La-herida-que-nunca-sana

“Mis historias”, escribe Marcelo Leonart hacia el final de esta novela, “son estados de ánimo”. De ser así, no parece descabellado afirmar que en los últimos años el estado de ánimo de Leonart se ha movido entre la rabia, la impotencia y la indignación. Todas emociones reactivas a la percepción, más que lícita, de que el dinero ha desnaturalizado las relaciones humanas en nuestro país, que es el leitmotiv de su novela “Lacra” (vale decir “lucro”, el juego de palabras salta a la vista); a la sensación, tan justa como la anterior, de que los civiles que participaron de la dictadura, a pesar de manejar las riendas de la vida social en el periodo más oscuro de la historia reciente del país, se salieron con la suya (“La Patria”); y a los abusos perpetrados por el clero de la iglesia católica (“Pascua”). En una época en que los novelistas patrios han privilegiado narrar los efectos de la dictadura en el presente postdictatorial en pocas palabras, muchos sobrentendidos y espacios cotidianos, Leonart hace todo lo contrario. Cada una de sus novelas es una escena del mural de la vida en el Chile de hoy. Aun si los procedimientos que Leonart emplea en sus novelas no pertenecen a la inagotable y nunca bien ponderada tradición realista, sus novelas lo son. Que para pintar esa realidad este autor no ocupe un pincel sino un obús, es harina de otro costal.

Dividido en cinco relatos más o menos conectados, en “El libro rojo de la Historia de Chile” Leonart se propone abordar los episodios negros de la historia reciente mediante personajes arquetípicos —obreros y estudiantes “revolucionarios”, torturados políticos), algunas reelaboraciones imaginadas de hombres y mujeres tocados por la varita podrida de la represión (Miguel Krasnoff, Carmen Castillo). En todos los relatos domina casi sin contrapesos el punto de vista de su protagonista y, también en todos, el estado de ánimo puede caracterizarse como, siguiendo la estupenda investigación de Grínor Rojo sobre las novelas de la dictadura y la postdictadura chilena, uno de decepción. En efecto: la rabia que Leonart suele ostentar se ve modulada por una especie de epifanía del inevitable fracaso de toda empresa políticamente violenta. Este es un estado anímico que los personajes desterrados de “El libro rojo…”, desde los estudiantes chilenos exiliados en la U.R.S.S hasta el viejo cosaco que no puede apartarse de un hecho horrible de su pasado, representan al dedillo. Por otra parte, el capitán K representa la unión entre clase y crueldad, tópico predilecto de, entre otros muchos, Roberto Bolaño.

En cualquier caso, es en el último de los capítulos donde se resuelve, mediante la voz de un narrador autobiográfico, la tensión entre libertad, anhelos de justicia social y opresión precedentes. Partiendo de un 1992 descolorido, en medio de una democracia en formación, el narrador se recuerda a sí mismo a los veinte años a la deriva, llenando los vacíos con sexo y prosa. Conforme avanza hacia el presente, hacia un mundo interconectado en el que la violencia prolifera en todos sus rincones sin que nadie parezca alarmarse demasiado, el narrador se da cuenta de que tal vez la única forma satisfactoria de entablar un diálogo con la realidad es leyéndole un cuento a su hijo para que pueda entrar en el mundo de los sueños.

Acostumbrados al Leonart más combativo e iracundo, esta revelación es una sorpresa. No le da un portazo a la historia, pero parece decirle “deja de jugar con nosotros, deja de permitirnos abrigar falsas esperanzas, déjate de joder”. Y así, decepcionado, confundido y cansado, abre la puerta y se refugia en la habitación de su hijo. ¿Saldrá? Sin duda. Leonart siempre ha sentido el llamado de la bazuca.

El libro rojo de la Historia de Chile
Marcelo Leonart
Tajamar Editores