Cuando partió la crisis, Horst Paulmann, decidió retrasar la construcción de dos de las cuatro torres de su megaproyecto Costanera Center. Los cinco mil trabajadores que levantan el complejo de edificios entraron en alerta. Aunque no han habido despidos masivos, se instauró un sistema de turnos, sin horas extras, con menos tiempo de colación y sueldos más bajos. El anuncio no sólo afectó a los obreros: también toca directamente los bolsillos de los cientos de vendedores ambulantes, promotoras de tarjetas, teléfonos y cuanto hay que desde hace meses se han instalado allí. La torre de Paulmann, que se anunció como el símbolo del ingreso de Chile al mundo desarrollado, hoy se construye en medio de la incertidumbre y bajo la sombra de la recesión mundial.

Por Carla Celis • Fotos: Alejandro Olivares

Melisa aparece al mediodía caminando desde Tobalaba con su mini, su escote y su pelo platinado. Parece go-go dancer, o azafata de café con piernas, pero es vendedora de Banmédica. Y va a trabajar a las puertas del terreno donde 4 mil 800 obreros levantan la torre Paulmann, el edificio que será el más alto de Sudamérica. Apenas la ven venir, los trabajadores estallan en chifilidos y gritos. A ella le da lo mismo. Tiene 32 años y lleva varias temporadas vendiendo justamente en los alrededores de las construcciones. No se intimida. “Para trabajar en esto hay que tener personalidad, y si no, búscate otra cosa. Si eres tímida, los hombres se suben por el chorro”, sentencia Melisa.

Igual que ella, una docena de promotoras acude a la hora en que cambian los turnos y Vitacura se llena con los obreros de Paulmann. Les venden tarjetas de crédito, celulares, cursos de inglés y hasta enciclopedias.

Aunque no lo parezca, durante el último año aquí ha habido buena plata. Los obreros de la megaconstrucción de Paulmann han estado bien pagados, según afirma el sindicato. Y por supuesto tienen una gran capacidad de endeudamiento.

A las que mejor les va es a las de los celulares. Las de isapre, en tanto, tienen que convencer al maestro que deje Fonasa y salte a la salud privada, lo que no es fácil. Pero no se quejan.

Todas van a la guerra más o menos armadas. Escote, mini o pantalón apretado y saludando al cliente de beso.

Los trabajadores salen a almorzar. Una vendedora de ecicolopedias se acerca a un obrero:

-Hola, mi amor.
-¡Chaaa!, ni en mi casa me tratan tan bien, parece que me voy a ir a vivir a su casa mejor. ¿Dónde vive? -le pregunta el obrero.
-¡Uh!, no le conviene, ahora con el Transantiago, se va a demorar cualquier cantidad- contesta coqueta, la vendedora.
-Jaja, más de lo que me demoro yo, no creo.

Más allá, un maestro se entusiasma con una promotora de Falabella y le comenta a sus amigos: “voy a ir a hacer como que quiero sacar un crédito, pa engrupírmela, jaja”. Sacudiéndose el polvo de los pantalones y animado por sus compañeros, el maestro parte. Pasados más o menos diez minutos, el hombre vuelve con unos papeles en la mano. “¡Me ofrecen un crédito de 530 mil pesos! En ninguna otra parte me dan tanto”. Todos, asombrados, se olvidan de la promotora y comienzan a mirar los papeles para ver cómo acceder del crédito. Algunas veces, claro, el lance funciona. Como Hermes y Gisela. El carpintero y ella, la vendedora de celulares, ya llevan cuatro meses pololeando. Él se acercó a comprar un plan para su polola de entonces, pero siguió visitándola a diario, y cuando terminó, empezó directamente a cortejarla con chocolates y flores. “Una a veces cree que todos los que trabajan acá son flaites, pero no. Mi pololo es súper decente, está estudiando y va a sacar una carrera”, dice Gisela.

Vendedoras y obreros salen de madrugada de la periferia santiaguina y confluyen a los pies de una torre pensada para tener 70 pisos y reinar sobre la capital. Todos los días protagonizan ahí breves escenas de lo que es Chile en estos días en que la crisis económica se acerca, pero no acaba de llegar. Promotoras vendiendo celulares y créditos a obreros sobreendeudados; obreros que construyen una torre que busca ser un hito urbano y que son mirados con molestia por las mujeres que trabajan en el World Trade Center y en las oficinas cercanas de este llamado Sanhattan.

Unas cuadras mas allá una cantidad similar de trabajadores levanta Titanium, el rascacielo del empresario inmobiliario Abraham Senerman, que tendrá 190 metros y 52 pisos. Y estos dos descomunales monumentos del ego, elevándose como pirámides chilenas a las puertas de una fabulosa crisis financiera mundial, recuerdan la fantasía inmobiliaria que inundó a este país en los años ‘80; construir una réplica de las Torres Gemelas neoyorkinas, en los faldeos del San Cristobal. La crisis del 82 cayó entonces como si tanta exuberancia hubiera molestado a los hados. Se construyó sólo una, no dió para más. Al lado quedó, durante mucho tiempo, un gran peladero.

¿Qué pasará ahora? ¿Llegarán a levantarse las dos? A los pies de la de Paulmann, la vida sigue su curso, asumiendo lentamente que la crisis puede ser dura.

La platinada y escotada Melisa dice que todavía puede conseguir, fácilmente, que 20 obreros se afilien a su isapre al mes y por lo tanto tener una renta cercana al millón. Las de teléfonos también siguen prefiriendo esta zona antes que instalarse en una calle como el Paseo Ahumada. “Acá una puede conversarles cuando salen a colación. En cambio si te ganai en la calle a ofrecer, nadie te pesca y es más difícil convencerlos”, dice Johana, promotora de Movistar. Explica que entre comisiones y ventas, en un buen mes puede ganar “casi 600 lucas”. Y, sin embargo, el cielo sobre las torres ya se ha puesto nublado. La gente está inquieta. Y también molesta. Paulmann ha anunciado que no construirá todo su megacomplejo comercial. Sí habrá rascacielo y también mall. Pero los otros dos edificios contemplados en el proyecto se posponen. No habrá despidos, pero se reestructurarán los turnos. Habrá que olvidarse del trabajo normal de lunes a viernes de 8 a.m. a 6 de la tarde. Ahora la máquina no parará. Habrá tres turnos de obreros edificando día y noche; y los trabajadores pueden ser asignados a cualquiera de ellos. También se trabajará el sábado, por lo que ese día, que antes se consideraba “hora extra”, ahora es parte de la jornada normal.

Un obrero reclama: “soy de Concepción y casi siempre hacía horas extras los sábados, para costearme el pasaje de fin de mes. Ya no lo voy a poder hacer. Por suerte alcancé a hacer plata demás este mes para el cumpleaños de mi hijo que es a fines. Pero ¿qué voy a hacer ahora cuando necesite dinero extra, por algún accidente o enfermedad? Más encima, si me toca el turno de tarde o de noche, no voy a poder viajar a ver a mis hijos y a mi esposa. ¿Cómo voy a estar un mes sin verlos? y, como si fuera poco, voy a tener que pagar alojamiento los días que me quede en Santiago… esa weá no se hace, po”, reclama. Pero esto es sólo el comienzo. Porque las vendedoras cuentan que aún colocan muchos celularares, pero ocurre que muchos obreros firman el contrato pero no pagan un peso. Ni la primera mensualidad. Nada. Las promotoras creen que muchos se han visto sobrepasados por las deudas, entonces usan el aparato hasta que les cortan el servicio y luego se van a otra compañía. Quedan en Dicom, pero no les importa. “Algunos tienen como tres cada uno y las medias deudas”, dice Johana, vendedora de Movistar.

SÉ QUE VOY A MORIR EN ESTO

El endeudamiento no es extraño en este lugar. Después de todo, lo que se levanta sobre Santiago es, en verdad, la torre del retail: un monumento al negocio más pujante de las últimas décadas; un rascacielo que simboliza la era de crédito fácil, donde muchos chilenos accedieron a sus sueños a costa de quedar colgando de un hilito. José Iturra (39) es un clásico obrero que cuelga de un hilito. Vive en La Cisterna y cada mañana se levanta a las seis para estar a las 8 en la torre de Paulman. Vive con su esposa, Rosa Valdivia (34), sus dos hijos, Macarena (4) y Manuel (13) y su ahijado, que criaron desde que tenía un mes, Rodrigo (8). También vive con ellos Gertrudis, la madre de Rosa. La señora se está muriendo de cáncer. José es maestro carpintero. Rosa es parvularia en el jardín infantil. Cuando se conocieron, él ya trabajaba en la construcción. Lo ha hecho casi toda su vida aunque nunca le ha gustado. Es más, detesta su oficio. Odia andar tan cochino y sentirse discriminado. Pero sabe que terminará sus días trabajando en esto.

-Cuando uno dice que trabaja en la “contru”, la gente pone cara de “ah, qué flaite”. Pero ya no me puedo cambiar de rubro, porque a mi edad nadie me va a contratar en otra cosa. Y, además, ¿en qué voy a trabajar, si no sé hacer nada más? Ya estoy en los 40, po, y voy a estar en esto hasta que me den las pilas no más. Sé que voy a morir en esto. Pero no voy a dejar que mi hijo trabaje en lo mismo. Él va a tener buen futuro porque es buen alumno. Sus notas son de 5,5 pa arriba-, comenta.

Rosa lo oye y se encoje de hombros. A ella la tiene sin cuidado en qué trabaje su marido. “Si saca buena plata está todo bien”, dice sin complicarse. Agrega: “Lo que hace él sí, es bien pesado… pero todos los trabajos son sacrificados. Yo soy parvularia y también me canso”.

Con la misma tranquilidad acepta que el agotamiento no les permita comunicarse. Para ella, hay parejas que hablan y otras que no.

-Nosotros no conversamos mucho, no somos de compartir o preguntarnos cómo nos fue en el día. Somos más de ver tele y dormirnos. A veces no alcanzo a prender la tele y el José ya está roncando-, comenta entre risas Rosa.

Es ella quien maneja la plata en la casa. Sin embargo, debido a los muchos créditos que han pedido Rosa, sólo recibe 40 mil pesos mensuales de los 270 mil que debería ganar.

-En mi trabajo tenemos facilidades para pedir préstamos y eso es muy bueno cuando estamos endeudados en casas comerciales. Pero ahora tengo una deuda que termina el 2011, y otra el 2015… Y el problema es que en junio, me van a empezar a descontar una deuda del Banco Nova, que son 70 mil pesos… y no sé cómo lo van a hacer si yo estoy ganando 40 mil.

Por supuesto, la familia también le debe a Lider, Claro, Entel y Movistar. Y para empeorar las cosas,con el cambio de turno en la torre de Paulmann, José calcula que a fin de mes ganará 70 mil pesos menos.

-Ahora viene la pascua, las matrículas y las vacaciones que no vamos a tener, por el tema de la plata- reflexiona José y menea la cabeza.

Luego dice que prefiere no preocuparse por lo que vaya a pasar en el futuro: para él, la única posibilidad de vivir bien, es pensar sólo en el día a día. Sin embargo, hay cosas que no tienen día a dia, porque son irremediables. Como el cáncer de su suegra, por ejemplo. Hace siete años la señora Gertrudis ha peleado contra un cáncer mamario. Pero se rindió. Decidió no seguir el tratamiento y está desahuciada. Rosa no comprendía por qué su madre se dejaba morir así como así. Le pidió que lo pensara, pero Gertrudis estaba decidida. Rosa cree se cansó del tratamiento. “Las quimioterapias la desgastaron mucho. Andaba desanimada y triste. Yo le pedí que, por favor, no dejara el tratamiento, pero no hubo caso”- cuenta.

José, sin embargo, cree que en la decisión de su suegra también pesó el dinero.

-Al principio, con los remedios que compraba mi esposa, más lo que le regalaban por Fonasa, nos arreglábamos. Pero hubo un momento en que casi para lo único que nos alcanzaba era para la mercadería y las deudas aumentaron. Tuvimos que pedir créditos y desde entonces quedamos con un hoyo que hemos tratado de tapar abriendo hoyos en otros lados… Es una weá que no acaba nunca… Yo creo que eso influyó en la decisión de mi suegra- cuenta José.

LA CRISIS

Cada mañana, cuentan algunos maestros, los capataces les hablan de lo afortunados que son de estar levantando la torre más alta de Sudamérica.

-Dicen que tenemos que sentirnos orgullosos, que ésta es una ‘faenita modelo’, con la última tecnología y bien pagados – cuenta un soldador con tono incrédulo. La verdad es que a él y a muchos de sus compañeros les da exactamente lo mismo el tamaño. Con la crisis económica acercándose, lo único que de de verdad les interesa es que haya trabajo y da lo mismo si se trata de construir viviendas sociales o torres de cristal. “Con esto de la crisis estamos todos asustados, oiga. Si acá están diciendo que esto dura hasta enero… entonces uno tiene que tratar de que la weá nos pille con algo de ahorros”, dice uno de los maestros.

El temor no afecta solo a los obreros, sino al negocio que se ha montado en torno a ellos, como los carros de comida que los esperan en la madrugada con desayuno y luego, al medio día, con colación. Maria Eugenia (61) y su familia están en este negocio hace justo un año. Empezó vendiendo veinte almuerzos y ahora va en 40. Su negocio es pequeño en comparación con otros. “Pero funciona y por eso le dije a mi hija Ivonne que se viniera a instalar”.

Ivonne llegó en enero acompañada de su hijo Erick (13), que ya no quiere ir al colegio. Los planes del niño son entrar a trabajar en a la construcción. Por eso, todos los días conversa con los maestros que vienen a almorzar.

-Me hubiera gustado trabajar en esta contrucción. Es que es la media weá, po. Los cabros cuentan que las grúas son bacanes por dentro, y que cuando tenga 18 me van a conseguir trabajo. Ojalá que se alargara esta obra para poder meterme acá. Sería bacán- dice.

A Ivonne, no le gusta lo que oye pero dice que no lo puede obligar a ir al colegio. Por otra parte, a ella sus estudios tampoco le rindieron mucho. Es secretaria bilingüe, pero vendidendo completos a los pies de la torre, le va mucho mejor.

-Con los sánguches hace más plata que la que ganaba en la oficina. Incluso esta semana se va a comprar una camioneta, para que no sea tan complicado irnos y venirnos. Es de segunda mano sí, pero está en súper buen estado- dice su madre.

El único problema que tiene este negocio son los partes de Carabineros.

-Entre mi hija y yo ya llevamos cuatro. El último era de 130 mil pesos. Menos mal que la jueza me lo rebajó a 56 mil. Le expliqué que no teníamos pa pagar tanto, que vivíamos de esto y me entendió-, dice María Eugenia.

La presencia de la policía se debe entre otras cosas a que 4 mil 800 obreros y la cohorte de vendedores que los ha seguido molestan a muchos de los que trabajan en este exclusivo sector.

De hecho han sido tantas las presiones y los reclamos que, según los trabajadores, la empresa ha buscado estrategias para que no salgan a almorzar a la calle, ni se pongan a dormir la siesta en los adoquines del Word Trade Center, ni piropeen a las secretarias y ejecutivas de largas piernas que pasan por ahí. Para muchos, lo ideal es que la torre ya estuviera construida y toda esta invasión de obreros hubiera desaparecido. De ese modo, las torres serían como la pirámides; impresionantes monumentos lanzados hacia la eternidad, de cuyos constructores nadie sabe nada, al punto que algunos dicen que las hicieron extraterrestres.

De estos extraterrestres sabemos, al menos, que estaban muy endeudados.