POR BRUNO VIDAL

    A María Trinidad, mi hija.

La reacción airada de algunos sectores en contra de la edificación de un monumento en homenaje a Su Santidad, Juan Pablo II, me ha producido escalofríos y me ha dejado sumamente perplejo. En algún minuto pensé que Chile se había decidido efectivamente por el camino conciliador, ecuménico y bien inspirado, me entusiasmaba la idea de un Chile repleto de buena crianza y amistad cívica. Más aún, soñaba con la restauración y cultivo delicado de los valores supremos. Empero, la virulencia ideológica frente a un proyecto bien intencionado de parte de privados me echa abajo la ilusión neo-republicana. La honra pública a un pontífice que tanto bien le hizo a Chile no se admite de plano, en ese repudio algunos han sido descomedidos y francamente blasfemos, la intolerancia salió a relucir con una fuerza preocupante. Yo, como hombre de ultraderecha con compromiso social, me pregunto ¿qué bicho le habrá picado a estas personas que exaltan la diversidad como punta de lanza pero que a la hora decisiva quieren imponer sus dictados de conciencia? Detrás de la repugnancia visceral al monumento a su santidad, se evidencia una molestia injustificada. Por ejemplo, la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile no dejaría de serlo por tener en la otra vereda un monumento religioso. Por el contrario, su espíritu universitario se vería enaltecido y quedaría a la luz la conjunción de los más altos ideales que deben presidir a los hombres de reflexión y pensamiento.

Con el monumento a Juan Pablo II veo al barrio Bellavista convertido en un campus de universidad de enormes proyecciones: cultivo del teatro y la poesía, la enseñanza jurídica impartida por tres institutos de jerarquía, un turismo cultural y gastronómico, vida bohemia. En fin, una práctica plural que trasluciría la convivencia de todos las creencias. Me imagino caminando por Pío Nono, alardeando con mi sombrero campechano de abogado, psicólogo y poeta, al pasar por el frontis de la Escuela de Derecho recordaría mis años mozos de estudiante de leyes, evocaría la figura de Gonzalito, conserje de la facultad y anfitrión de cada mañana en que llegaba a mis clases, siempre me saludaba con un buenos días, que propiciaba el estudio sereno de las instituciones jurídicas, nunca entendí como él, un mero funcionario, me indicó un par de veces algo que para mis ojos inexpertos era inaudito: Señor, no olvide que hay dos institutos fundamentales: La Prescripción y la Cosa Juzgada. Pues bien, ahora ya viejo, encaminándome a las faldas del cerro san Cristóbal, vería a la Facultad de Derecho y su magnífico edificio y daría vuelta la mirada y admiraría a un Sumo Pontífice que, al igual que Gonzalito, me recordaría las palabras indisponibles del buen credo: El amor es más fuerte.