Huevonería twitter (la extinción del silencio)


POR JUAN PABLO ABALO

Extraño, pero inevitable, resulta pensar en la posibilidad de que el silencio esté acorralado y en vías de extinción. En las grandes ciudades, como lo es Santiago, el aislamiento del silencio acontece en tal grado que –a paso firme y decidido– va desapareciendo, y todo indica que este fenómeno pretende exportarse a las provincias. Y es que ya hace un rato estamos expuestos a una invasión casi permanente de toda clase de ruidos, sonidos organizados o al azar, voces y más voces que suenan sin parar. A causa de la soledad, el aburrimiento o lo que sea, en nuestros hogares hacemos sonar todo por propia voluntad, sin contar el ruido de bocinas y gritos que se cuelan por cualquier ventana; y fuera de casa, la invasión podrá llegarnos en el supermercado con la música ambiental que “ameniza” las compras, en el metro con sus alarmas y agotadores televisores prendidos ininterrumpidamente, tal cual nos los volvemos a encontrar en los bancos, restaurantes e incluso en las universidades. Algunas calles de ciudad, como las de Santiago centro, presentan un panorama no menos perturbador a los tímpanos, pues, como si no fuera suficiente con los vendedores, los propios músicos callejeros y los evangélicos que gritan como desaforados, hace unos años la municipalidad tuvo la genial idea de musicalizar el andar de los transeúntes con pequeños parlantes que hacen sonar las peores y más siúticas adaptaciones de canciones de Los Beatles, Frank Sinatra o Marco Antonio Solís.

Así, poco a poco se ha ido imponiendo el ruido y, por añadidura, nos relacionamos menos con el silencio, le tememos más y nuestra escucha pierde agudeza y sensibilidad, haciéndose más limitada, más plana, acostumbrada a un zumbido permanente.

Pero también hay otros modos en los que el silencio pareciera estar desapareciendo, modos que pueden ser aún más complejos. Me refiero a la desaparición del silencio interior, los silenciosos momentos de introspección de cada cual en donde solo cabe la observación o la nada misma. Pues bien, ese modo del silencio también pareciera extinguirse. Al menos, eso llamado Twitter –síntoma más que evidente de la materialización y legitimación del pensamiento hablado– nos lo hace ver. Mensajes de texto sobre cualquier cosa (por lo general sin importancia), dirigidos a casi todo el mundo, a cualquier hora y desde cualquier lugar. Ya no hay sentimientos, observaciones o pensamientos que guardarse: con Twitter todo se dice, con Twitter nada se calla.

Para más recacha, algunos diarios, bajo el título de “Twitter destacados”, publican las intrascendentes frases de personajes por lo general intrascendentes también, provenientes de la farándula política, deportiva o cultural. Así, el espacio de silencio de las personas está siendo dinamitado por Twitter y las multitudinarias ansias de estar en la última chupada del mate tecnológica juegan en su favor. Por todo ello es que dan ganas de reivindicar la frase para el bronce que uno de los comensales del documental “Adiós a Tarzán”, de Enrique Lihn, le dice a otro que quiere tomar la palabra: “Me interesa su opinión, pero por favor guárdesela”.

De todos modos, hay quienes han sabido ver las posibilidades creativas de este fenómeno. En Youtube es posible encontrar al cineasta David Lynch filmando sus intervenciones en Twitter, saludando y describiendo las condiciones meteorológicas de un día X, pero también quedándose impávido, quieto y en completo silencio con una máscara de conejito o un globo pintado delante de su cara, en algo así como un Twitter silencioso.

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