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Tengo 51 años y vivo en Vila Autódromo hace 22. Me crié en la Favela de Rocinha, pero mi sueño era dejar ese sitio, porque las casas allá eran muy pequeñas. Sólo pude hacerlo cuando me casé y tuve a mi hija. Llegué a Vila Autódromo cuando había poca gente viviendo allí y quedé encantada con la comunidad. Eran enormes parcelas que se fueron poblando de a poco por los pescadores del lugar y los trabajadores del Autódromo. Al principio, éramos cerca de 200 familias, pero con los años llegamos a ser 700. Nuestra presencia allí siempre fue incómoda para el gobierno de Río de Janeiro. En el aire siempre estaba la idea de la remoción y vivíamos con miedo a que eso sucediera, porque la tierra que habitábamos, que era pública, tenía un valor enorme.

Con el tiempo la comunidad fue logrando mejoras. Teníamos mercados, servicios básicos, y transporte, entre otras cosas. Eso, sin embargo, no alejó el fantasma de la remoción, que se concretó finalmente en el 2013. Ese año, el alcalde dio un discurso diciendo que en el lugar se levantaría el Parque Olímpico y que quienes quisieran quedarse podían hacerlo, y los que no, podían irse a las casas que estaban construyendo en el Parque Carioca. Sin embargo, su equipo trabajó de otro modo, y al poco tiempo comenzaron las presiones. Decían que quienes no se iban rápido perderían los departamentos.

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Así se fue despoblando Vila Autódromo. El lugar se convirtió en una ciudad fantasma, las casas perdieron sus características, sacaron los árboles que habíamos plantado, y las familias comenzaron a dividirse internamente. Vi algunos casos en que la mujer quería quedarse y el marido se quería marchar. Muchos se fueron con el corazón partido y hubo ancianos que tuvieron que salir de acá porque nadie los iba a cuidar. Al final, varios de ellos murieron por el estrés que les significó dejar la comunidad en la que habían vivido toda su vida.

Yo fui una de las vecinas que se negó a partir. El 3 de junio del año pasado, me pegaron y me fracturaron la nariz por defender a una familia a la que querían echar: eran dos niños, un anciano y una pareja. Logramos evitarlo y ese día nos dimos cuenta de la fuerza que tenía esta comunidad. A mi llegaron a ofrecerme hasta dos millones 400 mil reales por comprar mi propiedad, pero yo no quise el dinero. Mi casa no tenía precio, porque mi historia, mi respeto, y dignidad no estaban en venta. Sólo 20 familias resistimos a eso, hasta que a comienzos de este año, el 8 de marzo, echaron abajo mi casa, el hogar que había sido mi sueño y que había construido con tanta dificultad. Ese mismo día el alcalde tuvo que salir a dar una explicación. Dijo que iba a urbanizar Vila Autódromo para los que se quedaban, pero su proyecto era horrible. Peleamos entonces por modificar su propuesta y logramos casas de 56 metros cuadrados, emplazadas en un terreno de 180 metros. Todas, a un costado de lo que hoy es Parque Olímpico, donde se van a desarrollar los Juegos.

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Hace una semana recibimos las llaves de las nuevas viviendas. Dicen que van a construir una escuela, una plaza, una cancha de deporte, y eso es todo lo que va a quedar de Vila Autódromo. El resultado de esto no estaba en nuestros planes. Nosotros queríamos que simplemente este lugar se urbanizara, con todas las familias que vivían acá, sin embargo sólo quedamos un puñado de habitantes. Pese a eso, mantenemos una muy buena relación con los vecinos que se fueron. Ellos vienen todos los domingos a la capilla, porque su historia también está acá. Ésta era nuestra vida y eso no se borra de un momento a otro. Ellos podrán haber removido las casas, pero no la memoria, porque eso es algo vivo.

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Hace algunos meses me invitaron a participar en una conferencia de derechos humanos de la ONU en Ginebra. Fue maravilloso, porque nunca pensé que iba a salir de Vila Autódromo para hacer un viaje como ese. Tuve la oportunidad de conocer una ciudad completamente distinta a la mía, pero es una vergüenza tener que ir a denunciar a mi propio país. Allá hablé de las violaciones que sufrimos en nuestra comunidad, para exigir que el Comité pueda cambiar su mirada en los próximos Juegos Olímpicos.

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Yo no puedo decir que voy a disfrutar de las Olimpiadas, porque este ha sido un período muy duro. Fueron dos años y medio de lucha que arruinaron mi vida. Yo entiendo que los deportistas no tienen la culpa, pero sí los organizadores y nuestras autoridades. Antes de que ellos aceptaran organizar algo así, deberían haberle preguntado al pueblo si querían que esto se hiciera acá, pero la mayoría de los países no le consultan a la población por cosas como estas. No está bien que te saquen de la casa para que el país se vea más bonito. El Comité debería fiscalizar eso y los políticos comprometerse en primer lugar con su pueblo. La pregunta que me hago ahora es quiénes van a recibir el legado social de estas Olimpiadas. Claramente, las favelas no serán las beneficiadas, menos los vecinos que fueron removidos, ni tampoco los obreros que construyeron el Parque Olímpico, que ni siquiera podrán entrar a los estadios que ellos mismos levantaron.

Estos Juegos serán difíciles: no es verdad que el deporte es para todos.

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*Investigación posible gracias a una residencia en Casa Pública, proporcionada por Agencia Pública de Río de Janeiro.