¿A mí qué me importan los narcotraficantes?

Por Rasmus Sonderriis

“Un delito tan cobarde,” opina el Senador Alberto Espina (RN) sobre el narcotráfico. Está indignado de que más de la mitad de los sentenciados por narcotráfico, y el 71% de los condenados por microtráfico, cumple su castigo en libertad, vigilados por Gendarmería, pero con beneficios.
Al igual que la gran mayoría de las personas sin estudios prolongados de sociología, me falta comprensión con los delincuentes. Seré errado y primitivo, pero tengo una interpretación simplista de eso de “abordar las causas de fondo de la delincuencia”: Al ladrón hay que cortarle la mano. Al violador se le soluciona su problema con la castración. Y al asesino ley pareja. Me enfurece el automovilista borracho que mata en el tránsito, y a los pocos meses está de nuevo manejando. Pero un narcotraficante, ¿qué es lo que hace? Pues, vende drogas a los imbéciles que las quieren comprar. ¿¿¿Por qué eso me tiene que preocupar a mí???
“Pero”, me diría el Senador Espina, “ese imbécil puede ser su propio hijo”. En eso tiene razón. Apela al instinto paterno protector que nutre la política prohibicionista. Es ese miedo que tenemos como padres que nos ha llevado como sociedad a entregar el monopolio de un negocio lucrativo a los hampones. Según esa lógica, los drogadictos son víctimas (aunque algo paradójicamente, a ellos también se les castiga, además del castigo que ellos mismo se infringen drogándose).
Pero si mi hijo tiene un problema con las drogas, voy a culpar a mi hijo, y sobre todo a mí mismo por fallar en mi rol de educador. Ése sería mi punto de partida para buscar una solución a lo que es un problema de salud. El Senador Espina es mucho más facilista. Pretende que como padres sólo echemos la culpa al narcotraficante. ¡Y ésa es la verdadera cobardía!

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