Isabelina canta y no rancheras


POR JUAN PABLO ABALO

El teatro isabelino -aquel que se escribía e interpretaba en Inglaterra en tiempos en que el poder estaba en manos de la reina Isabel I- era con frecuencia acompañado por músicas breves, encargadas y compuestas para diversos formatos instrumentales y que, a modo de canciones cantadas o formas puramente instrumentales y de duración más extensa, hacían más llevadera dichas obras para el público. Entre los exponentes más notables de esta dramaturgia encontramos a John Webster, Christopher Marlowe y, ciertamente, a William Shakespeare. Y entre los compositores que hicieron músicas para dicho teatro están, además de un sinnúmero de anónimos, los siguientes: Robert Johnson (1630-?), John Dowland (1563-1626), Andrew Parcham y Henry Purcell (1659-1695).

Todos ellos, más Thomas Morley, son rescatados por un grupo de notables intérpretes pertenecientes al Departamento de Música Antigua de la Universidad Católica, el cual, tras un trabajo de minuciosa investigación y preocupada interpretación, dio como resultado el disco que lleva el nombre de una obra de Shakespeare: “As you like it…” (“Como gustéis”), disco que se acaba de lanzar.

Para el disco, los intérpretes grabaron dieciocho obras musicales isabelinas, la mayor parte de ellas de duración breve. Fueron agrupadas en grupos; las cuatro primeras bajo el título de “Travesuras”, entre las que se encuentra “La Tempestad”, que es precisamente música hecha para la obra homónima de Shakespeare; las cuatro obras siguientes se agruparon como “Lágrimas”; después el grupo titulado “Ilusiones” y finalmente el titulado “Penas”.

Gran parte de las obras, como se usaba en el tiempo isabelino, son melodías cercanas y de rápida retención, de una simpleza perfecta y un muy buen equilibrio entre lo predecible y lo inesperado. Aun cuando muchas de estas melodías están construidas desde una mayor densidad contrapuntística -como es el caso de “Come live with me”, anónima, o “Music for a While”, de Henri Purcell-, otras trabajan como melodías acompañadas por los demás instrumentos a través del cifrado armónico (ordenamiento vertical de las notas que conforman el acorde).

Los realizadores de este disco, ya está dicho, son estudiosos: Magdalena Amenábar pone la voz, cálida y nada afectada, cosa buena para interpretar esta música que siempre deambula entre lo popular y lo no popular: ella también toma a su cargo la percusión, mientras que Óscar Ohlsen interpreta el laúd, Octavio Hasbún, la flauta dulce y, por último, Eduardo Figueroa, la tiorba.

En el disco, estos músicos se combinan y también tocan en solitario, logrando hacer de este trabajo uno de primerísimo nivel y verdaderamente placentero de escuchar, y con el valor agregado de estar produciendo a partir de una música compuesta ya hace varios siglos y hoy medio olvidada. Pero el mayor mérito es que no es éste un disco de museo, sino uno que suena con vitalidad, energía y calidez.

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