Tiempo Libre
19 de Julio de 2026Joaquín Sabina mata su leyenda de bohemio incorregible: “me arrepiento de haber perdido tantas noches haciendo el idiota por los bares”
A los 77 años, el cantautor español se quitó la máscara del bohemio incorregible que él mismo construyó durante décadas y admite, que la vida nocturna le robó tiempo de escritura. La confesión llega en medio de la salida de "Hola y adiós", el disco que cierra su última gira.
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Hay leyendas que se derrumban que se por el olvido y otras por la sinceridad. Joaquín Sabina eligió la segunda vía. Durante casi 50 años construyó, verso a verso, trago a trago, calada a calada y mujer a mujer la figura del bohemio incombustible: el poeta de bar, trasnochador profesional, amante de resacas. Esa mitología –tan suya como sus canciones– fue, durante generaciones, casi tan célebre como su obra.
“Si hay que pisar cristales, que sean de Bohemia”, escribió
Ahora, a los 77 años, esos cristales rotos parecen haber dejado herido al cantante. El contexto es “Hola y adiós”, el disco y la gira de despedida con los que Sabina cierra su carrera sobre los escenarios, con la canción “El último vals” –escrita junto a Leiva en la música y Benjamín Prado en la letra– como carta de presentación: una confesión dirigida a un barman, a esa hora en que los bares están a punto de cerrar, que funciona como inventario de toda una vida.
En ese mismo tono de balance, esos dolores se manifestaron en arrepentimiento, en una frase que suena a examen de conciencia: “tal vez sí me arrepiento de haber perdido tantas noches y tanto tiempo haciendo el idiota por los bares en lugar de escribir”, dijo a la agencia EFE.
No es una retractación completa –él mismo aclaró que, en general, “con mi biografía, no estoy muy en desacuerdo”–, pero sí una grieta en el mito que él mismo cultivó: la idea de que la noche eran algo ineludible del oficio de escribir canciones.
El cantautor español, que hizo de la mala vida un género literario, hoy reconoce una cuenta pendiente distinta: la del tiempo que no escribió. Es la paradoja del bohemio que envejece y descubre que el mito tiene un costo, medido no en resacas sino en páginas que no llegó a escribir.
También repasó los estragos de la década que más marcó a su generación. En los años 80 muchos de sus cercanos cayeron en la heroína, aunque él mismo asegura no haberla probado nunca.
El giro no es solo temático, también es físico. Sabina admitió que su cuerpo terminó por vetarle el hábitat que él mismo idealizó: “hace mucho tiempo que me echaron de los bares”, cuenta, en lo que suena a chiste pero es, en el fondo, una rendición ante el curso de los años. El bar de las tres de la mañana, ese que describía como el lugar perfecto para escribir, ya no lo admite.



