Gerardo decidió llevar al Giro, su gallo de pelea, a la valla de Wajay. Poseía este gallo desde hacía cinco meses, lo había criado con buena comida en el patio de su casa, en Marianao, y si en un comienzo él, que de gallos no sabía nada, había reído cuando unos primos se lo regalaron para su cumpleaños número 43, una semana más tarde ya estaba imaginando las hazañas del animal que lo encumbraría a la gloria. Un día, entrando a la Plaza Vieja, que con sus últimos afeites está superando la vida pobre y barrial de sus alrededores para recuperar el sofisticado aire italiano de sus orígenes, me dijo que su gallo cantaba «muy fuelte» y que tenía «una velga de cochino». Se consiguió una pata de pollo, la amarró a un palo, y con ese instrumento lo toreaba para entrenar su rabia. Si no, lo tenía en brazos. Según me dijo, le había tomado cariño al gallo al mismo tiempo que fantaseaba con sus aires de luchador, admiraba su pico corvo y la inteligencia con que atacaba la pata aferrada al palo. Al cabo de cinco meses de convivencia, uno de los primos le aseguró que veía listo al animal para cualquier enfrentamiento, y lo puso en contacto con un tal Amadeo, dueño de la valla de Wajay, donde ese mismo domingo había peleas.

Antes del mediodía Gerardo pasó a buscarme por la casa de la señora Ruth, en el Vedado. Llevaba en el asiento trasero del Lada a su gallo Giro en una jaula: plumas blancas en el cuello y como paja en el pecho, pico negro con manchas de cal, la cresta sanguinolenta y arrugada como un meñique quemado, y el cuerpo de un gris lustroso, «más de embajador», pensé cuando lo vi, «que de asesino». Su primo le había pasado cincuenta CUC para que le apostara y él se arriesgaría con doscientos, casi la totalidad de los ahorros que tenía para pagarle por su carro al chapistero.

Wajay está a unos veinte kilómetros del centro de La Habana, camino del aeropuerto, muy cerca de Fontanal, en la zona del Chico, donde la tierra es roja y pastosa, y sirve de cantera a los alfareros. Las indicaciones para llegar, a partir de la salida de la carretera, había que obtenerlas preguntando. Ya en un camino interior, nos guió un hombre que iba a la valla en bicicleta. Al llegar a una casa en el borde del camino recomendó dejar ahí el auto, donde él mismo guardaba la bicicleta, y continuar caminando. Si llegaba la policía y encontraban el vehículo en la valla, podían requisarlo. Las peleas de gallos se supone que están prohibidas, aunque todos saben que entre los miembros de la jerarquía cuentan con varios seguidores. Fue en una valla de gallos donde el 24 de febrero de 1895, en la ciudad de Bayamo, un grupo de patriotas dio el grito de libertad —conocido como el «Grito de Oriente»— que inició la Segunda Guerra de Independencia cubana.

—En todo caso — explicó el hombre que nos sugirió dejar el auto—, desde que se metieron unos gualdias en la valla de Río Cristal y cayeron cuatro mueltos a cuchillazos, dos de ellos gualdias y dos galleros, que llaman al dueño, pero nunca entran.

Avanzamos por un sendero hasta una quebrada que descendía entre marabús, y junto al «pozo de la muerte» —como le llamó uno que tenía la espalda tatuada con una sirena—, dos mujeres vendían cerveza, refrescos, plátanos fritos y sándwiches de mortadela. El resto era una cincuentena de hombres, casi todos reunidos en torno a los espueladores, donde uno agarraba al gallo mientras el otro le limaba el callo crecido desde el talón, cuyo exceso de grasa acababa de cortar con una sierra. Al llegar a la primera gota de sangre, apenas un punto rojo al centro de la protuberancia limada, el espuelador la limpió con un desinfectante que además servía para sellar la herida. Sobre la costra esparció pasta de silicona con un pequeño palo, hasta ordenarla como un merengue en la superficie plana del callo. Ahí montó la espuela, un cacho largo y afilado, con esa forma apenas serpenteante del cuerno de un alce, y con la silicona que se desbordó al empotrarla fusionó los bordes del nudo con el cartílago y el arma. Eso fue lo que Manuel y Hortensio, los tipos encargados de la faena, hicieron con las dos patas del Giro.

Entonces le pasaron el gallo a Gerardo, y rodeados por un lote de apostadores que lo auscultaban para decidir si se la jugaban por él o no, Gerardo lo condujo hasta la balanza romana que colgaba de un árbol como una cuna de tela, donde los jueces constataron su peso. Uno de ellos usaba bermudas y sombrero de paja; el otro tenía bigotes y la camisa abierta. El Giro pesó 2,4 kilos, medio kilo más de lo recomendado, según Hortensio. Gerardo lamentó haberlo mimado tanto. El Giro tenía plumas en los muslos, no como el Indio, su contrincante, un gallo erguido y nervioso, con el cuello y la cintura listos para la olla o para la guerra. La mayoría de los apostadores estaba con él, y en cuanto su dueño y Gerardo entraron a la valla con sus respectivos gallos en brazos la gritadera lo dejó en claro: «¡dieciséis pavos y me quedo con el Indio!», «¡veinte al Indio!» Solo uno gritó: «¡Voy con el Giro!».

Ya en el campo de batalla, con toda la baranda llena de gente, los enfrentaron en el aire hasta casi chocar sus caras, y acto seguido los soltaron en el tierral. Gerardo se hizo a un lado sin abandonar la liza, y ambos animales abrieron sus collares de plumas como paraguas o escudos, y se dieron los primeros picotazos en vuelo, buscando asentar golpes con las patas encuchilladas.

La furia del Indio se impuso rápidamente sobre la elegancia del Giro. Nuestro gallo todavía no terminaba de entonar su caballeresco canto de combate cuando el Indio, como un choro de barrio cualquiera, le clavó ambas espuelas en el lomo y comenzó a picotearle el cráneo. «Ahí, ahí, ahí», gritaba, hasta rajarse la garganta, el público del coliseo. El Giro reaccionó intentando manotazos, pero a los pocos minutos ya era evidente que sería una masacre. Más de una vez quedaron ambos gallos enganchados y entonces sus propietarios los separaban. Si Gerardo se limitaba a soplar al Giro en la cara y bajo las alas para alentarlo, el encargado del Indio se metía toda la cabeza del gallo en la boca para limpiarla y refrescarla. Luego escupía.

A los quince minutos ambos gallos sangraban, y los largos ataques dieron pie a los aleteos cansados y los espolonazos esporádicos, en su mayoría soportados por el Giro. Cuando intentó escapar cojeando y con una de las alas levantadas, pregunté por qué no daban la pelea por terminada si era obvio que ya no podía ni defenderse, pero el adolescente que estaba a mi lado fue claro y conciso: «Es a muelte». Los gritos del público, a medida que nuestro gallo agonizaba, aumentaban en intensidad: «¡Termínalo!», «¡Pícalo!», «¡Ahí!», «¡Ahí!», «¡Ahí!».

En cierto punto, el Giro dejó de combatir. «Está ciego», dijo Hortensio. En efecto, ya no se le veían los ojos en la cara, que era una sola mancha de barro y sangre, cuando dejó de caminar y se echó como una gallina. Estaba empollando su propia muerte. El Indio le dio la espalda con desprecio, mientras el Giro posaba su pico sobre el pecho.

Gerardo me contó que al recogerlo, el Giro todavía temblaba. Él también estaba entero transpirado, como si hubieran compartido los esfuerzos y la agonía. Dejó el gallo muerto con la cabeza colgando de una rama para abrocharse los zapatos, lo recogió luego de ambos tobillos, entre las espuelas (que ahora parecían inofensivas) y las garras tibias, y nos fuimos sin despedir de nadie. Yo también le había pasado a Gerardo cien dólares para que los apostara, pero lo que yo había perdido no tenía comparación con la fortuna apostada por él, y no obstante, le importaba tan poco como a mí.

Al día siguiente embalsamó al Giro.

Después de muerto

Volví a encontrarme con Gerardo un par de días después de la pelea para ir a Guanabacoa, donde asistiríamos a un acto de santería en el que un ex compañero de curso suyo, devenido babalao, realizaría su primer «toque de santos».

De camino pasamos por Centro Habana y se desvió por la calle Ánimas, para mostrarme el sitio donde el Giro estaba siendo embalsamado. Entonces le pregunté por qué se le había ocurrido embalsamarlo, y su respuesta me pareció que decía mucho acerca de lo que viven en esta isla difícil de explicar, tan liberadora y tan asfixiante:
—Bueno, porque las cosas que uno ama quisiera que estuvieran para siempre, y yo llegué a estimar de verdad a este gallo. Por eso lo quiero conmigo, aunque esté muerto.

Título: Cuba. Viaje al fin de la revolución
Autor: Patricio Fernández
Sello: Debate
N° de páginas: 410