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25 de junio de 2009

Hernán Larraín: “Ni Piñera estaba tan bien, ni Frei tan mal, ni Enriquez-Ominami era una amenaza devastadora”

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En una columna titulada “¿Y después del CEP, qué?”, publicada en su propio sitio web, el senador Hernán Larraín con reconocible sensatez analiza los resultados de la encuesta CEP publicada la semana pasada, y sus palabras no son más que el reflejo de la manifiesta decepción que existe en la UDI con el rumbo que está llevando la candidatura del alicaído Sebastián Piñera. El siguiente es el texto completo de la columna del parlamentario:

“La encuesta del CEP recién conocida ha alterado de un modo claro las expectativas que se habían asentado en el último tiempo. Todo apuntaba a que Piñera lideraba con cierta tranquilidad la carrera presidencial, que Frei estaba estancado con inclinación a la baja y que Enríquez Ominami, la novedad post verano, había irrumpido amenazando las opciones del candidato oficialista, por un lado, y enterrando las de los demás outsiders –léase Navarro, Zaldívar y Arrate- sin apelación. Conocidos sus resultados, sólo confirmó esto último, pero abrió nuevas interrogantes respecto de la contienda central.
¿Porqué? Porque ni Piñera estaba tan bien, ni Frei estaba tan mal, ni Enríquez Ominami era una amenaza devastadora.

¿Qué pasó?

Pienso que entre la anterior encuesta del CEP –noviembre/diciembre del 2008- y la última, en una atmósfera influida por numerosas encuestas que sólo contribuían a mantener la mencionada sensación flotante, el cuadro del país se transformó radicalmente, sin que los actores de la competencia presidencial lo advirtieran oportunamente.
Hasta comienzos del año, el eje del debate estaba en el desgaste y descomposición de la Concertación, fortalecido por una mala gestión del último gobierno, que ha sufrido fracasos históricos (siendo el Transantiago el más simbólico), y aumentado por la erosión moral que ha sufrido el oficialismo debido al incremento incesante de los casos de corrupción en los más variados ámbitos de la Administración Pública. En ese cuadro, Piñera representaba efectivamente la mejor posibilidad de cambio, ofreciendo posibilidades ciertas de gobernabilidad, más todavía cuando la Alianza había logrado ordenarse durante ya un largo período de tiempo, trasmitiendo confianza al electorado de crecimiento de su opción. A su vez, Frei pagaba todas esas cuentas, sin poder zafarse de la imagen de continuidad de una gestión menos que mediocre y aparecía como el enterrador de su sector. En ese clima, irrumpía Enríquez Ominami, menospreciado y ninguneado (Marquito) por sus “compañeros” a través de un discurso que propiciaba la renovación desde dentro de la coalición oficialista, transformando el portazo que recibe al intentar postular por dentro, en una épica mediática que lo levanta de modo insospechado.
Entretanto, algo había ocurrido en el país y en la opinión pública. La preocupación por la crisis financiera, en especial por sus efectos en el empleo, había modificado sus preocupaciones anteriores y, ante el temor y la incertidumbre, sólo esperaba una mano amiga que le diera tranquilidad. Este fue el minuto de gloria de la Presidenta Bachellet, que apareció justo cuando nadie lo esperaba, entregando bonos ($40.000) a millones de personas, anunciando medidas para evitar o paliar la cesantía, aliviando los efectos de la situación y generando un ambiente de protección social, muy en la línea de lo que ha sido su discurso y la mayor (y mejor) parte de su gestión gubernativa. Las platas ahorradas de los excedentes del cobre (las que Frei pedía gastar para no dejar un centavo en manos de la “derecha”, dejando de paso su visión de “estadista” y su temor en su futuro político), manejadas con celo por Andrés Velasco, que pasó de villano a héroe, confirmaron el camino a seguir para el Gobierno. Las encuestas encumbraron a Bachellet, llevándola a batir marcas de popularidad inéditas.
En el nuevo eje, crisis-desempleo, el Gobierno no era responsable, como sí se entendía en la realidad previa, donde la Concertación y sus gobiernos aparecían como la causa de la mala gestión pública y de la corrupción. Peor todavía, si alguien podía aparecer como responsable en el nuevo escenario, aparte de los factores externos, eran los empresarios, puesto que ellos eran los que se veían enfrentados a tomar medidas duras, como el despido, para reducir costos y poder enfrentar la crisis.
Fue Piñera el principal perjudicado por el nuevo escenario. Lo dejó sin discurso, aún cuando planteara fórmulas para enfrentar la crisis, ya que no competía con quién tenía en su mano los recursos (Velasco) y los medios de prensa para “vender” su fórmula, y su imagen de empresario, que en otros momentos le había sido beneficiosa, ahora lo asociaba de mala manera al clima que vivía el país. No supo apreciar a tiempo este nuevo clima ni pudo generar un ambiente distinto. Era, además, el “empresario” a quién muchas almas caritativas intentaron endosarle la culpa. Por su parte, Frei, arropándose bajo las faldas del Gobierno, intentando un discurso unitario en medio de la debacle y muy partidario de la continuidad (¿para qué cambiar algo que está funcionando bien, a juzgar por el respaldo a Bachellet?), sorpresivamente pudo capear el temporal y estabilizar el respaldo de la coalición en cifras superiores a las esperadas, acercándose al piso histórica de su coalición. Enríquez Ominami, por su parte, confirmó que era un fenómeno que estaba para quedarse en esta vuelta, pero que todavía no resulta suficiente para desbancar a su rival concertacionista.
Con todo, que nadie se confunda: Piñera sigue con la primera opción y de él dependerá cómo reacciona ante este panorama para prevalecer finalmente. Parece evidente que debe encontrar un discurso nuevo, con mensajes que dejen en evidencia cuáles serán las “vigas maestras” de su gobierno, de cara al futuro (personalmente pienso que el principal eje es el de la pobreza y el empleo), y debe hacer un esfuerzo especial por generar credibilidad ante la gente abriendo sus sentimientos y voluntad de servicio con mucha humildad. Por esto es lo que la ciudadanía termina votando. Pero también debe buscar una estrategia para reponer en el debate público aquellas situaciones de las que sí es responsable la Concertación. Es de interés, en esta perspectiva, tener presente que las dos primeras inquietudes de los chilenos según la última encuesta del CEP son la delincuencia y la salud, donde la gestión de estos gobiernos, incluido el actual, ha fracasado rotundamente. Por lo tanto, existe espacio para posicionar en la agenda los hechos concretos que demuestran porqué estos gobiernos deben ser reemplazados. La fiscalización y una actitud opositora más efectiva de parte de los diputados de la Alianza serviría para poner al Gobierno en jaque, a la defensiva, como lo estuvo durante mucho tiempo. Finalmente, aún cuando todavía quedan largos meses, será necesario incrementar el trabajo en terreno y profesionalizar seriamente la campaña en todos sus aspectos, especialmente el comunicacional. El tiempo para que se consolide la opción Piñera es ahora y así parece haberlo asumido.
Frei, por su parte, tiene un porvenir muy complejo. Ha recibido un balón de oxígeno que le ha devuelto el alma al cuerpo y el ánimo a sus seguidores. Pero no puede confiarse sólo en el endoso de la popularidad de Bachellet, ya que al final del día, la gente vota por personas específicas, no por mandantes o terceros interesados. Persiste la amenaza interna de Enríquez Ominami, por lo que debe procurar reencantar al oficialismo con mucha imaginación y evitar la actitud de desprecio a quién se instaló en sus espaldas (Marco se ha convertido en un mochila para Frei que lo puede paralizar según el peso que adquiera). La crisis, por ahora, le ha servido al candidato oficialista para evitar entrar al terreno donde no puede ganar, que es el de explicar los fracasos, los errores, la mayor corrupción de la Concertación, y algunos hechos que le van a perseguir en la campaña: que él cuando era Presidente no se la pudo con la crisis asiática y que tuvo mano blanda con el narcotráfico, a juzgar por el indulto que le otorgó al mayor delincuente del rubro en su momento. Vale decir, sigue en carrera y con posibilidades, pero su futuro tiene una doble amenaza: si se abre mucho hacia la izquierda para contrarrestar a Ominami, le da oportunidades a Piñera. Si hace lo inverso, con un discurso más equilibrado, crece Enríquez Ominami. Está de jamón (¿o mortadela?) del sandwich.
Enríquez Ominami, en cambio, está ante un desafío mayor: demostrar que puede. Ya tuvo su estimulante luna de miel con la prensa y un boca a boca imparable, pero ahora debe pasar a producir hechos nuevos que justifiquen su opción y que confirmen su nueva épica. Tiene que contar con candidatos a parlamentarios reales en todo el país, mostrar los equipos de trabajo que tiene y las propuestas que impulsaría desde el gobierno, esto es, debe acreditar gobernabilidad, algo nada de fácil para un grupo entusiasta, que supo interpretar un momento y una inquietud joven, pero que parece carecer de la experiencia y el respaldo institucional que se requiere para sustentar una opción con verosimilitud durante seis largos meses.
En lo que respecta a las otras candidaturas, poco es lo que se puede decir. Han quedado fuera del debate y no resistirán otra encuesta CEP con resultados similares. Dejarían de ser candidaturas testimoniales y podrían caer hasta en el ridículo. Es su último momento para justificar su existencia. Quizás no sea tan dramático para Arrate, ya que el apoyo del Partido Comunista siempre le va a dar un soporte mínimo como para sobrevivir navegando aún sin influir en este nivel, pero que les interesa porque desde ahí pueden tener acceso al micrófono y cobertura útil para respaldar a sus candidatos al parlamento».

18 de junio de 2009.

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