Corría la primavera de 1983. Radio Estrella del Mar, de Ancud, Chiloé. Su director, Francisco Valiente, estaba en Santiago y la digna emisora quedó en manos de mi amigo Oscar Sesnic QEPD productor y de su director de prensa, quien escribe esta historia singular.

Supimos que en la ciudad de Castro estaba Nicanor Parra. No lo dudamos. Había que hacer un recital en el teatro de la fundación Diocesana para Chiloé FUNDECHI, que albergaba la emisora. Oscar partió a buscarlo, lo contactó y don Nicanor, de muy buena gana, accedió.

Preparamos unos jingles anunciando el recital del antipoeta, que visionariamente estaba en una etapa ambientalista con su ecopoesía.

La gente se entusiasmó. El día del recital el teatro estaba lleno. Como maestro de ceremonia tuve el honor de presentarlo. La figura principal, por cierto, era él y más de algún literato local que dio un saludo se ofuscó por la falta de solemnidad.

Allí, plena dictadura, Parra inspirado comenzó a leer sus antipoemas: Claramente recuerdo un par: “Hay libertad de prensa en Chile? Hay? ¡¡¡Ay¡¡¡ Ay… Ayayaí” o “El que tiene casa en Algarrobo, es porque algo robó” y muchas otras, que una vez más demostraban su potente talento e ingenio.

Todo salió muy bien. La gente quedó feliz y lo saludaban con cariño chilote. Hubo que rescatarlo de algunos intelectuales isleños, que con fundados motivos, se lo querían llevar a una cena. Con Sesnic impusimos la institucionalidad y partimos varios a darnos un patache en “El Camarón” un clásico ancuditano de esos años.

Nicanor fue un hombre entusiasta y muy humano. Con nosotros no tuvo ningún capricho de idolatría. Muy por el contrario, nos mostró su rostro de potente vocación docente. Parte del trato era que él se quedaba a pernoctar en mi casa. Con un grupillo nos fuimos a esa cabaña que miraba el mar y tras una conversada bohemia, tipo tres la madrugada, le dije “Don Nicanor quédese en mi dormitorio no más” y me fui a dormir al sillón del living.

Cual sería mi sorpresa cuando como a las seis de la mañana me despierta el antipoeta. Abro un ojo y veo su rostro preocupado. “Cristián, disculpa, pero no he podido dormir bien, porque anoche fueron tan generosos conmigo, que luego del recital me llevaron en una verdadera procesión de afecto y olvidé mi bolso, con el manuscrito de mi último libro y no tengo copia alguna. ¡¡¡Tenemos que encontrar esos manuscritos!!!”

Me levanté con un brinco y no pasaron tres minutos en que los dos, muy apurados, caminamos en dirección al viejo edificio “El Caleuche”, al costado sur oriente de la plaza de Ancud. Naturalmente él estaba muy inquieto y nervioso. Toda una obra en juego. Con alguna extraña seguridad le repetía que estábamos en Chiloé y que nada iba a pasar. Lo íbamos a encontrar. Pasaron minutos eternos hasta que el nochero bajó las palancas de las luces que cayeron lentamente sobre el escenario y allí estaban, las sillas de la noche anterior y el bendito bolso, como en una foto, al lado de una de ellas. Feliz como un niño Parra corrió por el pasillo y confirmó que su obra, que su manuscrito, estaba allí esperándolo sano y salvo. Pasó toda la tensión y juntos, para celebrar esa extraña jugada de la humanidad, ya que si alguien lo vio no se lo llevó, nos fuimos a desayunar al mercado y de allí a conversar toda una mañana en la playa de Lechagua. Coincidimos en la política, en el amor y en las mujeres. Le gustaban hermosas e inteligentes. De esa mañana me quedó grabada una descripción, una metáfora. Enamorado, al describir a una famosa periodista con la cual tuvo un romance, definió sus piernas largas y su elegancia… como una garza.