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17 de agosto de 2009

Lagos por Frei: el cambio del minuto 89

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Por Patricio Araya G.

Hace algún tiempo, Fernando Paulsen emplazó en Tolerancia Cero al senador Eduardo Frei para que se presentara en su programa, y lo hizo quejándose por la poca pelota que el abanderado le prodigaba a las reiteradas invitaciones de la producción para tenerlo en pantalla, y responsabilizó a su comando por sustraerlo de toda discusión; el periodista insistió en la necesidad de conversar con Frei, en especial, porque era el único de los presidenciables que no se había apersonado por el set en esta etapa de la campaña.

A falta de Frei, esta noche el panel contará con otro invitado, con uno que de seguro no se hizo de rogar: Ricardo Lagos Escobar. Si David Pizarro no quiere venir a la Selección, tengo a Matías Fernández, que juega igual o mejor, diría Bielsa. Hoy domingo, MEO retó en Estado Nacional (TVN) a Eduardo Frei y Sebastián Piñera a un debate en ese mismo espacio. Acto seguido, el diputado ex PS aseguró que ninguno de los dos interpelados llegará el próximo domingo. Tal vez Piñera recoja el guante, pero MEO jamás podrá darse el gustito de enfrentar a Frei, y no porque el senador DC no se atreva, sino porque los resultados de la CEP de septiembre lo saquen antes de carrera. En rigor, lo que MEO anhela –con justa razón y necesidad, al igual que estos niños de Tolerancia Cero– es que se discutan ideas-país ISO 9000 que tengan que ver con el futuro. “Esta campaña –dijo el marido de Karen– ha sido una guerra de “cuñas” en los medios, y no de debate de ideas; cada cual lucha por salir un poco en TV”.

¿Por qué el abanderado de la Concertación evade los enfrentamientos? Tal vez porque, mucho más que responderle a medio mundo, su think tank “Océanos Azules” y sus asesores comunicacionales (Tironi y los demás) están más abocados a decodificar el mensaje que recibieron a través de las últimas encuestas, respecto a la incapacidad de su crédito para capitalizar (heredar) la popularidad de la presienta Bachelet. Y ésa sí que es pega. Y, más encima, ingrata, porque encontrar la razón es más fácil que explicársela al propio Frei: Usted no es el hombre. Su hora ya pasó. Lo sentimos. Game over.

Para desgracia de Frei, aquí están ocurriendo dos fenómenos que se mueven en el mismo plano. Primero, sus asesores están más preocupados del ñachi que de la carne del chancho. O sea, mucho más ocupados de lo accesorio que de lo principal. Frei –como cualquier candidato que se precie como real alternativa de gobierno– debería saltar al ring y boxear con todos, no importándole si gana o pierde. El segundo fenómeno tiene que ver con el síndrome de Münchhausen, donde el candidato es agredido por los suyos. Todos contra Frei.

La propia presidenta Michelle Bachelet de algún modo sella su suerte en El Mercurio de este domingo, al afirmar que “la gran mayoría de los chilenos es de centroizquierda, y la Concertación sigue representando a ese mundo”. Un salvavidas de plomo para Frei, que es más de derecha que de centroizquierda, y mucho menos concertacionista que lo que muchos imaginan. Y luego lo “remata” en clave de inteligencia cuando asegura que “Frei es mi candidato”. Por el contrario, Frei no es su candidato. Bachelet es socialista hasta los huesos y laguista de piel; su candidato natural es Ricardo Lagos, su antecesor. Entre winners se entienden.

Hasta ahora Frei ha demostrado su absoluta incapacidad para quedarse con parte del electorado tradicional de la Concertación, y el que ante dicha afasia política, le rinde culto al meísmo que brota del mismo tallo. Sin embargo, en el corazón de la Concertación, en ese que late angustiado por lo mucho que está en juego, aunque hace rato yace la obligación de airear la alcoba, muchos allí preferirían uno que ronque fuerte a uno que lo mande la señora. ¿Por qué entonces, consciente de esta realidad, el oficialismo tendría que poner en riesgo su continuidad en manos de un candidato que no da el ancho, y que se sabe perderá?

Esta no es una palada de tierra sobre la tumba de Frei, ni mucho menos, una apología en favor del ex presidente Lagos, es sólo una reflexión empática y temporal con esa parte de la Concertación que alguna vez ilusionó a tantos con la idea de un tránsito definitivo entre dictadura y democracia, pero que a poco andar, fue desbaratada por los que se alzaron con los santos y las limosnas, y está orientada a poner en la palestra una genuina aspiración de aquellos chilenos sin tribuna: frente al actual abanico de posibilidades, quién es el mejor presidente que Chile requiere para afrontar el Bicentenario, quién es el político que dará el paso del crecimiento económico al desarrollo sustentable.

El país requiere a un líder que combine experiencia y proyección, que sea capaz de conducir a los chilenos a la tan anhelada igualdad de oportunidades. Que lo haga aquí y ahora. Lagos no es de la Concertación, él es la Concertación, uno de sus socios fundadores; Lagos puso en ella lo mejor de su formación política y profesional, su visión de un Estado precario en un mundo lleno de desafíos, su misión estratégica en su consecución. Cuando él le entrega el mando a Michelle Bachelet, el conglomerado oficialista cae en una entropía de doble cuño, sin retorno: por un lado, asume el “shock” de tener que obedecer a una mujer que muchos no querían (y temían) en La Moneda, y por otro, aguantar cuatro años hasta el regreso del Pater familias. A partir de su caos organizacional –cuyo momento más álgido es la puesta en marcha del Transantiago, en medio de la discusión de si la culpa fue del diseño del gobierno anterior o la implementación en febrero de 2007 por Bachelet y su gabinete–, las huestes concertacionistas no logran recomponer la carga que se desestibó durante la campaña presidencial previa, oportunidad en que la oposición puso en tela de juicio la historia completa de la Concertación, llegando a estar a 486.625 votos (segunda vuelta Bachelet-Piñera, 2005) de desbancarla. Pasaron cuatro años y Lagos regresó. Al interior de la Concertación pueden respirar tranquilos. Todos a la fila, el profe ya llegó.

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