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Estas últimas semanas hemos presenciado un verdadero tsunami en redes sociales. Hoy bastan unos minutos para que una conducta inapropiada, que puede ir desde un delito a una frase mal dicha, genere miles de comentarios violentos, amenazas de muerte y condenas públicas. Un fuerte castigo paralelo más allá de legítimos procesos judiciales o de las sanciones que puedan levantar sus lugares de trabajo.
Dos acontecimientos, completamente distintos entre sí, se robaron la atención en las redes sociales. Por un lado, una joven creadora de contenidos cayó en desgracia frente a sus seguidores, quienes aplicaron todo el rigor del castigo moral que hoy parece tan instalado en el mundo digital. Por otro, un hombre con antecedentes judiciales y amplia exposición pública, que protagonizó un rescate que costó varios millones de pesos al Estado, terminó convirtiéndose en personaje televisivo y explotó en todas las plataformas digitales.
Los casos son distintos y las responsabilidades también. No se trata de igualarlos ni de privilegiar a uno sobre otro. Lo que sí llama la atención es la diferencia en la reacción social. Mientras uno fue rápidamente reivindicado hasta transformarse en una especie de nuevo influencer, la otra quedó sometida a una condena social que parece no tener fecha de vencimiento. ¿Qué explica esa diferencia?
Una de las promesas de los creadores de las redes sociales, fue democratizar la conversación. Y en parte esto ocurrió, la comunicación se volvió transversal, inmediata y automática. Todos pueden opinar, comentar, celebrar o criticar. A eso se suma un fenómeno que en psicología se conoce como relación parasocial, el vínculo unilateral que una persona siente con una figura pública, aunque esa figura no conozca ni corresponda esa cercanía. Esa falsa ilusión de intimidad explica por qué algunos seguidores reaccionan con tanta violencia cuando la imagen idealizada se rompe. La decepción se transforma en rabia, y la rabia en frases como “ojalá te mueras”, lo que probablemente muchos jamás se atreverían a decir cara a cara, pero que escriben detrás de una pantalla.
En ese punto, la indignación deja de ser un juicio moral y se convierte en espectáculo. El castigo ya no busca corregir una conducta ni exigir responsabilidad, solo exhibir, humillar y alimentar el algoritmo. La crueldad se vuelve viral porque genera clics, comentarios y permanencia. Estamos en un punto de inflexión. Si normalizamos escribirle a otra persona que debería morir por haberse equivocado, significa que hemos perdido el sentido de la proporción y también una parte básica de nuestra humanidad.
Por supuesto que las equivocaciones deben ser cuestionadas y quienes cometen errores graves o delitos deben hacerse responsables. Pero responsabilizar no es destruir. Y exigir consecuencias no es otorgar impunidad digital ni nos autoriza a ejercer violencia.
Sin duda el problema no está solo en lo que ocurre en redes, sino en lo que las redes revelan de nosotros. Cómo elegimos a quién perdonar o a quién condenar. Y cómo convertimos algunos errores en penas del infierno, mientras otros comportamientos son asimilados y normalizados, cayendo muchas veces en el espectáculo.
A lo mejor habría menos odio si hubiera más conversación. La promesa de las redes sociales se cumplió a medias. El dialogó se abrió, pero algo falta para que exista más sentido de proporción y menos castigo moral. Detrás de cada construcción digital, ya sea de un héroe o un villano, elevado o destruido por las redes, sigue habiendo una persona. Y cuando nos olvidamos de eso, la crueldad digital se toma el algoritmo.



