanistas, apocalípticas, siempre han existido.

El discurso humanista, de la democracia, de la racionalidad, son discursos dominantes a través de la historia, pero nunca han convencido a todo el mundo. Como Nietzsche o Heidegger, los pensadores más importantes de la época actual, son antihumanistas y tienen posiciones en contra de la humanidad como un deber ser. Son pensamientos respetables, pero también muy peligrosos.

Me parece una forma de delirio la sola pregunta sobre “qué vida importa más”, creo que ningún león se preguntaría eso. No me puedo dar el privilegio de dudar. Franco es un ser humano, tiene conciencia de la muerte y ha hecho un acto. Franco es de mi especie, tiene un tipo de dignidad que tiene que ver con la conciencia y con la palabra. Los animales son bellos ejemplares, que merecen todo el respeto y la simpatía del mundo, pero si se empiezan a comer a Franco, hay que matarlos tarde o temprano.

Para mí, para la ley, para la civilización, si Franco está en peligro, él es la prioridad. Si Franco fuera asperger, o tuviera síndrome de down, nadie lo atacaría. Aquí el centro del asunto y lo que me aproblema es la constante búsqueda del inocente. El amor a la inocencia. Los animales son amados en torno a su inocencia o a su incapacidad de hacer el mal gratuitamente o tomar decisiones morales. Es el mismo amor que sienten por los fetos algunas personas híper católicas o el amor por los árboles, que significa el odio ante cualquier ser con decisión moral o cualquier pecador.

Costó muchos años instalar la idea de que todos somos pecadores y por lo mismo no tenemos derecho a juzgar ni a condenar, pero esa idea se acabó. Franco es culpable, entonces él no es bueno, entonces él no es inocente, entonces él merece morir. En cambio, los leones no le hicieron daño a nadie, porque los leones no tomaron ninguna decisión. Es el fin de la moralidad que entendemos. La idea de que sólo alguien que no ha pecado sea un sujeto moral, hace que todos estemos excluidos del tema moral. Cuando Jesús le dijo a los hombres que atacaban a una prostituta “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, nadie se atrevió a tirar la primera piedra. Los niños, los fetos, los animales y las plantas nunca han pecado, y es curioso que esos sean los únicos sujetos que merezcan el respeto de todos. En cambio, los delincuentes, que se mueran.

Ahora que intervino el doctor Bitrán en el asunto, y dijo que Franco era un enfermo y no tenía la culpa, porque no tenía un discernimiento moral, recién lo podemos perdonar. Pero si Franco Ferrada no tuviera ninguna enfermedad, que la tiene, y fuera simplemente alguien que tomó una decisión estúpida y equivocada, entonces merece morir comido por los leones. Entonces todas las personas que hacen estupideces, merecen ser comidos por los leones. Entonces en la cárcel pública mejor ponemos leones en vez de gendarmes, para que los leones se coman a todos los delincuentes. Esa idea, que parece una idiotez, está totalmente naturalizada. Que a los delincuentes hay que matarlos, que al que robó hay que cortarle la mano, que al que viola hay que castrarlo. Esa es la naturaleza de una filosofía que parece buena, porque la dice un tipo con el pelo largo que te vende hamburguesas de soja a la salida del metro, pero detrás esa idea está la ley de la selva. En la ley de la selva el león es el rey. Lo que hay detrás de esto es que los débiles, los tontos, los locos, los pobres, merecen morir porque toman malas decisiones, entonces los leones están ahí para comérselos.

Si se trata de un león, alguien que se mueve por instinto y no tiene uso de sus facultades mentales, entonces se le puede perdonar. Franco Ferrada, si no estuviera enfermo, evidentemente hizo una imbecilidad. Si fuese así, la mayor parte de la gente debería morir, porque no conozco a nadie que no haya hecho una imbecilidad. Es el fin de la gran idea cristiana, la idea de la culpa. El advenimiento absoluto del individualismo total y la ley de la selva.