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29 de junio de 2009

La pasión a los 20 años

Por

POR RENÉ NARANJO S.

La breve vida de Teresa Wilms Montt (1893-1921), integrante de la aristocracia chilena que vivió en constante conflicto con su conservador medio social, es el centro de “Teresa”, la película con que la directora chilena Tatiana Gaviola regresa a la dirección de largometrajes trece años después de realizar “Mi último hombre”.

Y si en aquella película a gran escala la directora intentaba abarcar numerosos temas, desde lo afectivo a lo político, esta vez opta por un camino mucho más íntimo, de énfasis femenino de punta a cabo, donde el foco está permanentemente centrado en la rebelde personalidad de la protagonista, que vivió sin pausa los 28 años que estuvo en este mundo.

Para encarnar a Teresa, renegada de su linaje y de biografía novelesca, Tatiana Gaviola elige a Francisca Lewin, actriz emergente que había participado en teleseries y que debutó en cine con “Se arrienda”. Y la apuesta de Gaviola resulta muy acertada. La rubia y delgada Lewin se sumerge bajo la piel de Teresa Wilms Montt con valentía y sin falsos pudores, y desde la primera escena instala, en pleno baile familiar, su presencia inconformista y desafiante. Es una interpretación sentida, vital y concentrada, de completa entrega, que da cuerpo a la película y se complementa emocionalmente con la lectura y escritura de esos poemas muchas veces quemantes; otras, desoladores.

Porque “Teresa” se articula sobre dos ejes claros: la poesía y el deseo sexual. Ambos son los motores del relato y lo dominan desde la casona de Viña del Mar de su nacimiento hasta la Europa lejana de su muerte prematura. Teresa Wilms ama, desea, escribe y sufre, en un continuo, veloz y vehemente, que por momentos hace que el guión no profundice todo lo que debiera en determinados pasajes. La dirección de Tatiana Gaviola es apasionada como su personaje central. Narra con intensidad, se interna con fuerza en la subjetividad de la poeta y avanza rápido para concentrar la narración en los encuentros de pasión y dolor de Teresa Wilms primero con su marido, Gustavo Balmaceda (Juan Pablo Ogalde, con quien hay una bella escena a bordo del carruaje nupcial), y luego con diversos amantes, como Mariano Balmaceda (Álvaro Espinoza), Vicente Huidobro (Diego Casanueva) o el romántico argentino Horacio Mejías (Matías Oviedo).

Todas estas actuaciones secundarias están a cargo de la generación de recambio del cine chileno. Así, Ogalde y Espinoza son creíbles en sus roles de marido y amante, respectivamente, al punto que hasta se desearía conocer más del personaje que encarna el primero de ellos. Casanueva entrega lo que hasta ahora es su mejor trabajo, en un desafío difícil como era interpretar a Huidobro en sus años mozos. Oviedo convence menos, en buena medida causa del acento argentino que le toca fingir. En otros roles, y como la adusta madre de Teresa Wilms sobresale Catalina Guerra, consolidada ya como una de las mejores actrices de nuestro medio, mientras Tomás Vidiella confirma la brillante madurez que vive con su papel como el suegro de la poeta. Retrato de una época de fuertes tabúes sociales y severas reglas de comportamiento, “Teresa” reconstruye con propiedad ambientes y lugares, en especial en todas las escenas que argumentalmente tienen lugar en Chile (la acción se traslada luego a Buenos Aires, Madrid y París). Destacan ahí los momentos filmados en la región de Colchagua, sólidos en atmósfera, registrados por la lograda fotografía de Juan Carlos Bustamante y apoyados en la solvente dirección de arte de Jorge Trípodi. La música de Juan Cristóbal Meza enfatiza la intimidad de Teresa Wilms y de la película completa, que se presenta como la resurrección de una mujer olvidada, cuyo furor de vivir tiene evidentes repercusiones contemporáneas en una sociedad que, probablemente, no ha cambiado tanto.

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