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9 de noviembre de 2008

El candidato que duda

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Por Jaime Bayly

Algunos de mis mejores amigos quieren que me postule para presidente del Perú en dos años. Me dicen que, a pesar de mis antecedentes policiales, si sonrío mucho y hablo bonito y hago la campaña sólo en la televisión, no en las plazas públicas, donde me gritarían maricón, cabro, rosquete, chupapingas, y me tirarían huevos o tomates en el mejor de los casos y piedras o balas en el peor, puedo dar la sorpresa y ganar las elecciones y convertirme en presidente, siendo bisexual y no estando dispuesto a negarlo para ganar.

Porque mis amigos entienden, o tienen que entender, que no puedo de pronto dejar a mi chico argentino, al que amo, y casarme de nuevo con Sofía abusando de su infinito amor por la aventura y su pasión temeraria por verme como candidato, y tener un hijo con ella calculado para que nazca en plena campaña, como hizo Menem con la Bolocco, una operación mercenaria y oportunista, diseñada para reafirmar mi muy discutida virilidad (discutida principalmente por mí mismo y por mis libros) y despejar las dudas sobre mi bien conocida debilidad por los hombres como fuente de compañía fraterna y placer seguro, siendo sin duda Martín, mi chico, quien mejor me ha acompañado y más placeres ha sabido darme.

Pero mis amigos no quieren entender eso, que no puedo cambiar, que no puedo dejar de ser quien soy y mentir descaradamente para ganar las elecciones, y me dicen que, si vamos en serio, si quiero pasar a la segunda vuelta con el voto de las mujeres que me ven en la tele y me idealizan como macho risueño y juguetón y juran contra toda evidencia que no soy bisexual ni mucho menos y que en realidad soy un heterosexual mitómano y amoral que se inventa una mascarada gay con el penoso pero comprensible propósito ganar más dinero, entonces, me dicen mis amigos, si quieres capturar el voto de esas muchas mujeres que te adoran y odian que les recuerdes que tal vez no eres el macho risueño y juguetón, entonces tienes que dejar a tu chico argentino allá en Buenos Aires, no salir en público nunca con él, negarlo como novio o amante, decir que es cosa del pasado y que tú amas ahora como has amado siempre al gran amor de tu vida, Sofía, la madre de tus hijas, con la que, te guste o no, tienes que volver a convivir, junto con las dos lindas hijas que ella te dio, y a la espera del hijo idealmente varón, que habrás de llamar Jaime junior o Jaimecito, que ella te dará en los primeros meses del año 2011, cuando ya estés inscrito formalmente como candidato y empieces a resultar creíble y repuntes en las encuestas cada vez que salgas serio, aplomado, confiado en ti mismo, sintiéndote ganador, prohibiéndote frivolidades y mariconadas, en televisión, en tu programa y en otros, que la campaña la haremos sólo en televisión, que ahora las elecciones se ganan en la tele, donde tú te mueves como pez en el agua.

Yo le cuento todo esto a Martín, que está en Buenos Aires y que en unos días se reunirá conmigo en Miami y me acompañará a Barcelona y Sevilla a seguir promocionando “El canalla sentimental”, la colección de pequeñas historias que él me regaló o de las que fue testigo y que no quise dedicarle por una tonta pelea, y él me dice sin perder la calma que haga lo que yo quiera, que siga mis sueños, que sea candidato si eso me hará feliz, pero que si lo niego o lo escondo y vuelvo con Sofía y tengo un hijo con ella, él me dejará y tratará de olvidarme, no podrá acompañarme furtivamente, como si su presencia fuese una deshonra, en esa aventura por el poder que considera suicida, autodestructiva, porque Martín, que me conoce mejor que nadie, me recuerda por el teléfono que sólo puedo ser feliz
cuando me siento libre (libre, por ejemplo, de alejarme de los peruanos) y me dedico a escribir (a escribir, por ejemplo, esa novela que le he contado y me atormenta y que a él le entusiasma) y me permito humildemente, reconociendo mis limitaciones, ser apenas quien el destino me condenó a ser, este hombre perezoso y aturdido, desmesuradamente egoísta, sin escrúpulos, con muy contadas lealtades, que ama y desea como nunca amó y deseó a nadie a él, a Martincito, a quien no estoy dispuesto a abandonar como si fuera una cosa vergonzosa del pasado sólo para complacer a mis amigos y ponerme el traje del candidato sonriente que en el fondo se siente una impostura, una odiosa falsedad, porque tiene que convencer a los otros de que él es alguien que en realidad no es, no puede ser, nunca podrá ser, porque ya lo has intentado antes y mira cómo te fue.

Y yo le digo a Martín que tiene toda la razón, que no espero menos de él, que si me inscribo como candidato y vuelvo a vivir con Sofía y tengo un hijo con ella y lo borro de mi agenda pública, es comprensible y natural que él busque en otro hombre o en otros hombres el amor, yo, su compañero de estos últimos seis años, le estaría negando por la más subalterna de las razones: por apetito de poder, por encender una gigantesca hoguera en la que veamos arder a mi vanidad en estado puro. Y le prometo luego que no estoy tan loco, que las pastillas no me han aturdido e idiotizado tanto como para pensar que me conviene embarcarme en esa cruzada, la de servir a los peruanos y servir más exactamente a mi ego colosal, que me pide, a despecho de mi corazón, que sea presidente, que capture la oportunidad y levante una ola impensada a base de sonrisas, picardías y alardes histriónicos de los que me sé capaz, que consiga lo que no pudo conseguir Vargas Llosa, y que venga de la nada, de un programa de televisión que el presidente desprecia y que Vargas Llosa al parecer también, porque ambos se niegan repetidamente a sentarse en él a conversar conmigo, que venga desde allí, desde esa imagen de periodista y escritor algo payaso, como dice Vargas Llosa, él siempre tan serio, casi tan serio como su hijo Álvaro, que solía ser mi amigo pero al parecer dejó de serlo porque le abochorna la amistad de un payaso, que venga desde ese improbable lugar, sin aliados políticos, solo como los vaqueros o los francotiradores, y me convierta en el próximo presidente de los peruanos, que, como se sabe, adoran la aventura, el salto al vacío, la política como entretenimiento y son por eso capaces de votar por mí o cualquier lunático capaz de hipnotizarlos con su verbo encendido y sus sonrisas taimadas, o por cualquier lunático en general, incluso si habla feo y sonríe torcido, como el ex dictador. Jamás te dejaré para ser presidente, le digo a Martín, y él me cree y yo me creo. Y si algún día soy presidente, tú estarás a mi lado y la gente sabrá que eres mi compañero y que te amo. Y si no les gusta, que no voten por mí, que no me elijan y que se jodan, que se pierdan el entretenimiento seguro (más seguro que el buen gobierno) que generosamente les ofrezco. Sólo así, sin mentiras, siendo descaradamente quien soy, guste o no, estoy dispuesto a ser candidato, le digo a Martín. Y él se queda más tranquilo y yo también, y no descartamos la candidatura pero la vemos como una cosa altamente improbable e indeseable que sólo traería problemas, traiciones, pequeñas infamias, desengaños, deudas, servidumbres, a cambio de nada o de peores cosas que nada.

Pero luego llego a Lima y viene Sofía, guapa y adorable, a tomar hierba luisa conmigo y me dice que nunca me ha visto más entusiasmado y feliz que cuando le hablo de mi candidatura presidencial, que me lance, que no lo dude, que nadie me ganará en la competencia de promesas y sonrisas en la que tan bien entrenado estoy, y claro que me hace dudar. Y luego paso por casa de mi madre y ella me dice en ruleros y pijama que tengo la obligación moral de devolverles a los peruanos lo mucho que ellos me han dado (que yo no sé bien qué es) y que nadie sería un mejor presidente que yo y que ella sería mi mejor consejera (ella y sus consejeros del Opus que, al mismo tiempo, me detestan y me quieren convertir a la fe de la que he huido y ahora reniego, pues nadie como un preceptor del Opus para olfatear con buen instinto quién puede llevarte al poder). Y entonces, después de hablar con mi madre y con Sofía y con mis mejores amigos en una cena a medianoche en la que diseñan en voz baja y fríamente, como si planeasen el asalto de un banco, los detalles de mi campaña, llego solo al hotel de madrugada y llamo a Martín y le digo que está en mi destino ser candidato, que no podré escapar de aquella cita peligrosa con un toro bravo que puede matarme, que no me abandone ahora que más lo necesito, pero él me dice que está en una fiesta gay, que viene de la marcha del orgullo gay y que si finalmente decido ser candidato, contrariando sus sabios consejos, mejor me olvide de él para siempre y que me vaya solo a Barcelona y Sevilla porque él quiere ser mi chico y no el ex amante escondido de un presidente avergonzado de su pasado bisexual. Tú elige, me dice, con su voz dulce y cortante. Y yo le digo que no puedo elegir, que lo quiero todo, a él y a Sofía y a mi hijo por venir y al toro bravo al que tal vez tendré que verle la cara sangrante, él y yo con la respiración entrecortada, acezante, para saber quién muere y quién sobrevive, malherido.

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