POR PATRICIO FERNÁNDEZ

No puedo creer que Piñera y los suyos no tengan algo distinto para proponer que las ideas de la Concertación. Se supone que son de derecha, que están convencidos de que el mayor crecimiento económico se produce destrabando las energías empresariales, o sea, no poniéndole tantos obstáculos a los emprendedores con responsabilidades sociales y otras cortapisas que, a fin de cuentas, suenan muy bien en los discursos, pero sólo entorpecen el enriquecimiento general. Me han contado que entre sus altos personeros hay quienes sostienen que sin Código del Trabajo este país se eleva hasta más allá del sol, y es de suponer, con un poco de buena voluntad, que detrás de eso no hay crueldad, sino una argumentación defendible que oculta un camino de desarrollo para Chile. Hasta ayer, sostenían que el chorreo le daba más a los pobres que los subsidios y las protecciones gubernamentales. Insistían en la metáfora de que es mejor entregar cañas de pescar que pescados a los hambrientos. Se supone que hay quienes apuestan que la educación, como casi todo, surge mejor en manos privadas que en manos del Estado, que prefieren la formación de las congregaciones religiosas al laicismo republicano, y el que cada uno elija libremente su colegio en lugar de la homologación de una misma calidad escolar para todos. Pero últimamente no lo expresan, fenómeno ciertamente lamentable, porque quiere decir que todo es una farsa, y que no vale la pena defender nada, y que lo único importante es ganar el poder.

En el foro presidencial, Frei repitió varias veces que quería más Estado, y Piñera nunca le preguntó para qué, ni por qué no mejoraba el que tenía, ni si acaso lo quería para agrandar el botín, ni si seguía creyendo, en una de esas, que a la gente había que organizarle la vida en vez de invitarlos a dirigirla ellos mismos. Tengo la sensación de que le hemos puesto demasiado color a esto de la protección social, pero ni la derecha lo discute. Hablamos como si viviéramos en Noruega, o ad portas de un Estado benefactor.

Se supone que los de ese lado no piensan lo mismo que los de este otro, pero resulta que como la presidenta tiene un apoyo despampanante nadie puede contradecir sus ideas, o supuestas ideas, ni plantear algo distinto a lo que ella propone, o propondría. En el terreno valórico la cosa es rara, porque mientras en los hechos se impone casi siempre el poder conservador de los aliancistas, en el discurso, su presidenciable no defiende esas posturas, sino que intenta fondearlas, cuando de seguro hay argumentos más que atendibles en ellas. Desgraciadamente, reinan entre nosotros no por compartirlas la mayoría, sino por estar en manos de poderosos. No se animan a ponerlas en concurso, sin considerar que eso las vuelve todo lo contrario de una idea poderosa. Silenciando lo que quieren y creen, los momios muestran la hilacha.

¿Cómo puede alguien aspirar al gobierno para llevar a cabo reformas que no se atreve a plantear, por miedo a la impopularidad? Algunos responden que el candidato no piensa como aquellos retrógrados, pero entonces ¿por qué lo siguen todos esos? Ahora resulta que a nadie le interesa la estatua gigante del papa, cuando estaba casi lista para ser instalada. El gallo cantó tres veces, y nadie salió a defenderla. Lo mismo sucedió con Pinochet una vez caído, y con el resto de los milicos que atendieron el banquete de la derecha en dictadura.

Hasta Marco Enríquez-Ominami últimamente anda comedido y calculando los planteamientos. La búsqueda del voto de las mayorías, al parecer, lo desdibuja todo. Supongo que, en buena medida, lo que gustó de Arrate en el debate fue su capacidad de poner en escena un par de desacuerdos centrales. No deja de ser paradójico que a estas alturas “el candidato del pueblo” sea el intérprete de una pequeña aristocracia idealista. Cuando los dictados de la masa floja lo rigen todo, vuelve a seducir el encanto de la minoría.

Lo más grave, sin embargo, es que en este reino de las medianías, las encuestas y las asesorías, las ideas palidecen. La inteligencia y el riesgo son castigados, el lugar común se apodera de la conversación pública, y la democracia, en lugar de conciliar posiciones y maneras de ver el mundo, se vuelve un juego de apariencias. Como la sangre cuando se detiene, así se pudre la política.