Sentado en el que ha sido su despacho por más de 30 años en el Museo de Arte Precolombino, donde conviven desparramados libros sobre el origen del pensamiento y la historia de los Beatles, el arqueólogo José Berenguer aún recuerda cuando llegó, por primera vez, al desierto.

Corría el año 1967, y Berenguer ya había pasado sin éxito por un par de carreras en la Universidad de Chile cuando un amigo le sugirió tomar un curso de la recientemente inaugurada carrera de arqueología.

“Uno pensaba que la arqueología era un hobby, un pasatiempo de viejos aristócratas. Pero quedé tan impresionado con los profesores, que al año siguiente me inscribí. Además de interesante, era una carrera lo suficientemente hippie para escandalizar a mi padre”, recuerda.

Tras su primer año, el profesor Mario Orellana llevó al curso a un terreno en Chiu Chiu, donde trabajaron en un asentamiento de recolectores de hace cuatro mil años.

—Habíamos pasado no sé cuántas horas arriba del bus, y cuando al fin bajamos en Calama, lo sentí. Ese olor a sal, a desierto, al Loa—, rememora.
Eso, dice, lo marcó.

Durante su carrera como arqueólogo, Berenguer no sólo volvería repetidamente al Norte grande chileno. Durante la década de 1980 participó de las primeras investigaciones que el Poder Judicial hizo en entierros de ejecutados políticos, a la vez que desarrollaba una teoría que luego bautizó como “Arqueología del Presente”, una corriente que sostenía que era posible investigar a la sociedad a través de los aspectos materiales contemporáneos.
—Uno, como arqueólogo, excava porque a veces la información está enterrada nomás. Pero uno podría recuperar los murales de la Brigada Ramona Parra desde un muro pintado, y eso también sería arqueología—, dice.

Museo sin fronteras

Para Berenguer, el camino de convertirse en arqueólogo no fue fácil. Un año antes de culminar sus estudios, se produjo el Golpe de Estado. “Fue terrible, como una gran tormenta. Hasta nuestra facultad, considerada inofensiva por la derecha golpista, se llenó de soplones”, recuerda.

Tres acusaciones cayeron sobre el entonces estudiante: sectarismo, proselitismo político y de atentar contra la convivencia universitaria. Uno de los directores, amigo suyo, le recomendó que se “perdiera” por un año o dos.
Berenguer recurrió al viejo oficio familiar: la construcción. “Mi familia había llegado huyendo de Barcelona a principios del 1900. Mi abuelo, anarquista, se puso en Talcahuano con una fábrica de estuco, y de ahí en adelante todos pasamos por la construcción, como una especie de iniciación”, dice.

Tras el Golpe, se dedicó a todo. Planillero de obras, vendedor de sábanas, y hasta cobrador –sin éxito- de una empresa de televisores. En un momento, le ofrecieron un lucrativo puesto administrativo en una empresa, el que complementó haciendo fletes con su citroneta. “Empecé a ganar lucas, pero tenía un dolor en el corazón, que era convertirme en arqueólogo”, expresa.

Para el año 1975, se decidió a volver como fuera a la escuela. Su padre, quien se había hecho amigo de un oficial de la Fach para intentar encontrar a un yerno desaparecido, arregló una cita con el “agente”. “Él revisó mi expediente, y me dijo que en la universidad no iba a tener problemas, que fuera nomás”, recuerda.

A pesar de la resistencia de algunos directores, Berenguer completó los seminarios que le restaban e hizo su tesis de título, junto al profesor Mario Orellana. “Con tan mala suerte que, un mes antes de presentar mi trabajo, detuvieron a mi profesor guía. Él salió al cabo de unas semanas, pero quedó tan mal tras la experiencia que no pudo acompañarme. Al final me titulé igual, y al día siguiente tomé un bus a Ecuador”, señala.

Con un matrimonio e hijas a cuestas, Berenguer retornó a Chile luego de 40 días, derrotado. Una depresión severa lo llevó a separarse y a empezar de cero. Retornó a Ecuador, donde hizo sus primeros trabajos como arqueólogo, y al año siguiente recibió la llamada de un colega en Santiago: estaban buscando a alguien que clasificara objetos para un proyecto. Era el Museo de Arte Precolombino.

Después de un año clasificando objetos en el living de Sergio Larraín García-Moreno, el fundador del museo, le ofrecieron un contrato. “Vas a ser el curador”, le dijeron. “¿Y qué crestas hace un curador?”, pensó de vuelta.
“Nunca supe bien”, reconoce hoy sonriendo, “pero era el primer trabajo estable que me ofrecían”.

Desde su inauguración, en 1981, las exhibiciones del Precolombino protagonizaron páginas culturales en medios como El Mercurio y La Segunda, a pesar del mensaje subrepticio que los arqueólogos habían querido darle al museo. En el texto de la primera muestra permanente, por ejemplo, se postulaba una visión de América Latina sin fronteras, algo que fácilmente hubiese caído dentro de las definiciones de marxismo para las autoridades de entonces.

“La gran apuesta de nosotros al generar el museo, era decir bueno, el arte llega al corazón, pero también es parte de la historia, con todos sus problemas. Los militares no alcanzaron a percibirlo, pero este museo sin fronteras tenía muchas más implicancias que esa”, explica.

La obstinación de los huesos

Una de las cosas que más le sorprenden a Berenguer, hasta hoy, es la capacidad que tienen los huesos de aparecer.
Un día, mientras trabajaban en una muestra para el Precolombino, el entonces ministro de la Corte de Apelaciones, Carlos Cerda, visitó las dependencias del museo. Su hermano, un aficionado a la arqueología, le había recomendado pedir ayuda para realizar excavaciones en un sitio donde se suponía la Dictadura había arrojado unos cuerpos. “No podía ir al Servicio Médico Legal, porque estaba cooptado, entonces cruzó desde los Tribunales para conversar con nosotros”, relata José.

Carlos Aldunate, director del museo, convocó a sus arqueólogos en el más absoluto secreto. “Sabía lo delicado de lo que iba a proponernos”, recuerda Berenguer. Del puñado de profesionales, sólo uno se excusó, por razones de seguridad. El resto acompañó a Cerda hasta la Cuesta Barriga. Era el 15 de marzo de 1986.

Para ese entonces, Berenguer ya enseñaba en distintas facultades chilenas su teoría de la “arqueología del presente”; la que postulaba que se podía investigar la sociedad a través de los aspectos materiales contemporáneos. Algo similar a lo que sólo un año antes había sido la fundación del Equipo Argentino de Antropología Forense.

“Queríamos demostrar que la arqueología no estaba solamente para cosas mayas o antiguas, sino que además para cosas muy duras”, precisa hoy.

Apenas llegaron a Cuesta Barriga, el grupo notó que los habían seguido. Alcanzaron a divisar a personas observándolos desde los cerros aledaños, y hasta periodistas que llegaron al lugar. “El ministro Cerda se acercó y veló el rollo de un fotógrafo. Suena doloroso, pero trabajábamos con mucha presión: si el país se enteraba, nos íbamos a llenar de familias para quienes no íbamos a tener respuestas del paradero de sus hijos”.

Durante varios días, el equipo cavó más de 30 trincheras, sin resultados. Frustrado, Berenguer decidió bordear el cerro caminando y, fuera de un pequeño pique minero, encontró un casquillo. “Tomé mi brocha –éramos así de cuidadosos- y empecé a retirar la tierra. Cuando encontré los huesos de una mano, llamé al resto del grupo”.

Además de algunos pocos restos óseos, el grupo se encontró con pequeños objetos cotidianos: esponja de una parka, una placa dental, y el trocito de tela de los jeans para afirmar el cinturón. “Uno se encontraba con materialidades con la que comparte todos los días. A uno se le paraban los pelos. Encontrar, por ejemplo, los restos de un cierre eclair. Y entonces la pregunta, ¿de quién era esto?”.

El informe arqueológico fue contundente: esas personas fueron llevadas al pique, posiblemente en invierno –por la ligera capa de barro que los cubría-, donde las acostaron antes de ametrallarlas. Las balas que no los atravesaron, se quedaron deformadas en los huesos. “Pero además nos dimos cuenta de que habían ‘cuchareado’ el sitio, es decir, que habían intentado limpiar esos restos. Luego se descubrió que se trataba del plan Retiro de Televisores. Pasa que los militares no fueron lo suficientemente prolijos, no al menos como los arqueólogos”, afirma Berenguer.
Cuesta Barriga se transformó en el primer caso en que arqueólogos trabajaron en un crimen de derechos humanos. Cerda, quien luego sería removido de la investigación por las autoridades, recomendó a sus colegas trabajar con Berenguer.

“Un día me llamó la ministra Amanda Valdovinos. Le dije que iba saliendo a Ecuador de vacaciones con mi hija, algo impostergable, y ella me dijo ‘bueno, entonces te arraigo’. Naturalmente, me quedé”, recuerda.

José y el equipo fueron requeridos para realizar excavaciones en el exregimiento Tacna y en la Escuela de Paracaidistas. “Encontramos a Rivera Matus, un detenido que, según se había dicho en la mesa de diálogo, había sido arrojado al mar. En Fuerte Arteaga, encontramos una poza donde habían arrojado un montón de cuerpos, pero que habían sido removidos con maquinaria pesada. ¿Cómo supimos eso? Bajo la tierra, con nuestros pinceles, encontramos las huellas que dejaron los neumáticos del bulldozer”.

Otra de las cosas que sorprenden a Berenguer hasta el día de hoy, es la capacidad que tienen los huesos de contar historias.

“Los huesos hablan, todos lo saben. No sólo a través de los trabajos forenses, sino que a través de la arqueología. Pero lo que más me admira de los huesos humanos, es esa capacidad que tienen de salir, aunque los tapen, los escondan y los tiren no sé a dónde. Siempre hay algo que los hace surgir, y alguien que los hace hablar. Es como si dijeran, ‘oye estamos acá. Aún tenemos cosas que contar’”, relata.

El sentido de las cosas

Por estos días, José se ocupa en recuperar viejas piezas de arte nortinas y en enseñar a pocos afortunados asistentes del Precolombino la nueva exhibición temporal, “Taira, el amanecer del arte en Atacama”.

Berenguer tiene una conexión especial con la muestra. Para montarla, tuvo que retomar una investigación que había dejado inconclusa el año 1980, y que está directamente ligada a la primera vez que pisó el desierto, hace 45 años. “Cuando llegué por primera vez a Taira, en el alto Loa, conocí a los abuelos de las personas que hoy nos ayudaron a montar la exhibición. A muchos dirigentes de hoy los tuve en mis brazos como guaguas”, cuenta.

— ¿Por qué dices que el desierto no es un lugar vacío?
—El desierto es como un archipiélago de oasis. Tiene concentraciones, como Chiu Chiu, Toconce, o San Pedro, pero en la medida en que uno se va metiendo en los senderos, como el camino del Inca, te das cuenta de que todos estos espacios que definíamos como vacíos, eran en realidad santuarios, lugares de peregrinaje, con cientos y cientos de objetos riquísimos para una cultura. Hoy las mineras, los proyectos energéticos y el Dakar, pretenden pasar sobre ellos, pensándolos como vacíos, pero el desierto no es un espacio vacío ni una barrera, todo lo contrario. Es un medio de relación, y eso es algo que todavía nos cuesta entender.

— ¿Por qué?
— Hace mil años, las personas del altiplano podían viajar 30 kilómetros a pie para hacer comercio, intercambiar información o simplemente para visitar a un amigo. En mis viajes por el desierto, he encontrado algo similar, pero actualizado: traficantes que llegan desde Bolivia, pastores aymará que viajan donde un pariente, e incluso migrantes que cruzaron el altiplano a pie, y que siguen la misma huella que dejaron los antiguos habitantes.

—¿Dirías que tu trabajo consiste en darle voz a esos habitantes? ¿Encontrar un trozo de tela y asignarle una historia?
—Sí, contar el cuento. La arqueología ha ido perdiendo la narrativa, pero los seres humanos estamos atravesados por los relatos. Todavía soy muy criticado porque busco el sentido de las cosas. Mucha gente dice que es imposible, porque no podemos entrevistar a los habitantes del pasado para preguntarles sobre el significado de su arte. Y aunque los tuviéramos acá, probablemente no podrían darnos esa respuesta. Pero a mí me parece importante, es una empresa que alguien debe seguir.

— Tras una vida trabajando en el Norte grande, ¿qué crees haber aprendido?
— Que es imposible hablar del desierto como un lugar vacío, o solamente físico. Actúa sobre las relaciones sociales, el espacio actúa sobre uno. El desierto a uno lo modifica.