Por Patricio Fernández

Cuando todo pase, cuando los millonarios no quieran seguir acumulando poder y en vez de aspirar a ganar más y más dinero comiencen a repartir sus ganancias excesivas entre los pobres del mundo; cuando el fortachón del curso, hastiado de que le teman en vez de que le quieran, ponga su fuerza a disposición de los enclenques, y los levante si no alcanzan la cima del estante, y los ayude a salir de aprietos en lugar de ponerles la pata encima mientras el resto festeja la humillación; cuando el tonto no sea motivo de burla ni el perdedor objeto de menosprecio; cuando a los indios se les escuche con la atención que se pone a un pariente y las caras gordas y oscuras nos resulten tan elegantes como las blancas y fruncidas; cuando un montón de lobos de mar que flotan muertos, con sus bocas abiertas y la piel podrida, nos alarme y movilice; cuando la existencia de un solo miserable impida que los que tienen de sobra duerman en paz; cuando nadie desee violar a un niño, acuchillar por plata, fusilar al culpable; cuando un tipo que roba nos preocupe más que lo robado y un árbol milenario sea motivo de devoción; cuando los discursos políticos sean transparentes, y todo lo que se diga se piense, y todo lo que se piense sea en completa preocupación por el bienestar de la ciudadanía; cuando al cabo de un tiempo el poder canse a quienes lo han tenido, y contentos por lo realizado inviten a otros a ocupar sus puestos; cuando nadie se embarace por desgracia y los curas de todo tipo estén dispuestos a matar a Dios por salvar a un hombre; cuando ninguno disfrute con la desgracia ajena ni nos interese tanto la fragilidad del contrincante; cuando los pollos de criadero nos den mucha pena; cuando la pillería ya no nos convenza, y sabiendo cómo pagar menos paguemos lo justo; cuando el que puede ganar le ceda el paso al rezagado; cuando el prójimo nos interese tanto como nosotros mismos; ese día no habrá nadie para contarlo.