POR DIAMELA ELTIT

A lo largo de la historia, una de las figuras más misteriosas y oprimidas por el universo social ha sido el niño. Producido, escrito y descrito por el poder de las instituciones –la familia, la escuela, la iglesia, el trabajo- su presencia social estuvo ligada a la categoría de objeto y no de sujeto. Administrado por las ideologías se construyó el niño “oficial” que poco o nada tenía que ver con la realidad social masiva de la infancia, marcada por el trabajo precoz de carácter esclavista, los abusos sexuales y la violencia física. Pero el racionalismo del siglo XVIII abrió un nuevo escenario y los tiempos se encargaron de desalojar la violencia explícita (escolar, familiar) como condición “natural” y, más aún, deseable para una buena formación social.

Hoy el niño es configurado según los dictámenes de los grupos dominantes: la burguesía y su correlato económico el capitalismo. Fue este sistema el que hacia finales del siglo XX decretó que el niño tenía derechos específicos y de esa manera alcanzó el estatuto de sujeto cuando se puso límites particularmente a la familia que ostentaba el absoluto control del alma y del cuerpo del niño.

Esos derechos fueron establecidos por el sistema justo cuando el mercado globalizado diseñó y atrajo hasta sus redes al “niño consumista”, ese niño que ya no aspiraba a los juguetes de madera o de cuerda ni menos a heredar la ropa usada de sus hermanos.

El ultra mercado primero generó y luego capturó el deseo del niño y lo transformó en un cliente preferencial. Se abocó tanto al lujo como a la copia del lujo, y no desechó aún la falsificación de las marcas: celulares, computadoras, ropas, vajillas, muebles, accesorios de alto diseño, son las ofertas que rondan y modelan los imaginarios infantiles.

La instauración efectiva de los derechos del niño coincide con su ingreso masivo al ultra mercado como consumidor pleno y es ese consumo el que rompe su categoría de objeto y lo califica como un sujeto con derechos, en la medida que incrementa de manera notable las ganancias.

Mientras los derechos de los niños se erigen como centro en un mundo que se desea humanista, la ley se deja caer sobre el (otro) niño para ficharlo y penalizarlo lo más precozmente posible, a ese (otro) niño que no compra sino que roba y rompe el pacto que cautela la propiedad privada.

Pero ese (otro) niño a su vez es asaltado, “a cámara armada” permanentemente por la televisión y los discursos públicos que lo usan y lo exhiben para sembrar el pánico social, subir el rating y satisfacer a plenitud a los auspiciadores.

Ese (otro) niño es mostrado como un mero objeto social; mudo, desconocido, carente de subjetividad, en suma un “mal” salvaje que profundiza el terror de la mirada (burguesa) hacia los sectores populares donde se puede inferir que “hasta los niños son criminales consumados”.

Sin ética alguna, la suma de voces han convertido al niño delincuente en un paradigma social despreciable y, de esa manera, reproducen y multiplican no sólo la inequidad (Chile es uno de los doce países más desiguales del mundo) sino fomentan en la población marginalizada un comprensible resentimiento.

El Cisarro, actual y fugaz protagonista noticioso, es enteramente una víctima social, no sólo por sus condiciones familiares y culturales sino que se ha constituido en un cuerpo explotado por los espacios mediáticos, por la derecha política, por la `policía, por el gobierno y por el Estado. De manera vergonzante han usado y abusado de su imagen para establecer pedagogías falsas, amenazantes o zalameras.

El Cisarro, un niño de 10 años, existe como imagen porque su captura provocó la solidaridad de sus pares, los “otros” niños que buscaron devolverlo al espacio de la calle. Fue ese gesto y esa gesta infantil -que cita los operativos de liberación de los presos políticos- la que propició el escándalo. Existe en el Cisarro un eco político que perturba y atrae a la opinión pública.

Pero el Cisarro ya está escrito. Hace mucho tiempo lo narró de manera impecable Alfredo Gómez Morel en su novela de formación del niño delincuente: El Río. Un río que suena, resuena y nos trae las mismas dramáticas piedras casi cincuenta años más tarde.